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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:6.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: La Orden del Sol

La primavera llegó a Silver Creek con una promesa de renovación.

La nieve se derritió, los ríos recuperaron su caudal, y los campos que rodeaban la mansión Vance se cubrieron de flores silvestres. Los árboles, que habían parecido esqueletos de hielo durante el invierno, volvieron a vestirse de verde. El aire olía a tierra húmeda y a nuevas oportunidades. Como si el mundo entero estuviera despertando de un largo letargo.

Yo también me sentía diferente.

El embarazo avanzaba con una rapidez que me sorprendía. Cada día, mi vientre crecía un poco más, y con él, el poder de mi hijo. Ya no eran solo sueños. Ahora, podía sentirlo. Su presencia era una constante en mi mente, un latido adicional que resonaba con el mío. A veces, cuando estaba sola, podía oír sus pensamientos. No palabras, sino emociones. Curiosidad. Amor. Impaciencia por nacer.

—Es un niño inquieto —dijo Ingrid una tarde, mientras caminábamos por los jardines—. Como su padre.

—¿Alexander era así? —Pregunté, con una sonrisa.

—Peor —admitió Ingrid, riendo—. Pataleaba tanto que pensé que iba a salir antes de tiempo. Y cuando nació... —Hizo una pausa, con una sonrisa nostálgica—. Cuando nació, no lloró. Solo miró el mundo con esos ojos grises suyos, como si ya lo hubiera visto todo.

—¿Y su padre? —Pregunté, con cuidado.

La sonrisa de Ingrid se desvaneció.

—Su padre no estaba allí —dijo—. Nunca estuvo allí. No para mí. No para Alexander. Solo estaba allí para la manada. Para el poder. Para la guerra.

—Lo siento —dije, tomando su mano.

—No lo sientas —respondió Ingrid—. Gracias a eso, supe lo que no quería ser. Y crié a Alexander para que fuera diferente. Para que fuera mejor.

—Y lo lograste —dije—. Es el hombre más noble que conozco.

—Gracias a ti —dijo Ingrid—. Tú lo completaste. Tú le diste algo por lo que luchar. Alguien a quien amar.

Esa noche, mientras cenábamos, Kael entró en el comedor con una expresión sombría.

—Malas noticias —dijo, dejando un sobre sobre la mesa—. La Orden del Sol ha hecho su primer movimiento.

—¿Qué tipo de movimiento? —Preguntó Alexander, con una voz peligrosamente calmada.

—Han atacado una aldea al norte —dijo Kael—. Una aldea de lobos. Una manada pequeña, los Colmillo de Plata. No queda nadie.

El silencio que siguió fue absoluto.

—¿Cuándo? —Pregunté, con el estómago encogido.

—Anoche —dijo Kael—. Los atacaron mientras dormían. Usaron armas de plata. Fuego. No hubo supervivientes.

—¿Cómo lo sabes? —Preguntó Freya, que había estado escuchando en silencio.

—Un mensajero llegó al amanecer —dijo Kael—. Está en la enfermería. Herido. Pero vivo. Quería advertirnos. La Orden del Sol viene hacia aquí.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —Preguntó Alexander.

—Días —dijo Kael—. Tal vez menos.

Me levanté de la mesa, con el corazón latiéndome desbocado.

—Tenemos que hacer algo —dije—. No podemos quedarnos sentados esperando a que nos maten.

—¿Y qué propones? —Preguntó Freya—. ¿Atacar? ¿Dónde? No sabemos dónde están sus bases. No sabemos cuántos son. No sabemos nada.

—Tenemos que averiguarlo —dije—. Enviar exploradores. Espías. Alguien que pueda infiltrarse.

—Ya lo he hecho —dijo Ingrid, para sorpresa de todos—. Tengo contactos dentro de la Orden. Gente que me debe favores. Gente que me teme.

—¿Y qué dicen tus contactos? —Pregunté.

—Dicen que la Orden está liderada por un hombre llamado Silas Blackwood —dijo Ingrid—. Un humano. Un fanático. Cree que los lobos somos abominaciones. Criaturas del demonio. Que debemos ser exterminados.

—¿Y por qué no lo ha hecho ya? —Preguntó Alexander—. Si tiene el poder, si tiene los recursos, ¿por qué esperar?

—Porque no puede —dijo Ingrid—. No solo. La Orden tiene aliados, pero también enemigos. Hay facciones dentro del gobierno humano que nos protegen. Que creen que podemos coexistir. Y Silas... —Hizo una pausa—. Silas necesita algo que lo haga invencible. Algo que convenza a todos los humanos de que somos una amenaza.

—¿Y qué es eso? —Pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Tu hijo —dijo Ingrid—. El heredero de la Luna y la Sangre. Si Silas lo captura, si usa su sangre, podrá crear un arma. Un arma que destruya a todos los lobos de una vez por todas.

—Entonces tenemos que detenerlo —dije, con una firmeza que no sentía—. Antes de que llegue aquí.

—¿Y cómo? —Preguntó Freya—. No sabemos dónde está. No sabemos cómo atacarlo.

—Pero podemos hacer que venga a nosotros —dije, y la idea se formó en mi mente mientras hablaba—. Podemos tenderle una trampa.

—¿Qué tipo de trampa? —Preguntó Alexander, con curiosidad.

—Yo —dije, con el corazón latiéndome desbocado—. Yo seré la trampa.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

—No —dijo Alexander, levantándose de golpe—. No. Absolutamente no.

—Alexander...

—No —repitió, con una voz que temblaba—. No voy a permitir que te pongas en peligro. No voy a permitir que uses a nuestro hijo como cebo.

—No estoy usando a nuestro hijo —dije, con firmeza—. Estoy usando mi posición. Soy la Alfa de la Luna Plateada. Soy la madre del heredero. Si Silas quiere a mi hijo, tendrá que venir a buscarlo. Y cuando lo haga... —Hice una pausa—. Lo estaremos esperando.

—Elena —dijo Kael, con una voz sombría—. Es demasiado peligroso.

—Lo sé —admití—. Pero es nuestra mejor oportunidad. Si no hacemos nada, si esperamos a que él ataque, moriremos. Todos. Pero si lo atraemos a una trampa, si lo obligamos a luchar en nuestro terreno, en nuestras condiciones... —Sonreí—. Entonces podremos ganar.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —Preguntó Ingrid, con una expresión que mezclaba preocupación y admiración.

—Enviando un mensaje —dije—. Un mensaje que Silas no pueda ignorar. Que le diga que el heredero de la Luna y la Sangre está aquí. Que nacerá pronto. Que si quiere su sangre, tendrá que venir a buscarla.

—¿Y él vendrá? —Preguntó Freya.

—Vendrá —dijo Ingrid, con una certeza que me heló la sangre—. Silas ha estado buscando al heredero desde que supo de su existencia. No se detendrá ante nada para conseguirlo.

—Entonces tenemos que prepararnos —dije—. Reforzar las defensas. Entrenar a los guerreros. Preparar trampas. Y cuando llegue... —Hice una pausa—. Cuando llegue, lo destruiremos.

Esa noche, mientras todos dormían, me senté en el balcón de mi habitación y contemplé la luna.

Estaba casi llena, plateada y hermosa, como si nada hubiera pasado. Como si el mundo no estuviera al borde de otra guerra. Como si mi hijo no estuviera en peligro.

Pero lo estaba. Lo estábamos todos.

Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.

—No estás sola —dijo, sin más.

—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero a veces... a veces siento que el mundo entero quiere arrebatarme lo que más amo.

—Nadie va a arrebatarte nada —dijo Alexander, con una firmeza que me ancló a la realidad—. Mientras yo respire.

—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.

—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.

Nos quedamos allí, en silencio, contemplando la luna. No hacían falta más palabras.

Pero mientras estábamos allí, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.

Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.

Los días siguientes estuvieron marcados por una actividad frenética.

Enviamos mensajes a todas las manadas aliadas, advirtiéndoles de la amenaza de la Orden del Sol. Reforzamos las defensas de la mansión, construyendo muros adicionales y cavando trampas en los bosques que la rodeaban. Entrenamos a los guerreros día y noche, preparándolos para la batalla que se avecinaba.

Y yo... yo me preparé para lo que venía.

Entrenaba con Kael cada mañana, perfeccionando mis habilidades de combate. Estudiaba con Ingrid cada tarde, aprendiendo sobre la Orden del Sol y sus debilidades. Y por las noches, hablaba con mi hijo.

No con palabras. No con sueños. Con pensamientos. Con emociones. Con amor.

Te protegeré, le decía. Pase lo que pase. Siempre.

Y mi hijo, desde algún lugar dentro de mí, respondía.

Lo sé, mamá. Lo sé.

Una tarde, mientras caminaba por los jardines con Ingrid, algo llamó mi atención.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije, deteniéndome junto al estanque.

—Por supuesto —dijo Ingrid, con una sonrisa.

—¿Cómo supiste que Alexander era diferente? —Pregunté—. ¿Cómo supiste que no era como su padre?

Ingrid me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, tomó mi mano.

—Lo supe cuando lo vi llorar —dijo—. Cuando era un niño. Tenía ocho años, y acababa de presenciar la masacre de la Luna Plateada. Su padre lo había llevado para que aprendiera. Para que viera cómo se trataba a los enemigos. Y Alexander... —Hizo una pausa—. Alexander volvió a casa y lloró. Durante horas. Durante días. No podía dormir. No podía comer. Estaba destrozado.

—¿Y eso te dijo algo? —Pregunté.

—Me dijo que no era un monstruo —dijo Ingrid—. Los monstruos no lloran. Los monstruos no sienten. Pero Alexander sentía. Sentía tanto que casi lo destruye. Y por eso supe que había esperanza. Por eso supe que, algún día, sería el hombre que es ahora.

—Gracias —susurré—. Por contarme eso.

—Gracias a ti —dijo Ingrid—. Por amarlo. Por salvarlo. Por darle un futuro.

Esa noche, mientras cenaba con toda la familia —Alexander, Kael, Freya, Ingrid, y los guerreros más leales—, algo cambió en el aire.

Un olor. Familiar. Peligroso.

Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado.

—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander, levantándose también.

—Alguien ha cruzado el perímetro —dije—. Alguien que no debería estar aquí.

—¿Quién? —Preguntó Kael, con la mano en la empuñadura de su espada.

—No lo sé —admití—. Pero está cerca. Muy cerca.

Salimos al patio, donde los guardias ya estaban en alerta. La noche era clara, iluminada por una luna casi llena que bañaba todo con una luz plateada. Y allí, en el centro del patio, de pie, inmóvil, había una figura.

Un hombre. Alto. Delgado. Con el cabello oscuro y los ojos negros como el carbón. Vestía un traje impecable, y en su mano sostenía un bastón con empuñadura de plata.

—Buenas noches —dijo, con una voz suave y peligrosa—. Me llamo Silas Blackwood. Y vengo a hablar con la Alfa de la Luna Plateada.

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Lisa Michi
me encanta 😊
Derlys Capurro
me encantó esta historia 😁
DOMENICA Capurro
excelente historia
Martha
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Lupe
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mimi
sube más capítulos porfa😭
Sury Lupita
me encanta el niñito
Sury Lupita
está interesante
laura123
podrías subir más capítulos, está super interesante
dana lopez
me encanta mucho esta novela , podrías subir más capítulos
Carola Ortiz Macías
me encantó ☺️
Carola Ortiz Macías
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Carola Ortiz Macías
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Carolina Gutiérrez
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Amelia Macias cruz
Me encanta /Smile/
Esther Capurro
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mimi
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Mamc
Excelente novela me encanta ☺️
Lupe
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Martha
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