CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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El problema de Rose
—¿Ella? —repitió Valentina.
Rose asintió con absoluta seguridad.
—Sí.
Valentina miró por la ventana.
Mike y Alessandra caminaban hacia la casa discutiendo sobre algo.
Desde allí no podía escuchar lo que decían, pero tampoco parecía necesario.
Su hijo gesticulaba.
Alessandra negaba con la cabeza.
Y ambos sonreían.
Valentina sonrió.
—¿Y cuál es exactamente el problema?
Rose se cruzó de brazos.
—Que Mike está sonriendo demasiado.
Valentina soltó una pequeña risa.
—¿Y eso es malo?
—Para él sí.
—¿Por qué?
Rose la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque todavía no se dio cuenta.
Valentina se quedó mirándola.
Aquella niña tenía demasiadas observaciones para su edad.
—¿Y tú cómo sabes que no se dio cuenta?
Rose sonrió.
—Porque es mi hermano.
En el comedor, Mike se dejó caer en una silla.
—Tengo hambre.
Elliot apareció detrás de él.
—Qué sorpresa.
Mike lo miró.
—¿Quieres vivir?
—Sí.
—Entonces siéntate.
Elliot se rio.
Alessandra ocupó una silla cerca de Valentina.
Rose se sentó enfrente de ella.
La observó durante unos segundos.
Alessandra terminó notándolo.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Rose sonrió.
—En ti y Mike.
Alessandra casi dejó caer el tenedor.
—¿Qué pasa con Mike?
—Nada.
—Entonces…
—Solo estaba pensando.
Mike intervino.
—Rose, deja de molestarla.
—No la estoy molestando.
—Sí lo haces.
—¿Y por qué te importa?
Mike abrió la boca.
Pero no respondió.
Elliot soltó una carcajada.
—Te atrapó.
—Cállate.
—No dije nada.
—Lo dijiste con la cara.
Alessandra intentó contener la risa.
No pudo.
Mike la miró.
—Tú tampoco.
—Yo no hice nada.
—Te estás riendo.
—Porque es divertido.
—Mi propia familia se está volviendo contra mí.
Ethan entró en ese momento.
—¿Qué pasó?
—Nada —respondió Mike.
Rose señaló a su hermano.
—Mike está raro.
—¡Rose!
Ethan miró a su hijo.
Después a Alessandra.
Luego volvió a mirar a Mike.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Ah.
Mike entrecerró los ojos.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Pero lo pensaste.
—Sí.
Valentina empezó a reír.
—¿Qué está pasando? —preguntó Alessandra.
Ethan tomó asiento.
—Nada importante.
Mike suspiró.
—Gracias.
—Solo están descubriendo que mi hijo puede comportarse como una persona normal.
—Papá…
Alessandra soltó una carcajada.
Mike la miró con fingida indignación.
—¿De qué lado estás?
Ella se encogió de hombros.
—Todavía no lo decidí.
—Traición.
Después del almuerzo, Alessandra salió hacia los establos.
Necesitaba revisar unas anotaciones antes de continuar con su trabajo.
Se sentó en uno de los bancos de madera y comenzó a escribir.
No tardó demasiado en escuchar pasos.
Mike.
—¿Qué haces?
—Estudiando.
—¿Aquí?
—Es tranquilo.
Mike miró alrededor.
—Bueno, hasta que llegué yo.
Alessandra sonrió.
—Exactamente.
Él se sentó a su lado.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Era extraño.
Después de tantos días discutiendo, aquel silencio no resultaba incómodo.
Mike miró su libreta.
—¿Qué estás estudiando?
—Comportamiento animal.
—¿Te gusta?
Alessandra levantó la mirada.
—Mucho.
—Se nota.
Ella sonrió.
—¿Y a ti?
Mike miró hacia los corrales.
—Siempre me gustaron los animales.
—¿Desde pequeño?
—Desde antes de poder caminar.
Alessandra cerró la libreta.
—¿Nunca quisiste hacer otra cosa?
Mike pensó unos segundos.
—No.
Su respuesta fue sencilla.
—Este es mi lugar.
Alessandra lo observó.
Por primera vez comprendió que la arrogancia de Mike no venía solamente de creerse mejor que los demás.
También había una seguridad profunda.
Él sabía quién era.
Sabía qué quería.
Y sabía dónde pertenecía.
—Eso es bueno —dijo ella.
Mike la miró.
—¿Qué?
—Saber dónde perteneces.
Él sostuvo su mirada.
—¿Tú lo sabes?
Alessandra quedó en silencio.
Aquella pregunta había sido inesperada.
—No estoy segura.
Mike sonrió ligeramente.
—Entonces quizás por eso estás aquí.
—Quizás.
Por unos segundos volvieron a quedarse callados.
Hasta que una voz infantil apareció detrás de ellos.
—¡Los encontré!
Ambos se giraron.
Rose estaba allí.
Mike cerró los ojos.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Rose.
—Mamá dijo que preguntara si Alessandra quiere venir con nosotros al pueblo mañana.
Alessandra levantó la mirada.
—¿Al pueblo?
Rose asintió.
—Hay una feria.
Mike se levantó.
—No.
Rose frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo trabajo.
—Puedes ir después.
—No.
Rose miró a Alessandra.
—Él siempre dice que no.
Alessandra sonrió.
—¿Y tú siempre consigues lo que quieres?
Rose sonrió.
—Casi siempre.
Mike suspiró.
—No la alientes.
Rose se dio la vuelta.
—Entonces le diré a mamá que Alessandra sí quiere venir.
—¡Rose!
La niña salió corriendo.
Alessandra empezó a reír.
Mike se quedó mirando hacia donde había desaparecido.
—Esa niña va a acabar conmigo.
—Creo que te quiere mucho.
Mike sonrió.
—Demasiado.
Y aunque ninguno lo dijo, ambos estaban pensando lo mismo.
Quizás aquella salida al pueblo no sería tan mala.
Especialmente si iban juntos.