Dante Herrera es el jefe de la mafia más temida de España: frío, implacable, dueño de todo lo que desea. Hasta que una emboscada lo deja al borde de la muerte y el destino lo arroja al último lugar donde alguien como él debería aparecer… el patio de un convento.
Quien lo encuentra medio muerto es Mary, una novicia de dieciocho años criada entre rezos, huérfana y entregada por completo a Dios. Ella jura salvarlo. Nunca imaginó que, al hacerlo, pondría en peligro lo único que creía intocable: su fe, sus votos y su propio corazón.
Él aprendió a sobrevivir en un mundo de sangre y traición. Ella aprendió a amar sin pedir nada a cambio. Entre ellos hay un abismo —el altar y el crimen, el cielo y el pecado— y una atracción que ninguno de los dos sabe cómo detener.
Pero los enemigos del pasado no olvidan, y una venganza silenciosa se acerca a la familia Herrera. Cuando la guerra estalle, Mary tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por un hombre que jamás debió amar.
NovelToon tiene autorización de Gizelly Ladislau para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 — Un Mafioso en el Convento
Entre la Nostalgia y la Esperanza
Mary Méndez:
Tres semanas.
Parecía poco cuando alguien lo decía en voz alta, pero para nosotras había sido una eternidad.
En apenas veintiún días, nuestras vidas cambiaron de una forma que jamás imaginé posible.
Las reuniones con la Madre Superiora y los responsables de la Iglesia llegaron a su fin. Nuestros votos habían sido oficialmente anulados y, por primera vez en muchos años, dejamos de ser hermanas para convertirnos en simples mujeres.
Mujeres comunes.
Todavía era raro despertar y no vestir el hábito.
Todavía era raro mirar mi reflejo y no ver a la joven que había entrado al convento años atrás.
La señora Consuelo estuvo a nuestro lado durante todo el proceso.
Cuidó cada detalle.
El día en que firmamos nuestros contratos de trabajo para desempeñarnos en el Hospital Infantil, entró en la sala sonriendo como una madre orgullosa.
—Ahora recibirán un pago por su trabajo. La independencia es algo maravilloso.
Recuerdo la emoción que sentí al sostener aquel contrato.
Mi primer empleo.
Mi primer salario.
Mi primera oportunidad de construir una vida distinta.
Pero aquello era apenas el comienzo.
Consuelo parecía decidida a presentarnos al mundo entero.
Nos llevó al centro comercial y sencillamente enloqueció.
Compró vestidos, pantalones, blusas, zapatos, bolsos, accesorios y perfumes.
Intentamos protestar.
Fracasamos miserablemente.
—Considérenlo una inversión —decía, colocándonos más bolsas en los brazos.
Natalia parecía una niña en un parque de diversiones.
Bárbara fingía indignación, pero se probaba todo a escondidas.
Graziela agradecía cada regalo con los ojos llorosos.
Y yo...
Yo me emocionaba al percibir el cariño de aquella mujer.
No solo nos estaba ayudando.
Nos estaba acogiendo.
Nos estaba dando una familia.
Después vinieron los salones de belleza.
Cabello.
Uñas.
Tratamientos.
Depilación.
Todo aquello que nunca había formado parte de nuestra rutina.
Pasábamos horas riéndonos unas de otras mientras aprendíamos sobre cremas, maquillaje y cuidado personal.
Fue raro.
Fue divertido.
Fue liberador.
Pero Consuelo todavía no estaba satisfecha.
Nos llevó a su gimnasio particular.
Y fue ahí donde empezó nuestro sufrimiento.
Los ejercicios aeróbicos casi me matan.
La musculación destruyó músculos que ni siquiera sabía que existían.
El crossfit parecía un castigo enviado directamente del cielo.
Natalia se quejaba sin parar.
Bárbara amenazaba con rendirse todos los días.
Graziela rezaba durante los ejercicios.
Y yo simplemente intentaba sobrevivir.
Pero la señora Consuelo se mantenía firme.
—Las mujeres fuertes deben saber cuidar el cuerpo y la mente.
Luego vinieron las clases de defensa personal.
Y después las clases de tiro.
Al principio quedé horrorizada.
Sostenía el arma como si fuera a explotar en mis manos.
Pero Consuelo insistía.
—El mundo no es gentil con las mujeres vulnerables.
Poco a poco fuimos aprendiendo.
Cayendo.
Equivocándonos.
Levantándonos.
Creciendo.
Hasta que llegó el día más esperado.
El inicio de la universidad.
Cada una eligió seguir sus sueños.
Cada una eligió construir su propio futuro.
Era imposible no sentir orgullo del camino que estábamos recorriendo.
Y aun así...
Nada era suficiente.
Nada llenaba aquel vacío.
Porque durante aquellas tres semanas ellos estuvieron lejos.
Muy lejos.
Trabajando.
Resolviendo asuntos de la familia Herrera.
Y su ausencia se había vuelto un dolor constante.
Un dolor silencioso.
Un dolor que ahogaba.
Yo extrañaba a Dante.
Extrañaba el sonido de su voz.
Su mirada intensa.
La manera en que me hacía sentir segura con solo estar cerca.
Por las noches me sorprendía mirando el celular.
Releyendo mensajes.
Observando fotografías.
Sintiendo una nostalgia tan fuerte que llegaba a doler físicamente.
Y no era la única.
Natalia suspiraba el día entero.
Graziela vivía distraída.
Y Bárbara...
La propia Bárbara, que vivía discutiendo con Giovanni, estaba distinta.
Más callada.
Más distante.
Más triste.
A veces la encontraba mirando a la nada.
Y sabía exactamente en quién estaba pensando.
Todas lo sabíamos.
La nostalgia nos había vencido.
Ya nadie lograba esconderla.
Los ojos hinchados por las malas noches.
Las ojeras.
Los suspiros constantes.
La tristeza que insistía en aparecer.
Hasta que, una tarde cualquiera, Consuelo entró en la sala sonriendo.
Una sonrisa misteriosa.
Una sonrisa peligrosa.
Conocíamos esa sonrisa.
Se sentó frente a nosotras y anunció:
—Faltan dos días para la inauguración oficial del Hospital Infantil.
Al instante nos entusiasmamos.
Pero ella continuó.
—Habrá un gran evento. Empresarios, médicos, autoridades... mucha gente importante.
Asentimos.
Hasta que agregó:
—Y por eso las quiero hermosas. Mañana tendremos un día entero de spa.
Natalia ya lo estaba celebrando.
Pero entonces vino la frase que hizo que nuestros corazones se detuvieran.
—Y mis hijos estarán ahí. Junto con mi esposo.
El silencio dominó la sala.
Un silencio breve.
Porque al segundo siguiente todas estábamos sonriendo.
Una sonrisa enorme.
Incontrolable.
Mi corazón se disparó.
Dante volvería.
Después de tres semanas.
Por fin volvería a verlo.
La expectativa se apoderó del ambiente.
Natalia prácticamente saltaba de felicidad.
Graziela lloraba discretamente.
Hasta Bárbara no consiguió esconder el brillo en los ojos.
Y por primera vez en muchos días, la tristeza desapareció.
La nostalgia seguía ahí.
Pero ahora venía acompañada de algo mucho más grande.
Esperanza.
Faltaban apenas dos días.
Dos días para reencontrarnos con los hombres que habían robado nuestros corazones.
Dos días para acabar con aquella distancia cruel.
Dos días para sentir de nuevo que estábamos completas.
Y esa noche, mientras me acostaba, me di cuenta de que estaba sonriendo.
Porque después de semanas interminables...
Por fin volvería a ver a Dante Herrera.