Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 24
El contraste entre la suite principal de la fortaleza del norte y la mansión de los Moretti no podía ser más absoluto. Mientras mi vida se había convertido en un reinado de poder indiscutible, lujos calculados y la protección absoluta del hombre más temido del país, el mundo de Mía se estaba desmoronando como un castillo de naipes construido sobre cieno.
Desde mi posición de poder, mantenía una red de vigilancia constante sobre cada movimiento de mis antiguos verdugos. Los informes financieros que llegaban a mi escritorio cada mañana eran una sinfonía de datos deliciosos: las cuentas bancarias de los Moretti estaban congeladas, las rutas de contrabando del puerto habían sido bloqueadas por los hombres de Alejandro, y los antiguos socios comerciales de Marcos huían despavoridos para evitar ser arrastrados por su inminente caída en desgracia.
Pero lo más divertido de todo no era la ruina económica, sino el infierno doméstico que Mía se había ganado a pulso.
Esa tarde, sentada en una de las salas de estar de la mansión de Marcos, Mía contemplaba su reflejo en el espejo de cuerpo entero con una expresión de profunda amargura. El vestido de diseñador que llevaba puesto ya no lucía radiante; estaba arrugado, y las joyas ostentosas que tanto había presumido antes de la boda habían comenzado a desaparecer una a una, vendidas en el mercado negro para pagar las deudas urgentes que el personal de servicio exigía.
—¡Esto es absurdo! ¡Me prometiste que íbamos a ser intocables! —gritó Mía con voz histérica, lanzando un florero de cristal contra la pared del pasillo y haciendo que se hiciera añicos en mil pedazos.
Marcos apareció por la puerta del despacho con el rostro demacrado, los ojos inyectados en sangre, la barba de tres días y una botella de whisky medio vacía en la mano. Ya no quedaba nada del líder prepotente y seguro de sí mismo que un día dictaba las reglas. Las presiones de los acreedores, el peso de la traición y la culpa corrosiva lo habían convertido en una piltrafa humana.
—¡Cierra la boca de una vez, Mía! —rugió Marcos con una voz ronca y desquiciada, tambaleándose ligeramente mientras avanzaba hacia ella—. ¡Tú fuiste la que exigió que cambiáramos los planes! ¡Tú fuiste la que lloró para que te diera el lugar de Elara, y ahora que estamos al borde de la bancarrota y con los asesinos de Alejandro respirándonos en la nuca, te atreves a reclamarme!
Mía se quedó de una pieza, con los ojos anegados en lágrimas de frustración y rabia. El cuento de hadas de la malvada madrastra que se queda con el botín se había convertido en una pesadilla de terror puro.
—¡Yo no sabía que eras un imbécil incapaz de retener un imperio! —le escupió Mía con desprecio, acercándose a empujarlo del pecho con sus uñas pintadas—. ¡Mira cómo vivimos! ¡No hay dinero, no hay servicio, y cada vez que salimos a la calle siento que nos van a disparar en la cabeza! ¡Elara se casó con el Don Alejandro! ¡Ella vive en un palacio, usa joyas de museo, es respetada por todos los capos, y yo estoy aquí aguantando tus borracheras en esta pocilga!
El nombre de Elara resonó en la habitación como una bofetada invisible.
Al escucharme nombrada con esa mezcla de envidia rabiosa y desesperación, Marcos sintió que una furia ciega le quemaba las entrañas. Con un movimiento brusco y desesperado, tiró la botella de whisky al suelo, haciendo que el líquido ámbar y los cristales salpicaran las alfombras, y se abalanzó sobre Mía, sujetándola con fuerza por los hombros mientras la estrellaba contra el respaldo del sofá.
—¡No vuelvas a pronunciar su nombre en esta maldita casa! —bramó Marcos con la respiración agitada, perdiendo el poco control que le quedaba—. ¡Por tu culpa la perdí! ¡Por tu codicia destruí lo único valioso que tenía! ¡Ella era mi esposa legítima, la mujer que me habría sostenido en la cima, y tú me convertiste en un fracasado!
—¡Suéltame, me estás lastimando! —chilló Mía, intentando zafarse a golpes de su agarre, mientras el terror y el arrepentimiento empezaban a devorarla por dentro.
Lo que siguió en la sala no fue un acto de amor, sino una explosión violenta de frustración contenida. Atrapados en su propia miseria, Marcos la empujó con brusquedad hacia las almohadas del sofá, despojándola de la ropa entre tirones toscos y palabras cargadas de reproches mutuos. La posesión fue fría, mecánica y desesperada; una cópula fea y sin alma donde ninguno de los dos encontró placer, sino el recordatorio constante de que habían destruido su propio mundo por puro egoísmo. Cuando Marcos se apartó de ella, la dejó tirada entre los cojines revueltos, sollozando en silencio con la cara enterrada en las manos, dándose cuenta demasiado tarde de que el trono que habían robado se había convertido en su propia tumba.
* * * A miles de kilómetros de distancia de esa escena patética, mi realidad era diametralmente opuesta.
En la gran alcoba principal de la fortaleza, la luz de la luna se filtraba a través de los ventanales blindados, iluminando las sábanas de seda donde mi cuerpo descansaba, completamente entregado al calor y la protección de Alejandro.
Él estaba apoyado sobre un codo, trazando con la yema de sus dedos ásperos la línea de mi hombro desnudo, mientras en su rostro se dibujaba una media sonrisa cargada de diversión oscura.
—Mis hombres en los distritos del sur acaban de enviar el reporte del atardecer, mi reina —murmuró Alejandro con su voz ronca y profunda, rozando sus labios contra mi cuello—. Parece que la pareja perfecta en la mansión Moretti acaba de tener otra de sus habituales crisis. Mía gritaba por los pasillos exigiendo lujos que ya no existen, y Marcos ha terminado de romper lo poco que quedaba de su cordura.
Me giré lentamente sobre las sábanas, encontrándome con la mirada azul e intensa de mi esposo. Una sonrisa fría y felina se curvó en mis labios.
—Déjalos que se destruyan entre ellos, Alejandro —le respondí con total serenidad, entrelazando mis dedos en su cabello oscuro y tirando de él hacia mí para besarlo con una pasión hambrienta y renovada—. Cada lágrima de Mía y cada segundo de desesperación de Marcos es solo el pago anticipado de la deuda que tienen con nosotros. Ya no me importan en lo más absoluto. Mi único imperio está aquí, contigo.
Alejandro soltó un gruñido gutural de aprobación, profundamente conmovido y posesivo ante mi entrega. Sus manos grandes y expertas se deslizaron por mi cintura con una urgencia febril, haciéndome arquear contra su cuerpo en un torbellino de caricias intensas y besos interminables que borraron cualquier eco del pasado. En sus brazos, la venganza dejó de ser un motor de odio para convertirse en la victoria definitiva de una reina que había reclamado su trono.