Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap12
Zayd no parecía tener prisa.
Eso fue lo primero que Haniel notó.
Un hombre que acababa de entrar en la casa de una mujer a la que, aparentemente, llevaba tiempo vigilando debería haber mostrado nervios, incomodidad o, al menos, alguna señal de preocupación.
Él no mostraba ninguna.
Estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Podemos hablar a solas? —preguntó.
Haniel cruzó los brazos.
—No.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Zayd.
—Sigues siendo igual de desconfiada.
—Y tú sigues evitando responder preguntas.
—Entonces tenemos algo en común.
Olivia se acercó a Haniel.
—¿Quién exactamente es este hombre?
Zayd la miró.
—Olivia.
Ella se quedó inmóvil.
Haniel también.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Sé muchas cosas de ustedes.
—Eso no responde mi pregunta.
—No pretendía hacerlo.
Haniel sintió que la paciencia comenzaba a abandonarla.
—¿Por qué nos estás siguiendo?
Zayd bajó la mirada hacia ella.
—Yo no las estoy siguiendo.
—Entonces, ¿quién?
—Esa es una pregunta mucho más interesante.
Haniel no apartó los ojos de él.
—Habla.
Zayd respiró lentamente.
—Alguien está buscando algo que pertenece a una persona cercana a ustedes.
—¿A quién?
—Todavía no puedo decírtelo.
—Entonces puedes irte.
Zayd sonrió.
—Podría.
Se giró hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Pero antes quiero hacerte una propuesta.
Haniel arqueó una ceja.
—¿Qué clase de propuesta?
Zayd sacó una pequeña tarjeta del bolsillo y la dejó sobre la mesa.
—Trabaja conmigo.
Olivia soltó una carcajada incrédula.
—¿Perdón?
Zayd no le prestó atención.
—Necesito a alguien que sepa observar a las personas. Alguien que entienda lo que quieren antes de que tengan que decirlo.
Haniel lo miró fijamente.
—¿Y por qué crees que soy esa persona?
—Porque llevo tiempo observándote.
Aquellas palabras hicieron desaparecer cualquier rastro de diversión.
—¿Cuánto tiempo?
Zayd sonrió ligeramente.
—Lo suficiente.
Haniel tomó la tarjeta.
—¿Y qué tendría que hacer?
—Nada ilegal.
Olivia soltó una risa seca.
—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que va a pedirte algo ilegal.
Zayd finalmente la miró.
—Tienes razón.
Haniel levantó la vista.
Él continuó:
—Pero no voy a obligarte.
—¿Y si digo que no?
—Entonces seguirás con tu vida.
Haniel entrecerró los ojos.
—¿De verdad?
—No.
El silencio fue inmediato.
Zayd se acercó un poco.
—Si dices que no, yo seguiré con la mía. Pero las personas que están buscando lo que quieren podrían no ser tan consideradas.
Aquello no era una amenaza directa.
Era peor.
Era una advertencia.
Cuando Zayd finalmente se marchó, Olivia cerró la puerta y permaneció unos segundos apoyada contra ella.
—Ese hombre está loco.
Haniel miró la tarjeta.
—Probablemente.
—¿Y vas a aceptar?
—No.
—Bien.
Haniel guardó la tarjeta en el bolsillo.
Olivia la observó.
—¿Por qué la guardas?
—Porque decir que no no significa que vaya a dejar de investigar.
Olivia negó con la cabeza.
—Un día tu curiosidad va a meternos en un problema enorme.
Haniel sonrió.
—Ya estamos en uno.
Aquella noche, Haniel salió sola.
No le dijo a Olivia adónde iba.
No porque no confiara en ella.
Sino porque todavía no sabía en quién podía confiar.
Llegó a una cafetería pequeña, alejada del centro.
Se sentó en una mesa del fondo y pidió un café.
Cinco minutos después, alguien se sentó frente a ella.
No era Zayd.
Era un hombre mayor, vestido de manera sencilla.
—¿Haniel?
—Sí.
—Me llamo Esteban.
—¿Quién eres?
El hombre miró hacia la puerta antes de responder.
—Alguien que trabajó para Zayd.
Haniel permaneció callada.
—No estoy aquí para hacerte daño.
—Eso dicen todos.
Esteban sonrió débilmente.
—Tienes razón.
Sacó un sobre.
Lo dejó sobre la mesa.
—Esto pertenecía a tu amiga Zamira.
Haniel no lo tocó.
—¿Qué contiene?
—Una copia de un contrato.
—¿De qué?
—Una empresa.
—¿Cuál?
Esteban la miró directamente.
—Una empresa que tu amiga cree que pertenece exclusivamente a su familia.
Haniel abrió lentamente el sobre.
Dentro había varios documentos.
Nombres.
Fechas.
Firmas.
Y una cantidad de dinero que hizo que sus ojos se abrieran.
—¿Qué significa esto?
—Que el padre de Zamira no te contó toda la verdad.
Haniel pasó las páginas.
Entonces encontró algo que la dejó paralizada.
Una firma.
Alejandro Borbón.
Y debajo, otra.
Zayd Lekesis.
—¿Cuándo fue firmado esto?
Esteban respondió:
—Hace siete años.
Haniel levantó la mirada.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque Zamira todavía estaba en el colegio.
—Precisamente.
Haniel sintió que algo dentro de ella comenzaba a encajar.
Zayd.
El padre de Zamira.
Las empresas.
Las amenazas.
Todo parecía conducir hacia el mismo lugar.
Pero entonces Esteban dijo algo que cambió completamente su expresión.
—Hay otra persona involucrada.
—¿Quién?
Esteban se inclinó hacia ella.
—Alguien que conoce a tus amigas desde antes de que ustedes se conocieran.
Haniel sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Esteban miró nuevamente hacia la puerta.
—No puedo decirte el nombre aquí.
—Entonces dime dónde.
Él sacó una segunda hoja.
Escribió una dirección.
—Mañana. Medianoche.
Haniel tomó el papel.
—¿Y qué encontraré allí?
Esteban se levantó.
—La razón por la que Zayd te eligió a ti.
Haniel lo observó alejarse.
Miró nuevamente los documentos.
Había pasado toda su vida creyendo que algunas personas aparecían en su camino por casualidad.
Ahora comenzaba a preguntarse si alguna de ellas había llegado realmente por accidente.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de Olivia.
«¿Dónde estás?»
Haniel miró la dirección escrita en el papel.
Después respondió:
«No te preocupes. Estoy bien.»
Pero antes de guardar el teléfono, llegó otro mensaje.
No era de Olivia.
Ni de Zamira.
Era de Zayd.
«No vayas mañana.»
Haniel se quedó mirando la pantalla.
Un segundo mensaje apareció.
«Hay cosas que todavía no estás preparada para saber.»
Haniel sonrió lentamente.
Por primera vez desde que comenzó aquel juego, sintió algo distinto al miedo.
Curiosidad.
Y decidió que, precisamente por eso, iba a ir.