Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17. Lo que cambió
Para cuando llegamos a casa, papá estaba agotado, aunque jamás lo habría admitido.
Mamá consiguió instalarlo en la sala con ayuda de Adrián y James, mientras Maxton entraba las cosas que habíamos traído del hospital y yo intentaba ordenar los medicamentos según las indicaciones que nos habían dado.
Había esperado aquel momento durante semanas. Ver a papá nuevamente en su sillón, protestando porque todos lo tratábamos como si fuera incapaz de levantarse solo, consiguió devolverle a la casa algo que había perdido desde su hospitalización.
—Voy a terminar huyendo si siguen vigilándome así —protestó.
—No llegarías muy lejos —respondió Adrián—. James escondió las llaves.
Papá lo miró.
James ni siquiera se molestó en defenderse.
—Traidor.
Mamá soltó una risa desde el otro lado de la sala.
Maxton, que acababa de dejar una bolsa sobre la mesa, observó a James con diversión.
—Parece que me reemplazaron mientras estaba fuera.
Lo dijo en broma.
Todos lo entendieron así.
James también.
—Llegaste a tiempo para recuperar el puesto.
Las risas volvieron.
Yo sonreí, pero la frase se quedó conmigo.
Porque Maxton estaba bromeando y, sin embargo, durante el último mes James había estado allí para todo.
No como reemplazo de nadie.
Simplemente había estado.
Mamá no tardó demasiado en decidir que debíamos comer. Tampoco aceptó ninguna protesta cuando James intentó decir que era mejor dejarnos descansar.
Terminamos todos alrededor de la mesa.
Maxton se sentó a mi lado y James frente a nosotros.
Al principio fue sencillo.
Papá quería saber sobre el trabajo de Maxton y él tuvo que resumir meses de ausencia mientras mamá intervenía de vez en cuando para impedir que papá convirtiera la comida en una reunión de negocios. Adrián se encargó de contar las versiones menos favorecedoras de todo lo ocurrido durante esas semanas y, contra todo pronóstico, consiguió hacer reír a papá hasta que mamá le advirtió que no debía esforzarse.
Yo también reí.
Hacía mucho que no estábamos todos juntos de aquella manera.
Maxton giró hacia mí.
—Esa sonrisa sí la extrañaba.
Lo miré.
Había cariño en sus ojos. El mismo que había visto tantas veces antes de que se marchara.
—Solo esa, ¿eh?
—Las demás puedo negociarlas.
Sonreí otra vez.
Maxton se inclinó y me besó.
Fue breve.
Un gesto natural entre nosotros.
Pero me tomó por sorpresa y tardé un instante en responder.
Cuando se apartó, dejó una mano en mi nuca y rozó mi cabello con los dedos antes de volver a la conversación.
Yo levanté la mirada.
James estaba observándome.
No a Maxton.
A mí.
Y por primera vez en un mes, su autocontrol no fue suficiente.
No hizo ningún gesto. No dijo nada. Pero reconocí la tensión en su mandíbula y algo mucho más oscuro en sus ojos.
Celos.
La certeza me atravesó tan rápido que dejé de escuchar lo que Adrián estaba diciendo.
James sostuvo mi mirada un instante.
Después dejó la copa sobre la mesa.
—Disculpen.
Papá levantó la cabeza.
—¿Pasa algo?
—No. Necesito un poco de aire.
Se levantó y salió hacia la terraza.
Nadie pareció encontrarlo extraño.
Mamá siguió hablando. Maxton volvió a preguntarle algo a papá y Adrián terminó la historia que había empezado.
Yo miré hacia la terraza.
No fui detrás de James.
Ni siquiera consideré hacerlo.
Bueno.
Sí lo consideré.
Por eso mismo permanecí en mi silla.
James regresó unos minutos después con la misma expresión serena con la que había llegado aquella mañana. Se sentó, retomó la conversación y no volvió a mirarme.
No necesitaba hacerlo.
Ya había visto suficiente.
Y, por más culpable que me hiciera sentir, una parte de mí se alegraba de haberlo visto.
Después de un mes de distancia, de despedidas correctas y conversaciones estrictamente necesarias, finalmente tenía una prueba de que aquello no le resultaba tan sencillo como pretendía.
La tarde continuó con más tranquilidad.
Papá terminó quedándose dormido en la sala y mamá comenzó a organizar. Adrián subió algunas cosas a su habitación mientras Maxton atendía una llamada de trabajo.
James aprovechó para marcharse.
Lo encontré en el recibidor cuando estaba tomando sus llaves.
—¿Ya te vas?
—Tu padre necesita descansar.
—Eso no responde mi pregunta.
James me miró.
—Sí. Ya me voy.
Me acerqué un poco.
No demasiado.
—Gracias por hoy.
—No tienes que agradecerme.
Otra vez aquellas palabras.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Pensé en la comida.
En la forma en que me había mirado.
James debió saberlo porque algo cambió en su expresión.
—No lo hagas, Lizzie.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Mirarme así.
Mi respiración se detuvo apenas.
—No sé cómo te estoy mirando.
James sostuvo mis ojos.
—Sí sabes.
El silencio se volvió distinto.
Por un momento volvió a existir aquella cercanía que él había evitado durante todo un mes.
Entonces su mirada descendió.
Hasta mi mano.
Hasta el anillo.
Y fue suficiente.
James retrocedió.
—Buenas noches, Lizzie.
La distancia regresó de golpe.
—Buenas noches.
Abrió la puerta y se marchó.
Me quedé mirándola cerrada durante unos segundos.
—¿Todo bien?
La voz de Maxton me hizo girar.
Estaba al otro lado del recibidor con el teléfono todavía en la mano.
—Sí.
Se acercó.
—¿Seguro?
—Seguro.
Maxton me estudió unos segundos y después sonrió.
—Estás agotada.
Acepté la explicación demasiado rápido.
—Un poco.
—Un poco —repitió, sin creerme del todo.
Pasó un brazo alrededor de mis hombros y besó mi cabeza.
Esta vez conseguí relajarme.
No hizo más preguntas.
Y se lo agradecí.
El resto de la tarde pasó entre papá, mamá y las pocas horas que Maxton tenía antes de marcharse. Me contó cosas de su viaje que nunca habían cabido en nuestras llamadas y yo intenté recuperar la facilidad que siempre habíamos tenido.
Por momentos lo conseguía.
Entonces lo miraba y recordaba que se marcharía a la mañana siguiente.
Y no sabía qué hacer con el alivio que acompañaba a la tristeza.
Ya era tarde cuando mamá insistió en que Maxton se quedara en casa. Su vuelo salía temprano y no tenía sentido ir a un hotel por unas cuantas horas.
Me acompañó hasta mi habitación.
Nos detuvimos frente a la puerta.
—Te extrañé —dijo.
Esta vez no había nadie alrededor.
Ni papá.
Ni mamá.
Ni James.
Solo nosotros.
—Yo también te extrañé.
Maxton sonrió y me acarició la mejilla.
—No parece que hayas dormido mucho en el último mes.
—Probablemente porque no lo hice.
—Entonces tendré que perdonarte por recibir a tu prometido como si fuera un visitante inesperado.
Lo miré, avergonzada.
—Maxton...
Se rio suavemente.
—Estoy bromeando.
Me besó.
Respondí.
No pensé en nada más.
O al menos lo intenté.
Fue un beso tranquilo, familiar. Maxton no buscó prolongarlo demasiado y, cuando se apartó, acarició mi mejilla con el pulgar.
—Descansa.
—Tú también.
—Nos vemos antes de irme.
Asentí.
Maxton besó mi frente y caminó hacia la habitación de invitados.
Lo vi alejarse.
No me había preguntado qué ocurría conmigo.
No había exigido explicaciones.
Había regresado después de meses, había encontrado a mi padre recién salido del hospital y a una prometida que apenas parecía saber cómo comportarse con él.
Y había decidido darme tiempo.
Entré en mi habitación.
Me quité los zapatos y dejé el teléfono sobre la mesa.
Después vi mi mano.
El anillo seguía allí.
Pensé en Maxton.
En que se marcharía a la mañana siguiente.
Y luego, inevitablemente, pensé en James.
En la forma en que había tenido que levantarse de aquella mesa.
En sus ojos antes de hacerlo.
En su voz junto a la puerta.
No lo hagas, Lizzie.