Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
NovelToon tiene autorización de Luis Fernando Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Capítulo 3 — Algo empieza a cambiar
La mañana siguiente, Mateo llegó a la universidad mucho antes de que comenzaran sus clases. Había dormido poco. No porque tuviera demasiadas tareas ni porque estuviera preocupado por sus clases, sino porque durante buena parte de la noche había terminado pensando en la conversación que había tenido con Alexander.
No entendía por qué aquel chico le había llamado tanto la atención.
Apenas llevaban un día de conocerse.
Quizás era simplemente porque había sido la primera persona con la que había hablado de verdad desde que llegó a la universidad. Todo era nuevo para Mateo: los edificios, los profesores, los compañeros, las reglas y aquella sensación constante de estar rodeado de personas que parecían tener mucha más experiencia que él.
Entró a una pequeña cafetería ubicada cerca del edificio de Arquitectura y pidió un café. Se sentó junto a una ventana y sacó su computadora.
Tenía que concentrarse.
La beca que había conseguido no era un regalo. Cada semestre tendría que mantener determinadas calificaciones para conservarla y Mateo estaba decidido a hacerlo.
Abrió uno de sus documentos y comenzó a trabajar.
Pasaron unos veinte minutos.
Su teléfono vibró.
Mateo miró la pantalla.
Alexander: ¿Ya llegaste?
Mateo sonrió sin darse cuenta.
Tardó unos segundos en responder.
Mateo: Sí. Estoy en la cafetería.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Alexander: ¿La de ayer?
Mateo: Sí.
Alexander: Voy para allá.
Mateo levantó las cejas.
No esperaba que fuera a ir.
Guardó el teléfono y volvió a mirar la computadora, intentando continuar con su trabajo. Sin embargo, apenas unos minutos después escuchó una voz detrás de él.
—¿Siempre llegas tan temprano?
Mateo levantó la mirada.
Alexander estaba de pie frente a la mesa.
Llevaba unos jeans oscuros, una sudadera gris y el cabello ligeramente despeinado. Se veía muy diferente al chico que había conocido el día anterior.
—¿Tú siempre apareces sin avisar? —preguntó Mateo.
Alexander sonrió.
—Te dije que iba a venir.
—Pensé que estabas bromeando.
—No suelo bromear cuando tengo hambre.
Mateo cerró la computadora.
—Siéntate.
Alexander tomó asiento frente a él.
—¿Qué haces?
—Un trabajo.
—¿Ya tienes trabajos?
—Sí.
Alexander abrió mucho los ojos.
—¿Y apenas llevamos dos días?
—Así funciona la universidad.
—Yo todavía estoy tratando de recordar dónde queda mi salón.
Mateo se rio.
—Eso explica por qué ayer estabas tan tranquilo cuando nos perdimos.
—No quería que supieras que estaba perdido.
—Pues no funcionó.
Alexander sonrió.
Durante unos minutos hablaron sobre las clases que tendrían ese día. Alexander se quejó de que uno de sus profesores había dejado una lectura demasiado larga, mientras Mateo le explicó que en Arquitectura probablemente tendría que trabajar hasta altas horas de la noche.
—¿Siempre eres así de responsable? —preguntó Alexander.
—Tengo que serlo.
—¿Por la beca?
Mateo asintió.
—También. Pero incluso antes de tenerla era así.
Alexander apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Por qué?
Mateo tardó un momento en responder.
—Porque no quiero terminar dependiendo de nadie.
Alexander lo observó en silencio.
—Eso es bueno.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Eres responsable?
Alexander soltó una pequeña risa.
—Depende de a quién le preguntes.
—Entonces supongo que no.
—Supongo que no.
Los dos rieron.
Era extraño lo fácil que comenzaba a resultarles hablar.
Todavía no conocían mucho el uno del otro, pero cada conversación parecía llevarlos un poco más lejos.
Después de terminar sus bebidas, caminaron juntos hacia sus respectivas clases.
—¿A qué hora sales? —preguntó Alexander.
Mateo revisó su horario.
—A las cuatro.
—Yo termino a las tres.
—Entonces tienes suerte.
—Podemos comer juntos después.
Mateo lo miró.
—¿Otra vez?
—¿Te molesta?
—No.
Alexander sonrió.
—Entonces queda decidido.
⸻
Durante las siguientes horas, cada uno siguió con sus clases.
Mateo estaba completamente concentrado en su curso de diseño. Tomaba notas, hacía preguntas y trataba de entender cada explicación del profesor. Sabía que muchos de sus compañeros habían llegado allí con experiencia previa y no quería quedarse atrás.
Cuando terminó la clase, uno de sus compañeros se acercó.
—¿Eres Mateo, verdad?
Mateo guardó algunos papeles.
—Sí.
—Soy Daniel.
—Mucho gusto.
Daniel señaló los dibujos que Mateo llevaba.
—Están bastante bien.
—Gracias.
—¿Ya conocías el programa que usamos?
—Un poco.
—Si quieres, podemos trabajar juntos algún día.
Mateo sonrió.
—Claro.
—Perfecto.
Daniel se alejó y Mateo continuó guardando sus cosas.
Por primera vez desde que había llegado, empezaba a sentir que quizás podía hacer amigos.
No tendría que pasar todo el tiempo solo.
⸻
A las tres de la tarde, Alexander salió de su última clase.
Su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Papá.
La sonrisa que tenía desapareció.
Contestó.
—Hola.
La voz de su padre sonó seria al otro lado.
—¿Dónde estás?
—En la universidad.
—Lo sé. ¿Dónde exactamente?
Alexander suspiró.
—Acabo de salir de clases.
—Necesito hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Esta noche tenemos una cena.
Alexander cerró los ojos.
—¿Otra vez?
—Alexander.
—Está bien. ¿A qué hora?
—A las ocho. No llegues tarde.
—Sí.
Su padre guardó silencio durante un segundo.
—Y recuerda lo que hablamos.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Tu futuro.
La llamada terminó.
Alexander guardó el teléfono.
Durante unos segundos permaneció quieto en medio del pasillo.
La gente pasaba a su alrededor, pero él apenas prestaba atención.
Su futuro.
Esa palabra había estado presente en su vida desde que era pequeño.
Su padre tenía planes para él. Su madre también.
La universidad era parte de esos planes.
La carrera era parte de esos planes.
Incluso las personas con las que debía relacionarse parecían formar parte de esos planes.
Alexander había aprendido desde muy joven a sonreír cuando debía sonreír, a responder lo que esperaban de él y a evitar cualquier situación que pudiera afectar la reputación de su familia.
Pero últimamente empezaba a preguntarse qué quería él.
Y todavía no tenía una respuesta.
—¿Alexander?
La voz de Mateo lo sacó de sus pensamientos.
Alexander levantó la mirada.
—Hola.
—Te estaba buscando.
—¿A mí?
—Sí. Dijiste que íbamos a comer.
Alexander miró el reloj.
—Es verdad.
Mateo observó su rostro.
—¿Todo bien?
Alexander sonrió.
—Sí.
Mateo no pareció completamente convencido.
—No tienes que decirme si no quieres.
Alexander lo miró.
—No pasa nada. Solo era mi papá.
—Ah.
Mateo no preguntó más.
Y, curiosamente, eso hizo que Alexander se sintiera cómodo.
No intentaba sacar información de él.
No intentaba impresionarlo.
Simplemente estaba allí.
—Vamos —dijo Alexander—. Tengo hambre.
Los dos comenzaron a caminar.
⸻
Esta vez decidieron comer fuera del campus.
Alexander conocía un pequeño restaurante a unas calles de la universidad y aseguró que era bueno.
Cuando llegaron, Mateo observó el lugar.
—¿Has venido aquí antes?
—Sí.
—¿Con tus amigos?
—Algunas veces.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Mientras esperaban la comida, Mateo preguntó:
—¿Cómo es tu familia?
Alexander se quedó callado.
—¿Por qué?
—No sé. Ayer vi que te llamó tu papá y hoy también.
Alexander tomó un poco de agua.
—Mi familia es… complicada.
Mateo sonrió ligeramente.
—Eso no responde mi pregunta.
Alexander soltó una risa.
—Son muy exigentes.
—¿Contigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esperan mucho de mí.
Mateo lo observó.
—¿Y tú qué esperas de ti?
Alexander no respondió inmediatamente.
La pregunta parecía sencilla, pero para él no lo era.
—No lo sé.
Mateo bajó la mirada.
—Entonces estamos igual.
—¿Tú tampoco sabes?
—Sé lo que quiero estudiar. Sé que quiero terminar la universidad. Pero no sé qué quiero hacer después.
Alexander sonrió.
—Supongo que tenemos tiempo para descubrirlo.
—Supongo.
La comida llegó y la conversación cambió.
Hablaron de música, películas, deportes y de algunas de las cosas que les gustaban cuando eran niños.
Mateo descubrió que Alexander sabía tocar piano.
—¿En serio?
—Sí.
—No pareces pianista.
Alexander soltó una carcajada.
—¿Y cómo se supone que debe verse un pianista?
—No sé.
—Entonces no tienes derecho a decirlo.
—Tienes razón.
Alexander lo miró divertido.
—¿Tú sabes hacer algo interesante?
Mateo pensó.
—Sé cocinar.
—Eso sí es interesante.
—No tanto.
—Para mí sí.
—¿No sabes cocinar?
—Puedo preparar cereal.
Mateo comenzó a reír.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
—No.
—Entonces algún día tendrás que enseñarme.
Mateo dejó de reír durante un segundo.
—¿Algún día?
Alexander asintió.
—Sí.
Mateo sonrió.
—Está bien.
⸻
Cuando salieron del restaurante, ya comenzaba a oscurecer.
Caminaron de regreso al campus.
El aire estaba fresco y las luces de los edificios comenzaban a encenderse.
—Me la pasé bien —dijo Alexander.
Mateo lo miró.
—Yo también.
Llegaron a una esquina donde sus caminos se separaban.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó Alexander.
—Sí.
Alexander sacó su teléfono.
—Te escribo después.
—Está bien.
Mateo comenzó a caminar, pero después de unos pasos escuchó:
—¡Mateo!
Se giró.
Alexander levantó la mano.
—No olvides que todavía me debes enseñarme a cocinar.
Mateo sonrió.
—No te prometí eso.
—Sí lo hiciste.
—Creo que estás inventando cosas.
—Nos vemos mañana.
Mateo negó con la cabeza, sonriendo.
—Nos vemos.
Alexander lo observó alejarse.
Durante unos segundos permaneció quieto.
No sabía por qué aquella tarde había sido diferente.
Había salido con amigos cientos de veces.
Había conocido a muchas personas.
Pero conversar con Mateo era diferente.
Con él no tenía que fingir.
No tenía que hablar sobre negocios, contactos o la reputación de su familia.
Podía simplemente ser Alexander.
Y eso era algo que no había sentido en mucho tiempo.
⸻
Esa noche, Alexander llegó a casa poco antes de las ocho.
La casa de su familia era enorme. Desde afuera parecía más una mansión que una vivienda.
Entró y dejó las llaves sobre una mesa.
—Alexander —dijo su madre desde la sala.
—Hola, mamá.
—Tu padre te está esperando.
Alexander asintió.
Entró al comedor.
Su padre estaba sentado en uno de los extremos de la mesa revisando unos documentos.
—Llegas justo a tiempo.
—Te dije que estaría aquí.
Su madre tomó asiento.
La cena comenzó con una conversación sobre negocios y universidad.
Alexander apenas participaba.
—¿Cómo están tus clases? —preguntó su padre.
—Bien.
—¿Tus calificaciones?
—Todavía no tenemos calificaciones.
—Quiero que mantengas un promedio alto.
—Lo haré.
—Y recuerda que en unos meses tendrás que comenzar a involucrarte más en los asuntos de la familia.
Alexander dejó los cubiertos sobre el plato.
—Papá, apenas estoy comenzando la universidad.
—Precisamente por eso.
—Quiero concentrarme en mis estudios.
Su padre lo miró seriamente.
—Puedes hacer ambas cosas.
Alexander no respondió.
Su madre intentó cambiar de tema.
—¿Has conocido gente nueva?
—Sí.
—¿Quiénes?
Alexander pensó inmediatamente en Mateo.
—Algunos compañeros.
—¿De buenas familias?
La pregunta hizo que Alexander levantara la mirada.
—No lo sé.
—Deberías saber con quién te relacionas —dijo su padre.
Alexander apretó ligeramente la mandíbula.
—Son solo compañeros.
—Alexander, nuestro apellido tiene un peso importante. Debes entenderlo.
Alexander bajó la mirada.
—Lo entiendo.
Pero en realidad, por primera vez, empezaba a cansarse de entenderlo.
⸻
Esa misma noche, Mateo estaba sentado en su habitación haciendo tarea.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Alexander: ¿Sigues despierto?
Mateo respondió:
Mateo: Sí. Haciendo tarea.
Pasaron unos segundos.
Alexander: Yo también debería estar haciéndola.
Mateo sonrió.
Mateo: Entonces hazla.
Alexander: Qué mandón.
Mateo: Alguien tiene que decirte las cosas.
Alexander respondió con un emoji riendo.
Después escribió:
Alexander: Buenas noches, Mateo.
Mateo miró el mensaje durante unos segundos.
Escribió:
Mateo: Buenas noches, Alexander.
Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a su tarea.
Pero unos minutos después volvió a mirar la pantalla.
No había recibido otro mensaje.
Sonrió nuevamente.
No sabía exactamente qué estaba pasando.
Ni siquiera estaba seguro de que estuviera pasando algo.
Solo sabía una cosa.
Desde que había conocido a Alexander, sus días en aquella universidad ya no parecían tan solitarios.
Y para Alexander, aquella amistad comenzaba a convertirse lentamente en algo que todavía no se atrevía a nombrar.
Por ahora, ninguno de los dos quería pensar demasiado en ello.
Todavía tenían tiempo.
O eso creían.