Una joven que sufrió la violencia y la humillación pública más desgarradora regresa irreconocible al lugar de su pesadilla, convertida en alguien que ya no tiene miedo y viene por lo que le pertenece.
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CAPÍTULO 15 — NO ERA SOLO FIEBRE
“Pensé que solo necesitaba descansar… hasta que escuché una palabra que hizo que el miedo se apoderara de mí.”
Esa noche no podía dormir. La fiebre seguía y me sentía cada vez más débil. Intenté acomodarme varias veces, pero de repente sentí un dolor fuerte en el abdomen. Al principio pensé que podía pasar, así que me quedé quieta esperando que desapareciera, pero cada minuto parecía sentirse peor. —Mamá… —la llamé bajito. Ella entró rápidamente a mi habitación y se acercó preocupada. —¿Qué pasa, hija? —Me duele mucho la guatita —le respondí, mientras intentaba encontrar una posición que me hiciera sentir mejor.
Mi papá entró al escucharme y ambos comenzaron a preocuparse. —¿Dónde te duele? —preguntó él. Le indiqué la zona y mi mamá me miró con una expresión que nunca había visto en ella. —Nos vamos a urgencias —dijo mi papá. —¿Ahora? —pregunté, asustada. —Sí, mi amor. No vamos a esperar. En ese momento Mateo apareció en la puerta. —¿Qué pasó? —Le aumentó mucho el dolor —respondió mamá. Mateo se acercó inmediatamente. —¿Te duele mucho, hermanita? —Sí… bastante. —Entonces vamos, yo voy con ustedes.
Todo ocurrió muy rápido. Mis papás prepararon algunas cosas y yo trataba de mantenerme tranquila, aunque por dentro estaba asustada. Durante el camino, mamá no dejaba de preguntarme cómo me sentía y papá manejaba completamente concentrado. Mateo iba pendiente de mí, intentando distraerme para que no pensara tanto en el dolor. Yo solo quería llegar y saber qué estaba pasando.
Cuando llegamos, me atendieron rápidamente. Me hicieron preguntas, me revisaron y después comenzaron a realizarme algunos exámenes. Yo miraba constantemente a mis papás. —Mamá, ¿qué crees que tengo? —le pregunté. Ella me acarició el cabello. —No sabemos todavía, mi niña. Esperemos que los médicos nos digan. Después de un rato, un médico volvió y habló con mis papás. Yo escuchaba atentamente hasta que mencionó que, por los síntomas, inicialmente podían pensar en un problema de apéndice, pero que los resultados mostraban algo diferente.
—¿Entonces qué tiene? —preguntó mi mamá, cada vez más nerviosa. El médico explicó que se trataba de una peritonitis y que necesitaba atención inmediata. Sentí que me quedaba en silencio. La palabra me asustó. Miré a mi mamá y pude notar que estaba tratando de ser fuerte delante de mí.
—¿Qué tienen que hacer? —preguntó mi papá. El médico les explicó que debían intervenirme y que no podían esperar demasiado.
Sentí que el miedo me recorría por completo.
—¿Me van a operar? —pregunté.
Mi mamá me tomó la mano con fuerza.
—Sí, mi amor, pero nosotros vamos a estar aquí.
Mateo se acercó y me miró intentando sonreír.
—Todo va a salir bien, prima.
Entonces escuché que tenían que llevarme a pabellón. De repente todo se volvió más real. Me prepararon mientras mis papás seguían a mi lado hasta donde podían acompañarme. Yo miraba sus rostros y trataba de no llorar.
Antes de entrar, mamá se acercó y me dio un beso.
—Te esperamos aquí, mi niña.
Papá también me abrazó.
Mateo fue el último en acercarse.
—Cuando despiertes, voy a estar aquí.
Asentí, intentando ser fuerte.
Las puertas comenzaron a cerrarse y por primera vez aquella noche entendí que ya no era una simple enfermedad.
Me estaban llevando a pabellón.