La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 4
Lucía durmió hasta el mediodía.
Alma no durmió nada. Se quedó en la silla a su lado con los ojos en el monitor, siguiendo ese ritmo constante y terco que su hija tenía desde recién nacida, ese corazón que peleaba cuando nadie más lo haría. Afuera el hospital seguía funcionando como si nada, médicos entrando y saliendo, camillas, voces lejanas, el mundo girando con esa indiferencia brutal que tiene cuando a uno se le acaba de caer todo.
Ángela llegó a las ocho de la mañana con dos cafés de la máquina del pasillo y ojeras que igualaban las de Alma.
— Vete a descansar — le dijo Alma en cuanto la vio.
— Estoy bien.
— Ángela.
— Estoy perfectamente bien, no seas...
— Vete. — Le quitó el café de la mano. — Unas horas. Duerme algo y vuelves en la tarde. Yo estoy aquí.
Ángela la miró. Miró a Lucía dormida. Miró a Alma con esa cara suya de querer discutir y saber que no tiene caso.
— Paso por tu casa a buscarte ropa. Para las dos.
— No tienes que...
— Alma. — Una sola palabra, dicha de esa forma que cerraba el tema. — Paso por tu casa. Vuelvo en la tarde. No te muevas.
Se fue.
La mañana pasó despacio.
Lucía despertó pasado el mediodía con hambre, que era buena señal, y con preguntas, que era inevitable. Alma le contó lo que había que contar. Lo hizo sin rodeos porque su hija no era una niña y porque mentirle hubiera sido un insulto a todo lo que habían sobrevivido juntas.
Lucía escuchó. No lloró. Apretó la sábana con los puños y miró al techo y cuando Alma terminó solo dijo:
— ¿Qué vamos a hacer?
— Vamos a estar bien.
— Eso no es un plan.
— Es lo que tengo por ahora.
Lucía la miró. Y en ese momento, con el cabello revuelto y la bata del hospital y los ojos cansados, se pareció tanto a Alma de joven que dolió.
— Bien — dijo. Y no preguntó más.
Darío apareció a las tres de la tarde.
Entró a la habitación sin llamar, que era como había entrado a todos los espacios de Alma durante veinte años, como si los muros no aplicaran para él. Traía otro traje, este gris, la expresión de siempre. Detrás de él, Lucrecia.
Alma se puso de pie.
— Fuera — dijo. Directo. Sin elevar la voz.
— Vengo a ver a mi hija.
— Ya la viste. Fuera.
Lucía se había quedado quieta en la cama, con los ojos en su padre y esa cara cerrada que Alma nunca le había visto antes de anoche.
— ¿Cómo estás, mi amor? — le preguntó Darío.
Lucía no respondió.
— Lucía, te estoy hablando.
— Ya te oyó — dijo Alma. — Y tiene el derecho de no responderte. Los dos, fuera de esta habitación.
— Esta clínica es mía — dijo Darío. — Técnicamente puedo estar donde me plazca.
— Técnicamente estás en la habitación de una paciente que no quiere verte. — Alma no se movió. — Inténtalo y llamo al doctor Reyes.
Lucrecia soltó una carcajada corta.
— Dios mío. — Miró a Alma de arriba abajo con esa sonrisa suya de anoche, la de quien llegó a cobrar y trae el recibo. — Sigues creyendo que mandas aquí. Qué tierno.
— Nadie le habló a usted.
— No, pero yo sí tengo algo que decirte a ti. — Dio un paso adentro como si la habitación fuera suya, que era exactamente el efecto que buscaba. — Darío y yo necesitamos esta habitación. Para esta tarde. Tenemos una reunión con el equipo directivo y este es el único espacio disponible.
Silencio.
— ¿Perdón? — dijo Alma.
— Que necesitamos la habitación. — Lo repitió despacio, con esa crueldad específica de quien disfruta cada sílaba. — Tu hija ya está estable, según el doctor Reyes. No hay razón médica para que ocupe esta cama.
— Mi hija tuvo una crisis cardíaca anoche.
— Y se está recuperando. — Lucrecia sonrió. — Qué buena noticia. Entonces no hay problema.
— Darío. — Alma se volvió hacia él. Solo hacia él. — Dime que esto no está pasando. Dime que no estás haciendo esto.
Darío no la miró a los ojos.
— El doctor Fuentes va a subir en unos minutos a gestionar el alta — dijo. — Es lo mejor para todos.
— Es el cumpleaños de tu hija. Ayer. Ayer fue el cumpleaños de tu hija y hoy la estás echando de una cama de hospital.
— No la estoy echando. Le están dando el alta.
— ¡Es lo mismo!
— Baja la voz.
— ¡No voy a bajar la voz! — Se le quebró algo adentro, algo que había estado aguantando desde anoche con toda la fuerza que tenía. — ¿Qué te hicimos? ¿Qué te hizo ella, Darío? Es tu hija. Tu hija enferma, en una cama, y tú estás aquí echándola porque tu amante quiere la habitación para una reunión. ¿Eso eres? ¿En eso te convertiste?
Darío apretó la mandíbula.
— Esto es un negocio, Alma. Ya no es personal.
— ¡Es tu hija! ¡Lo personal no se negocia!
— Papá.
La voz de Lucía cortó el aire.
Los tres se volvieron. Lucía estaba sentada en la cama, derecha, con las manos en el regazo y esa mirada que Alma no le conocía todavía, esa mirada nueva que había llegado anoche junto con todo lo demás.
— Papá — repitió. Tranquila. Fría. — Eres un desgraciado. Y no te lo voy a perdonar nunca.
Algo cruzó la cara de Darío. Rápido, casi invisible. Dolor, quizás, o lo que quedaba de él.
Duró un segundo.
— Cuando estés calmada hablamos — dijo.
— No vamos a hablar nunca. — Lucía apartó la vista. — Mami, vámonos. No quiero estar aquí ni un minuto más.
El doctor Fuentes llegó veinte minutos después con la cara de quien viene a hacer algo que le avergüenza pero lo va a hacer igual.
— Alma — dijo desde la puerta — el señor Montoya ha solicitado...
— Ya sé lo que solicitó. — Alma no lo dejó terminar. — Dame quince minutos para vestir a mi hija.
— Por supuesto. Lo siento, Alma. De verdad.
— Ya.
Fuentes se fue. Alma cerró la puerta, se volvió hacia Lucía y las dos se miraron un momento en silencio.
— Nos vamos — dijo Alma.
— ¿A dónde?
— A casa de Ángela.
— ¿Y después?
Alma le sostuvo la mirada.
— Después ya veremos.
Afuera estaba lloviendo.
Esa lluvia de tarde que cae sin permiso y sin apuro, fría y constante. Alma y Lucía estaban bajo el toldo de la entrada con una bolsa cada una, lo poco que Ángela había podido traerles esa mañana antes de que Alma le dijera que se fuera a descansar.
El teléfono vibró.
Era Ángela.
— Alma. — La voz sonaba rara. Contenida. — Fui a la casa.
Alma cerró los ojos un segundo. Ya sabía lo que venía.
— Me dijeron que tenía prohibida la entrada. El guardia nuevo, uno que yo no conozco, me cerró el portón en la cara. Intenté hablar con alguien pero Lucrecia salió al balcón y me gritó que si no me iba llamaba a la policía. — Una pausa corta. — No pude sacar nada, Alma. Ni la ropa de Lucía, ni sus medicinas, nada.
Alma no dijo nada.
— Voy para allá. Dame veinte minutos.
— Está lloviendo, Ángela. El tráfico va a estar...
— Dame veinte minutos.
Colgó.
Alma guardó el teléfono y miró la lluvia. Miró la calle mojada, los carros pasando, la ciudad entera funcionando sin enterarse de que a ella se le había acabado todo en menos de veinticuatro horas. La casa. La clínica. Las cuentas. La ropa de su hija. Las medicinas de su hija.
Todo.
Lucía se pegó a su lado sin decir nada y Alma le pasó el brazo por los hombros y la apretó contra ella, y las dos se quedaron mirando la lluvia en silencio.
Un carro negro frenó despacio frente a la entrada.
Alma no le prestó atención. La gente frenaba en las clínicas todo el tiempo.
La ventana bajó.
— Disculpe. — Voz de hombre. Joven. Tranquila. — ¿Doctora Alma?
Alma miró. Un hombre joven al volante. Treinta años, tal vez menos. Cara que le resultaba vagamente familiar sin que pudiera ubicar por qué.
— ¿Quién pregunta?
El hombre apagó el motor y bajó del carro. Alto, el cabello oscuro con la lluvia encima, y esa forma de moverse de quien no tiene apuro porque sabe exactamente a dónde va.
Se paró frente a ella a distancia respetuosa.
— Máximo Salas. — Una pausa. — No me va a reconocer. Tenía cinco años la última vez que nos vimos. — Otra pausa, más corta. — Usted salvó a mi mamá. Y me consiguió la beca que me cambió la vida.
Alma lo miró.
Rebuscó. Veinte años de pacientes, de casos, de caras. Una mujer enferma. Un niño pequeño con los ojos grandes mirándolo todo. Una situación difícil que ella resolvió porque era lo correcto y no había más vuelta que darle.
— Máximo — repitió.
— Sí. — Algo en su cara se abrió un momento antes de volver a la calma. — Sé lo que está pasando. No voy a preguntarle cómo está. — Miró a Lucía, que temblaba pegada al brazo de su madre con los labios levemente morados del frío. — Déjeme llevarlas. Por favor. Le debo mucho más que eso.
— Tenemos quien venga a buscarnos.
— Están bajo la lluvia ahora. — Lo dijo sin presionar, sin insistir, con esa calma de quien ofrece y respeta el no pero espera que no llegue. — Su hija tiene frío. Déjeme hacer esto.
Alma miró a Lucía.
El corazón terco. Los labios morados. La lluvia que arreciaba.
— Solo hasta donde Ángela — dijo.
— Donde usted me diga.
En el carro hacía calor.
Lucía se quedó dormida antes de que salieran de la cuadra, con la cabeza apoyada en el hombro de su madre y la respiración pareja de los medicamentos. Alma la sostuvo sin moverse.
Máximo manejaba sin hablar. Sin música, sin preguntas, sin intentar llenar el silencio con nada. Y eso, por razones que Alma no supo explicarse, fue lo más reconfortante que había sentido en todo el día.
— ¿Cómo está su mamá? — preguntó Alma en voz baja.
— Bien. Perfectamente bien. — Una pausa. — Gracias a usted.
— Hice mi trabajo.
— Hizo más. — Lo dijo sin drama, como un hecho que no necesitaba adorno. — Una beca no es el trabajo, doctora. Una beca es elegir a alguien. Usted nos eligió cuando no tenía ninguna razón para hacerlo.
Alma no respondió. Miró por la ventana la ciudad mojada.
Él la miró un segundo en el espejo retrovisor. Solo un segundo. Pero Alma lo sintió, y sintió algo más que no supo nombrar y que se apresuró a dejar donde estaba porque tenía a su hija dormida en el hombro y el corazón destrozado y exactamente nada disponible para nada más.
El carro frenó.
Alma miró por la ventana.
El edificio de Ángela. La calle correcta. El edificio correcto. El número exacto.
Frunció el ceño.
— ¿Cómo sabe dónde vive Ángela?
Máximo apagó el motor. Bajó sin responder, abrió la puerta de atrás con cuidado para no despertar a Lucía.
Alma bajó. No apartó los ojos de él.
— No le di la dirección.
Máximo sostuvo su mirada. Y en esa mirada había algo, una calma demasiado quieta, demasiado segura, la de alguien que tiene respuestas, pero decide cuándo darlas.
— Descanse, doctora. — Una pausa mínima. — Mañana hablamos.
Subió al carro y se fue.
Alma se quedó en la acera con su hija dormida apoyada en ella y la lluvia cayendo y esa pregunta girando sin encontrar dónde aterrizar.
¿Cómo sabía?