Todo comenzó cuando una joven se enamoró de un muchacho con un pasado lleno de errores. Él era conocido por meterse en problemas y vivir al margen de la ley, pero ella decidió creer que podía cambiar. Poco a poco, su amor logró transformar su manera de ver la vida, aunque el destino los puso a prueba cuando él terminó en la cárcel. Mientras él cumplía su condena, ella decidió esperarlo. Su amiga no dejaba de advertirle: «Mija deje ese hombre, usted está sufriendo demasiado». Pero, a pesar de las dudas y los obstáculos, y relaciónes íntimas aquel amor demostró ser más fuerte que cualquier distancia.
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Capítulo 19 — La sentencia
Habían pasado cinco meses desde aquella tarde en la que fui al UPC a contarle a Cristian que iba a ser papá. Ahora yo tenía seis meses de embarazo y mi barriga ya se notaba bastante.
Durante todo ese tiempo, mi mamá había estado conmigo. Cuando le conté que estaba embarazada, al principio se quedó sorprendida y preocupada, pero después decidió acompañarme en todo. Incluso estuvo conmigo durante las audiencias del juicio de Cris.
No había sido fácil.
Cada vez que íbamos al juzgado, yo sentía un nudo en el estómago. Escuchaba hablar de los cargos que había en su contra: homicidio relacionado con un caso de feminicidio, robos y otros delitos. Yo sabía que Cristian había estado metido en cosas malas. Él mismo me había contado parte de su pasado y me había dicho que se arrepentía.
Pero una cosa era saberlo y otra muy distinta verlo enfrentando una sentencia.
Ese día estábamos sentadas junto a mi mamá esperando que el juez diera la decisión.
Yo tenía las manos sobre mi barriga, tratando de mantenerme tranquila.
—Mamá, tengo mucho miedo —le dije bajito.
Mi mamá me tomó de la mano.
—Tranquila, hija. Sea cual sea la decisión, yo voy a estar contigo.
Respiré profundo.
Entonces llamaron a Cristian.
Lo vi entrar acompañado por los funcionarios. Tenía el rostro serio, pero cuando sus ojos encontraron los míos, intentó sonreír.
Yo no pude evitar que las lágrimas comenzaran a salir.
—Cris... —susurré.
Él movió la cabeza ligeramente, como diciéndome que estuviera tranquila.
El juez comenzó a leer la sentencia.
Yo escuchaba cada palabra con el corazón acelerado.
Finalmente llegó la parte que más temía.
Quince años de prisión.
Sentí que el mundo se me venía encima.
—No... —dije entre lágrimas.
Mi mamá me abrazó.
Yo ya no podía contener el llanto.
Cristian también bajó la mirada por unos segundos. Después volvió a mirarme y trató de mantenerse firme.
—Tranquila, princesa —me dijo—. Voy a estar bien. Cuida a nuestro bebé, ¿sí?
Me llevé una mano a la barriga.
—Cris...
Él sonrió con tristeza.
—Prométemelo.
—Te lo prometo —respondí llorando.
Los funcionarios se acercaron para llevárselo.
En ese momento sentí que no podía permitir que se fuera así.
Me levanté rápidamente.
—¡Cris!
Él volteó.
Yo quería correr detrás de él, pero mi mamá me sujetó del brazo.
—Leidy, tranquila.
—¡Suélteme, mamá! ¡No quiero que se lo lleven!
—Hija, no puedes hacer nada ahora.
—¡Cris!
Él siguió caminando mientras yo lloraba.
—¡No se lo lleve, por favor! —grité desesperada.
Mi voz retumbó en aquel lugar.
Cristian volteó una última vez.
Nos miramos.
Él levantó la mano ligeramente, como una despedida.
—¡Cuida al bebé! —alcancé a escucharlo.
Yo asentí entre lágrimas.
—¡Te voy a esperar!
Mi mamá me abrazó mientras yo seguía llorando.
Yo sabía que Cristian había cometido errores. Sabía que había estado metido en robos y en situaciones muy graves. Sabía que el juicio había presentado pruebas y que la sentencia había sido dictada.
Pero, aun así, dentro de mi corazón había una parte de mí que sentía que él era inocente de todo aquello que estaban diciendo.
Quizás era porque lo conocía de otra manera.
Yo conocía al Cristian que me escribía para saber cómo estaba. Al hombre que me había contado su historia llorando. Al hombre que, aunque había cometido errores, me había dicho que quería cambiar.
Miré mi barriga y volví a llorar.
—Mamá... —dije con la voz entrecortada—. ¿Y ahora qué vamos a hacer?
Mi mamá me acarició el cabello.
—Ahora vamos a cuidar de ti y de ese bebé. Y vamos a seguir adelante, mija.
Miré hacia la puerta por donde se habían llevado a Cristian.
Quince años.
Esa cifra se me quedó clavada en la cabeza.
Y mientras salíamos del lugar, puse una mano sobre mi barriga.
—Tu papá te quiere mucho —susurré.
Las lágrimas volvieron a caer.
Cristian se había ido, pero una parte de él se quedaba conmigo.
Nuestro bebé.