En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
NovelToon tiene autorización de anónimo 2710 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: A solo dos pupitres de distancia
Perspectiva de Santiago
El camino desde los dormitorios hasta el edificio principal del Instituto Amanecer siempre se hacía eterno la primera semana de clases, pero esa mañana en particular el cansancio parecía pesar el doble en mis extremidades. Llevaba las horas de sueño contadas desde las cuatro de la mañana, con los músculos de los hombros y la espalda adoloridos por la intensa sesión de natación en la piscina y la subsecuente junta con el entrenador. Aun así, crucé las puertas corredizas del edificio sintiendo esa mezcla de expectativa y fastidio tan característica de los arranques de año escolar.
Entré al salón de clases sintiendo el cansancio en los músculos, pero con la mente en piloto automático, buscando instintivamente mi lugar seguro de todos los años. Me dirigí directamente hacia la última fila, un rincón estratégico que me permitía tener una perspectiva amplia del aula, distraerme un poco sin llamar la atención y, seamos sinceros, soportar las primeras aburridas explicaciones de los profesores con algo más de comodidad.
Apenas dejé caer la mochila pesada de natación en el suelo, escuché unos pasos apresurados detrás de mí. Oswaldo se dejó caer pesadamente en el asiento de al lado, soltando un suspiro exagerado que casi parecía un bufido, mientras sacaba un bolígrafo arrugado y medio mordido del bolsillo de su pantalón.
—Te juro que hoy mis piernas no dan para más, Santiago. El calentamiento de las cinco de la mañana fue un castigo divino —me susurró con una sonrisa burlona mientras se acomodaba el cuello de la camisa—. Te dije que llegaríamos a tiempo y con sobra de margen, pero tú querías correr como si nos persiguiera el mismo director por los pasillos. No entiendo por qué andabas con tanta prisa por llegar temprano a un pupitre que no se va a mover a ninguna parte.
Iba a contestarle una buena broma sobre su pésimo sentido de la puntualidad y cómo siempre terminaba arrastrándose a los entrenamientos, pero el sonido de las puertas principales del salón abriéndose de golpe interrumpió cualquier intento de réplica.
Por el marco de la puerta aparecieron Alexandra y su inseparable amiga Vanessa. Venían corriendo a toda velocidad, con las mochilas mal acomodadas al hombro, los suéteres ligeramente desordenados y recuperando el aliento de forma dramática. Dieron un par de pasos rápidos hacia el interior del aula, escaneando el lugar con la mirada desesperada de quien sabe que los minutos están contados.
El salón ya estaba casi lleno, pero justo frente a nosotros, a exactamente dos pupitres de distancia hacia adelante, encontraron dos lugares vacíos. Sin pensarlo dos veces, se abalanzaron sobre ellos y se desplomaron en los asientos casi al unísono, exhalando un suspiro profundo de puro alivio.
Vanessa se recostó contra el respaldo de su asiento, con el pecho subiendo y bajando rápidamente por la carrera matutina, y miró a Alexandra con los ojos abiertos de par en par, gesticulando con las manos:
—¡Llegamos! Viste, Ale, te lo dije... ¡sí llegamos! Te juro por mi vida que en la esquina pensé que el autobús nos iba a dejar botadas y que tendríamos que venirnos caminando bajo el sol —susurró con una mezcla de triunfo y dramatismo, abanicándose con la palma de la mano para calmar los nervios—. Casi me da un infarto múltiple en medio de la calle, te lo juro.
Alexandra soltó una risa suave y cristalina, acomodándose el cabello negro y brillante sobre los hombros mientras abría su mochila con total calma para sacar sus cuadernos impecables.
—Sí, llegamos justito, Vane, pero porque yo venía arreándote desde la salida de la residencia —respondió Alexandra en un tono dulce, paciente y divertido, negando con la cabeza mientras le acomodaba una tira de la mochila que casi se le cae—. Te dije mil veces que saliéramos cinco minutos antes, pero tú preferiste quedarte discutiendo con las cobijas de tu cama.
—¡Oye, no seas injusta! Las cobijas de esta mañana tenían algún tipo de superpoder magnético o tentáculos invisibles, te lo juro que me querían tragar —replicó Vanessa haciendo un puchero exagerado mientras se arreglaba el flequillo revuelto frente a un pequeño espejito de bolsillo—. Pero lo importante es la actitud, Ale. Estamos aquí, vivas, firmes y a salvo. Oye... una pregunta crucial para mi supervivencia académica: ¿tienes un bolígrafo que me prestes? El mío decidió desaparecer misteriosamente en el fondo negro de mi bolso y no aparece ni haciendo un exorcismo.
Alexandra sonrió con paciencia infinita ante las ocurrencias de su amiga, rebuscó con calma en su estuche color crema y le tendió un bolígrafo de tinta azul.
—Toma, aquí tienes. Pero por favor, ten más cuidado y no lo vayas a perder en cinco minutos. Guárdalo bien en el bolsillo, porque este es literalmente el último repuesto que me queda en la cartuchera y luego me quedo a
dos a oscuras.
Vanessa tomó el bolígrafo con ambas manos, haciendo una reverencia exagerada desde su asiento.
—¡Te amo, Ale, eres la mejor amiga del mundo mundial! Te debo la vida y mi futuro título universitario —susurró con devoción antes de enderezarse de golpe al notar una sombra que se acercaba por el pasillo.
Justo en ese instante, el profesor de literatura cruzó la puerta del salón con paso firme y comenzó a caminar hacia el pizarrón, marcando el inicio oficial de la clase. El bullicio del aula se apagó poco a poco entre el rítmico rasgueo de las tizas y el acomodar de los libros.
Desde mi asiento en la última fila, ubicado exactamente a solo dos puestos de distancia de ella, me quedé observándola un segundo de reojo en silencio. El perfil de su rostro, la forma en que acomodaba con delicadeza los mechones oscuros detrás de su oreja y la tranquilidad con la que escuchaba al profesor contrastaban de una forma casi absurda con lo que pasaba por mi mente. Era completamente increíble pensar que esa chica tan dulce, paciente, educada y calmada que tenía enfrente en el salón de clases era, en realidad, la misma guerrera furiosa, terca e implacable que todas las noches me hacía la vida imposible a través del chat de voz, gritándome estrategias en medio de las batallas y reclamándome cada vez que fallaba un combo.
Me quedé mirándola unos segundos más, preguntándome en silencio qué diría si supiera que el chico de la última fila, al que probablemente ni siquiera había notado, era el mismo dolor de cabeza con el que discutía hasta altas horas de la madrugada. Una sonrisa divertida se dibujó en la comisura de mis labios mientras tamborileaba los dedos sobre la madera del pupitre, listo para ver cómo sobrevivíamos a este nuevo día en ambos mundos.