Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 8
Capítulo 8
Entré a la joyería para comprarle una pluma a Poncho.
Había pasado la semana resolviendo mis urgencias sin cobrarme ni permitirme invitarle un desayuno con calma. Quería darle algo que fuera suyo y no otra herramienta para trabajar para mí.
La dependienta me reconoció antes de abrir la vitrina.
—Usted es la esposa de Rodrigo Cardona.
—Quiero ver esa pluma, por favor.
Miró mis jeans y el bolso.
—Es una edición de colección. Tenemos otras más económicas.
Le repetí cuál quería. Al sacarla, vio que yo miraba un juego de esmeraldas con una estrella pequeña en el cierre.
—Ese sí es bastante caro —añadió—. Si ahora sus gastos dependen de…
Se calló demasiado tarde.
—¿De quién cree que dependen?
La muchacha dejó la pluma sobre un paño.
No quería perder la mañana educando a una desconocida. Pedí hablar con el gerente, expliqué lo ocurrido y le dije que quería terminar la compra con otra persona.
Compré la pluma. También el juego de esmeraldas que había estado mirando: la talla de las piedras era buena y quería estudiarla en el taller. Cuando me entregaron la bolsa, revisé que la factura estuviera a nombre de mi empresa. No necesitaba convertir la cifra en una discusión.
Al salir vi a Ofelia en la terraza del restaurante de enfrente.
Estaba sirviéndole vino a Ámbar. Rodrigo se reía de algo, con una mano sobre la de su amante.
Me quedé bajo el toldo de la tienda.
Durante tres años Ofelia había examinado todo lo que yo comía y bebía. Ahora acercaba la botella a una mujer a la que, frente a Prudencia, decía soportar solo por educación.
Tomé varias fotos desde la banqueta. Esperé a que un coche dejara de taparlos, guardé el teléfono y pedí un taxi.
Aquella tarde llamé a Tania.
Poncho había confirmado parte de la historia de Ámbar: era pareja de Rodrigo antes de nuestra boda, su familia había financiado su salida del país y después su regreso. No todo lo que se decía en los pasillos era comprobable. Le envié a Tania las fotos y los documentos que sí lo eran.
—Van a decir que son antiguas —me advirtió.
—Conserva los archivos originales. Y que quien publique distinga lo que muestra la foto de lo que cuentan los papeles.
Tania conocía a una periodista que llevaba semanas preguntando por la familia. Le entregó el material. Yo acepté confirmar que seguía casada y que nadie me había informado de un acuerdo para mantener a Ámbar.
La nota salió al día siguiente.
No terminó con los Cardona. Sí hizo más difícil que negaran juntos algo que hasta entonces me habían obligado a soportar sola. Llegaron llamadas, peticiones de entrevista y mensajes de personas que no me habían saludado en años.
Apagué las notificaciones.
Durante los tres días siguientes hubo anunciantes que pidieron explicaciones a la fundación y socios que llamaron a Genaro. Los periódicos financieros relacionaron parte de la caída de sus acciones con la incertidumbre del grupo; Poncho me recordó que una cotización nunca obedecía solo a un pleito.
En la casona no hablaban de otra cosa.
Yo esperaba una llamada de Rodrigo. La que llegó fue de Herlinda.
—La señora Prudencia está indispuesta. Pidió que viniera.
—¿Está con el médico?
—Ya la vio Tadeo. La llevaron a descansar a la quinta, lejos de los periodistas. El chofer pasa por usted.
Le pedí hablar con ella. Herlinda dijo que acababa de dormirse y me envió una fotografía de la anciana acostada, con el chal que había usado el día anterior.
Llamé de todos modos al teléfono de Prudencia. No contestó.
Debí comprobar más. Lo sabía incluso mientras guardaba el bolso. Pero me acordé de su cuerpo cediendo en el jardín y acepté que la prisa decidiera por mí.
Envié a Poncho la dirección de la quinta y le dije que me llamara si no avisaba al llegar. El conductor era uno de los habituales de la casa. Eso terminó de tranquilizarme.
El trayecto se alargó al salir de la ciudad. Empezaba a oscurecer y la señal del teléfono iba y venía. Cuando llegamos, el chofer esperó a que cruzara la puerta antes de cerrar la reja.
No vi el coche de Tadeo.
Una mujer que no conocía me recibió en el vestíbulo.
—La señora descansa arriba. Primero deje sus cosas.
Seguí con el bolso en el hombro.
—Quiero verla.
—Doña Ofelia mandó que tomara su medicina antes. Venga.
Me detuve.
La mujer ya estaba en la escalera. Detrás de mí, el conductor había entrado a la casa.
—Voy a llamar a Herlinda —dije.
Él me quitó el teléfono antes de que pudiera desbloquearlo. Sujeté el bolso y tiró de él también. La mujer dejó de fingir amabilidad.
—Suba, señora. No haga más difícil esto.
Miré la puerta. El conductor tenía las llaves en la mano.
Subí.
En el cuarto había una cama, una ventana enrejada y un frasco junto a un vaso de agua. Una etiqueta escrita a mano decía “suplemento prenatal”. La mujer me indicó que me sentara.
—Voy a traerle comida. Así no se toma eso en ayunas.
En cuanto salió, probé la manija. Había cerrado por fuera.
Me acerqué al frasco sin abrirlo. Las tabletas no se parecían a las que me había indicado la nueva obstetra. No podía saber qué eran por su color ni por una etiqueta, pero quien me las había preparado me había quitado el teléfono y encerrado lejos de la ciudad.
No iba a tragarlas para averiguarlo.
Golpeé la puerta y exigí que me dejaran hablar con Prudencia. Nadie contestó. Afuera empezó a llover.
Pensé en el mensaje que le había enviado a Poncho. Tarde o temprano preguntaría por mí. Lo que no sabía era cuánto tiempo me darían aquellos hombres.
Oí el cerrojo al pie de la escalera.
Después, pasos.
Miré la ventana del cuarto y corrí hacia el baño.