El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 20
Capítulo 20. No te muevas
El teléfono de Adrián sonó sobre la mesa.
Elena acababa de levantar la vista.
En la pantalla leyó una palabra.
«Amor».
Había pensado que ya no iba a afectarle. Pero llevaba demasiados años queriéndolo para que todo desapareciera en unas semanas.
Apartó los ojos.
Adrián vio su expresión y contestó de todos modos.
—¿Qué pasa?
Su voz había cambiado otra vez.
Lucía también lo notó.
—Papá, ¿es Marina?
—Sí.
La niña estuvo a punto de pedirle el teléfono.
Recordó que Elena estaba sentada frente a ellos y se quedó callada. Mateo dejó de hablar también.
Lucía frunció el ceño. Todo sería más fácil si mamá se llevara bien con Marina.
Adrián escuchó durante unos segundos. Su expresión se volvió preocupada.
Se levantó antes de terminar el desayuno.
Salió con prisa.
Lucía lo siguió con la mirada. Mateo miró el plato que su padre había dejado a medias.
Ninguno se atrevió a preguntar delante de Elena.
La niña dejó el tenedor.
—Ya terminé. Vamos, mamá.
Había comido muy poco.
Elena entendió por qué quería irse: en cuanto salieran, podría escribir a Marina para preguntar qué ocurría.
—Lleven algo para comer en el auto.
—No tengo hambre —dijo Lucía.
Mateo negó con la cabeza.
Elena no insistió.
***
En cuanto se sentaron atrás, Lucía abrió el chat de Marina.
Elena los vio por el espejo.
No hizo preguntas.
Llegó una respuesta: Marina estaba resfriada y tenía fiebre, pero decía que no era grave.
Su voz sonaba ronca en el mensaje de audio.
Lucía se preocupó todavía más.
«Vamos a verte cuando salgamos de la escuela».
Después miró a su madre.
Había pensado en pedirle que esa noche cenaran juntos. Quería volver a comer lo que ella preparaba.
Todavía no lo había dicho.
Eso le ahorraba tener que cancelar.
Mateo leyó la respuesta de Marina y se quedó pendiente del teléfono.
Cuando llegaron a la escuela, los niños abrazaron a Elena.
—Nos vemos, mamá —dijo Lucía.
—Adiós —respondió ella.
Entraron sin notar lo breve que había sido su despedida.
***
Poco después de llegar a la oficina, Elena supo que la reunión de las diez se había aplazado.
Adrián tenía un asunto urgente.
Ella sabía cuál.
Había ido a cuidar a Marina.
Elena siguió trabajando.
Cerca de las dos, Javier avisó que la reunión sería a las tres. También le pidió que preparara un café para Adrián.
Cuando él entró a la sala, Elena dejó de escribir por un segundo.
Había cambiado de ropa.
No llevaba la camisa de esa mañana.
Elena pensó en las horas que había pasado en casa de Marina. No sabía qué había ocurrido allí. Tal vez solo la había acompañado mientras descansaba.
Aun así, no pudo evitar imaginarlo cuidándola, pendiente de que se sintiera mejor.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando.
Adrián le devolvió una mirada fría. Parecía interpretar aquella atención como una de las insistencias de siempre.
Elena cerró la mano bajo la mesa.
Después volvió a sus notas.
***
Al terminar la reunión, Javier fue a su escritorio.
—La entrega está casi completa. No hace falta que regreses mañana.
Elena asintió.
—Está bien.
Iba a proponerlo ella misma cuando terminara lo último. Que Javier se lo dijera le ahorraba la conversación.
Él la miró, sorprendido.
—Tú...
Elena le ofreció la mano.
—Gracias por el apoyo durante estos años.
Javier se la estrechó.
—Con gusto.
Elena recogió sus cosas.
Dejó el escritorio listo para Natalia y se marchó.
Javier siguió mirando hacia la salida.
Sergio le tocó el hombro.
—¿Qué haces?
—Elena ya se fue.
—¿En serio?
También él se sorprendió. Después sonrió con ironía.
—Que se vaya hoy no significa que no regrese. Espera. Seguro encuentra la manera de que la señora Carmen la traiga de vuelta.
Javier no respondió.
Había visto cómo Elena entregaba cada tarea y cómo se despedía.
Le parecía que hablaba en serio.
***
Elena volvió a su departamento.
Durante los dos días siguientes, ninguno de los niños la llamó. Supuso que estaban pendientes de Marina.
La segunda noche, Valeria se enfermó.
Elena cerró el libro en cuanto supo que tenía fiebre. Tomó las llaves y salió.
Llevaba todo el día lloviendo. A esas horas la lluvia seguía golpeando los cristales.
Valeria vivía en una zona antigua de la ciudad. Había pocos autos y casi nadie caminaba por la calle.
Elena se detuvo en una farmacia cercana a su edificio para comprar lo que necesitaba.
Al volver al auto, cerró el paraguas y se sentó.
La puerta del copiloto se abrió.
Un hombre entró.
Elena se volvió y se encontró con el cañón de una pistola.
—No te muevas.
El hombre vestía de negro. Una mascarilla y la gorra, muy baja sobre la frente, le ocultaban el rostro.
Solo podía verle los ojos.
Elena levantó un poco las manos.
Él le quitó el bolso y el celular.
—No voy a hacerte daño. Llévame adonde te diga y después puedes irte.
Elena miró hacia afuera.
La calle estaba vacía. La farmacia quedaba demasiado lejos.
—Arranca —ordenó él.
Entonces notó el olor a sangre.
Venía de su acompañante.
Elena encendió el motor.
—¿Adónde?
—Al embarcadero de Las Garzas. Sigue derecho. Te voy indicando.
El embarcadero estaba en la zona de canales del sur de la ciudad.
—Conozco el camino.
Salió de la calle y empezó a conducir.
El hombre guardó silencio.
La pistola seguía apuntándole.
***
Durante cerca de media hora, Elena condujo sin equivocarse.
No hizo movimientos bruscos ni dejó que el auto se desviara. Respondía cuando él hablaba y volvía a concentrarse en el camino.
El hombre la observó.
Al principio solo había visto a una conductora a la que podía obligar a llevarlo. Ahora se fijaba en la calma con la que miraba los cruces y tomaba cada giro.
Elena no reparó en su atención.
El olor a sangre se había vuelto más intenso.
—Detente junto al árbol —dijo él al llegar.
Elena estacionó.
Cuando abrió la puerta para bajar, el hombre dejó el bolso y el celular. No apartó la pistola.
Elena recuperó sus cosas y buscó dentro.
—Tengo algo para las heridas.
El hombre se detuvo un instante.
No aceptó.
Bajó del auto y desapareció entre la oscuridad y la lluvia.
Elena no insistió.
Dio la vuelta y se alejó.
***
Minutos después, el hombre subió a la embarcación que lo esperaba.
Se quitó la gorra y la mascarilla.
Su teléfono sonó mientras alguien se acercaba para atenderle la herida.
—Sebastián, ¿estás bien? —preguntó Ricardo en cuanto contestó—. Los que mandé no te encontraron. ¿Dónde estás?
—Hubo un imprevisto. Ya llegué al embarcadero.
—Menos mal. ¿Qué pasó? Me tenías preocupado.
Hablaron unos minutos más.
Después de colgar, Sebastián miró hacia el árbol donde había quedado el auto.
Recordó a la mujer al volante y la calma con la que había hablado.
***
Ella llegó al departamento de Valeria media hora después.
La ayudó a acomodarse y le llevó lo que había comprado. Valeria comió un poco de sopa y, cuando empezó a sentirse mejor, frunció el ceño.
—¿Ese olor es sangre? Elena, ¿te lastimaste?
—No.
El hombre había manchado el bolso y el celular al quitárselos.
Elena los había limpiado antes de subir.
Por lo visto, no lo suficiente.