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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:449
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El eco de la madrugada

El cuerpo de Liam se convulsionó por completo bajo mi mano. El leve bandazo del auto en la carretera oscura fue la única advertencia antes de que clavara los frenos con una violencia brutal. El vehículo derrapó unos metros sobre el asfalto antes de detenerse por completo en un tramo solitario de la vía, sin luces, rodeados únicamente por la oscuridad de la noche y el sonido de nuestras respiraciones aceleradas.

Antes de que pudiera parpadear, Liam se giró hacia mí con una furia salvaje en los ojos.

La fachada de autocontrol, la falsa dignidad, la promesa de esperar al lugar perfecto... todo se desintegró en milisegundos. Su mano grande se cerró con fuerza alrededor de mi nuca, atrapándome sin darle opción a mis defensas, y me estrelló contra su boca en un beso que no tenía nada de tierno. Era hambriento, posesivo, casi violento, cargado de toda la frustración y la abstinencia acumulada de semanas enteras.

-Me estás empujando al abismo, Zoé... y juro que te vas a caer conmigo -gruñó contra mis labios con la voz ronca, destrozada.

Sus manos se movieron con desesperación. Con un tirón seco, desabrochó y bajó los tirantes de mi vestido, dejando mis pechos completamente al descubierto bajo la luz tenue que se filtraba por el parabrisas. Liam soltó un jadeo áspero cuando sus ojos oscuros devoraron mi piel. Sin pensarlo un segundo más, inclinó la cabeza y atrapó mi pezón directamente entre sus labios, succionándolo con una fuerza tal que un grito ahogado y tembloroso se escapó de mi garganta.

El placer me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica, arqueando mi espalda de forma involuntaria contra la consola central del auto. Mis dedos se enterraron con fuerza en su cabello negro, tirando de él, pegándolo aún más a mi pecho, mientras su otra mano se deslizaba con urgencia por debajo de la tela de mi ropa interior, encontrando mi vagina y metiendo un dedo dentro de mí sin preámbulos.

Gemi su nombre contra su boca, perdiendo la cabeza por completo al sentir cómo me penetraba con firmeza mientras su boca seguía devorando mi piel. El espacio reducido del auto, la incomodidad de los asientos y el peligro de estar a mitad de la calle solo hacían que el pecado se sintiera diez veces más delicioso, más sucio, más prohibido.

-Ábreme las piernas, Zoé. Quiero sentirte entera -ordenó su voz en un susurro pervertido y áspero que me hizo perder el último rastro de cordura.

Obedecí sin dudarlo, abriendo las piernas y acomodándome sobre su regazo mientras él se bajaba la bragueta con torpeza. El calor de su miembro rozó mi entrada, y en cuanto empujó hacia adentro, llenándome por completo de un solo golpe seco, los dos soltamos un gemido ronco que hizo temblar los vidrios del auto.

Empezó a moverse con embestidas duras, profundas y sin compasión, marcando un ritmo salvaje que me arrancaba susurros rotos y súplicas contra su boca. Cada fricción era una descarga de fuego puro; su mano grande apretando mi cadera con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas oscuras mañana, y su miembro ensanchándose dentro de mí hasta rozar exactamente el punto exacto que me hacía ver estrellas.

-Mírame... mírame a mí -me exigió con los ojos negros dilatados por el deseo, mientras aceleraba el ritmo, llevándonos al borde de un precipicio del que ninguno de los dos quería regresar-. Eres mía, Zoé. Solo mía.

El orgasmo me golpeó de repente, violento y cegador, haciendo que mis paredes internas se contrajeran con fuerza alrededor de él. Su nombre se convirtió en un grito ahogado contra su hombro mientras el cuerpo me temblaba de punta a punta. Al verme caer, Liam soltó un gruñido gutural, dio un par de embestidas más profundas y desesperadas antes de venirse dentro de mí con una fuerza abrasadora, derramándose caliente mientras se aferraba a mi cintura como si su vida dependiera de ello.

El temblor del orgasmo todavía me recorría las piernas, y mis pulmones intentaban desesperadamente capturar algo de aire mientras mi cuerpo se derretía contra su pecho. Mis músculos internos aún se contraían de manera involuntaria, palpitando alrededor de él con cada latido desbocado de mi corazón.

Pero Liam no tenía la más mínima intención de darme tregua.

Antes de que pudiera recuperar el aliento o siquiera parpadear, sus manos se cerraron con una fuerza brutal y posesiva alrededor de mis caderas. Aprovechando que todavía seguía enterrado dentro de mí, con mi cuerpo supersensible y las paredes de mi vagina latiendo con los espasmos del clímax, Liam me levantó ligeramente en el aire y me volvió a estrellar contra su miembro con un empuje seco, profundo y devastador.

-No has terminado, Zoé... ni de broma creas que te voy a dejar respirar -gruñó su voz, ronca y cargada de una voracidad insaciable, vibrando directamente contra mi oído.

Un grito ahogado y tembloroso se me escapó de la garganta. La fricción repentina sobre la piel ultrasensible hizo que viera estrellas, transformando la resaca del orgasmo en una nueva y desesperada ola de calor que me quemó las entrañas.

Me agarró de la nuca con los dedos hundidos en mi cabello, obligándome a arquear la espalda mientras su cuerpo se convertía en una máquina de pura destrucción. Las embestidas que siguieron no tuvieron nada que ver con las primeras; fueron más duras, más rápidas, con una ferocidad calculada que me arrancaba gemidos rotos y súplicas incoherentes contra su cuello.

Su otra mano se deslizó con rudeza por mi muslo, apretando la carne con la marca inconfundible de la posesión, abriéndome todavía más para recibirlo por completo, sin dejar un solo rincón de mi cuerpo sin reclamar. Cada vez que empujaba hacia arriba, su ingalle chocaba contra la mía con un sonido húmedo y pesado que retumbaba en el silencio de la noche y en la estrechez del auto.

-Mírame, carajo -me ordenó de nuevo, con los ojos oscuros completamente negros, fijos en los míos con una intensidad que rozaba la locura-. ¿De quién eres? Dilo.

-Tuya... ¡joder, Liam, tuya! -le grité al borde de las lágrimas, perdiendo la poca cordura que me quedaba mientras el segundo orgasmo, mucho más violento e intenso que el primero, me atravesaba como un rayo.

Al escuchar mi confesión, Liam soltó un rugido gutural, una mezcla de triunfo y desesperación salvaje. Me dio tres embestidas más profundas, brutales y sin compasión, llevándome al límite absoluto antes de arquear la espalda y venirse una vez más dentro de mí con tanta fuerza que sentí cómo todo su cuerpo se convulsionaba, derramando su calor mientras se aferraba a mi cintura como si quisiera fundirse conmigo para siempre.

Quedamos congelados en la penumbra del auto, respirando de manera caótica, con nuestras frentes juntas, sudorosos y completamente destruidos por el fuego que acabábamos de encender.

Quedamos congelados en la penumbra del auto, respirando de manera caótica, con nuestras frentes juntas, sudorosos y completamente destruidos por el fuego que acabábamos de encender. El silencio de la madrugada nos envolvía, roto únicamente por el zumbido lejano de la carretera y el golpeteo frenético de nuestros corazones contra las costillas.

Pensé que, con eso, el límite por fin se había roto y que nos quedaríamos ahí, recuperando el aliento. Pero con Liam Black, la lógica y las treguas simplemente no existían.

Pasaron los minutos. El sudor comenzó a enfriarse sobre nuestra piel, pero la conexión física seguía intacta, porque él se negaba a salir de mí. Su miembro seguía caliente y firme en mi interior, adaptándose a cada uno de mis latidos, recordándome que no pensaba soltarme.

-Esto no se acaba porque tú o yo digamos basta, Zoé -susurró su voz, ronca y áspera, rompiendo el silencio como un decreto inquebrantable.

Sin darle tiempo a procesar sus palabras, comenzó a moverse otra vez. No fue una embestida rápida ni desesperada; fue un supplice lento, una tortura deliberada y calculada para alargarnos la existencia. Deslizó sus manos grandes desde mi cintura hasta la base de mi columna, recorriendo cada vértebra con una lentitud exasperante mientras giraba las caderas en un círculo perfecto que me hizo soltar un gemido ahogado contra su hombro.

La fricción constante, milímetro a milímetro, hizo que el calor volviera a concentrarse en mi vientre de forma abrasadora. Me agarró de los muslos, abriéndome todavía más sobre su regazo, y comenzó a entrar y salir de mí con compases largos y profundos. Me miraba fijamente a los ojos, sin parpadear, absorbiendo cada gesto de mi rostro, cada contracción involuntaria de mis labios, disfrutando del poder que tenía sobre mí y de cómo mi cuerpo se rendía una y otra vez a su merced.

El tiempo pareció detenerse en ese callejón sin salida de la carretera. Las manecillas del reloj avanzaron mientras el auto se mecía al ritmo de nuestros cuerpos. Cambiamos de ángulos, me obligó a recostarme contra la ventanilla empañada para entrarme desde otro costado, marcando mi piel con mordiscos suaves pero firmes en el hombro y la clavícula, dejando claro que cada centímetro de mí le pertenecía.

Entre risas cortadas por el agotamiento, besos con sabor a sudor y tabaco, y miradas cargadas de una intensidad que rozaba la locura, pasamos horas atrapados en esa burbuja. Cada vez que creía que ya no me quedaban fuerzas, que el cuerpo se me iba a desarmar por el cansancio, Liam encontraba la forma de encender otra chispa, de llevarme al borde del precipicio y obligarme a saltar de nuevo con él.

Cuando por fin la madrugada comenzó a ceder y los primeros rayos de luz pálida empezaron a filtrarse por el horizonte, el auto seguía detenido en el mismo lugar solitario. Estábamos completamente agotados, con la ropa desordenada, el cabello revuelto y el cuerpo cubierto de una capa de sudor y marcas de guerra.

Liam se quedó recostado contra el asiento del conductor, con una mano enredada en mi cabello y la otra apoyada firmemente en mi cadera, mientras yo descansaba la cabeza sobre su pecho, escuchando el golpeteo acompasado de su corazón. Ninguno de los dos se atrevía a pronunciar una sola palabra, porque sabíamos perfectamente que cruzar esta línea significaba que ya no había vuelta atrás.

Los primeros destellos de un amanecer pálido y grisáceo comenzaron a teñir el horizonte, colándose a través de las ventanillas empañadas del auto. El silencio que nos rodeaba ya no era el de la tensión y la furia, sino el de un agotamiento profundo, absoluto, de dos personas que se habían consumido hasta la última gota de energía.

Liam exhaló un suspiro largo, apoyando la frente brevemente contra la mia antes de moverse con cautela. Con cuidado, salió de mi interior, un vaciamiento que me dejó un escalofrío de frío repentino en la piel. Me ayudó a acomodarme el vestido, a subirme los tirantes y a ordenar un poco el desastre de cabello y ropa con el que habíamos terminado.

Ninguno de los dos dijo nada. Las palabras sobraban cuando el aire todavía sabía a tabaco, sudor y a la culpa inconfundible de lo que acabábamos de hacer.

Liam se acomodó en su asiento, encendió el motor del auto -que ronroneó suavemente rompiendo el silencio de la madrugada- y puso en marcha el vehículo de regreso hacia el vecindario. La ciudad seguía dormida, y el trayecto transcurrió bajo una burbuja de electricidad contenida. Ninguno se atrevía a mirar al otro demasiado fijo, pero sabíamos que todo había cambiado para siempre. El juego de odiarnos a medias y fingir indiferencia acababa de estallar en mil pedazos.

Cuando por fin estacionó el auto a media cuadra de mi casa, ocultándose en las sombras de los árboles para no levantar sospechas con los vecinos ni con la familia, el motor se apagó.

Me quedé mirando un segundo hacia la puerta del copiloto, con la mano en la manilla, sintiendo los músculos pesados y adoloridos de la mejor manera posible. Antes de que pudiera abrir, la mano grande de Liam se posó sobre mi muñeca, deteniéndome con una suavidad extraña pero firme.

Me volví para mirarlo. Tenía los ojos oscuros fijos en los míos, cargados de una seriedad que pocas veces le veía.

-Mañana en la cena familiar de los domingos... ni una sola palabra de esto, Zoé -me advirtió en un susurro ronco, aunque una comisura de sus labios se curvó en una media sonrisa peligrosa y cómplice-. Comportarte.

Solté una risa corta, sintiendo el calor subirme de nuevo a las mejillas a pesar del cansancio.

-Guárdate tus advertencias para ti, Black -le reté con la mirada, abriendo la puerta y bajando del auto antes de darle la oportunidad de replicar.

Caminé de puntillas hasta la entrada de mi casa, abriendo la puerta con el corazón latiéndome a mil por hora, sabiendo perfectamente que el verdadero reto no iba a ser sobrevivir a la noche, sino sentarme a la mesa con él al día siguiente sin delatar el infierno que acabábamos de encender.

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