Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 15
Capítulo 15
¿Morderme de vuelta?
Lo dije y enseguida quise tragármelo.
Dante bajó la mirada a mi boca.
Mis labios seguían calientes por sus besos. Me ardían un poco, sobre todo donde él había mordido más. De pronto fui demasiado consciente de cómo se veían.
Más rojos.
Más hinchados.
Más suyos.
Dante apartó la vista.
—No hace falta.
Parpadeé.
¿Tan difícil era contentarlo?
—Entonces, ¿qué quieres para no estar molesto?
—¿Dónde viste que estoy molesto?
—En tu cara.
—Mi cara siempre es así.
—Hoy se ve más... fría.
Dante guardó silencio.
El elevador seguía bajando.
Yo empecé a arrepentirme de cada palabra.
—No estoy molesto —dijo al fin.
—Está bien.
—Sólo creo que, cuando estamos frente a otras personas, no hace falta que parezcamos desconocidos.
Lo miré.
—¿Por lo de afuera?
—Ibas tres pasos detrás de mí.
—No conté los pasos.
—Yo sí.
Ay.
Eso me hizo sentir peor que un regaño.
—No lo hice a propósito —dije—. Todavía me cuesta acostumbrarme.
Besarlo, dormir con él, sentarme sobre sus piernas, salir de su oficina con la boca hecha un desastre.
Todo eso me costaba.
Muchísimo.
—Entiendo —dije—. Cuando estemos juntos, tengo que actuar más como esposa.
Dante no contestó enseguida.
—No dije actuar.
Las puertas del elevador se abrieron.
No le di tiempo de explicar.
Tomé su brazo.
Me pegué a él lo justo para que pareciera natural y no como si estuviera usando un tutorial de internet sobre matrimonios arreglados.
—¿Así está bien?
Dante bajó la mirada a mi mano en su brazo.
—Sí.
Salimos del edificio así.
Yo, fingiendo normalidad.
Él, demasiado quieto.
Fuimos a la agencia.
Elegir la Maserati fue más fácil que entender a Dante. El vendedor sonreía como si acabara de encontrar petróleo bajo el piso. Yo llené formularios, elegí color y escuché palabras como pedido especial, configuración y entrega estimada.
—Tardaría varios meses —dijo el vendedor.
Se me cayó un poco la emoción.
—¿Meses?
Dante revisó los papeles.
—Dos, tal vez menos.
El vendedor enderezó la espalda.
—Con la gestión del señor Montalvo, sí, podríamos acelerar el proceso.
Poder de dinero.
Qué cosa tan práctica.
—¿Y mientras tanto? —pregunté—. ¿Cambio por otro que tengan aquí?
—No —dijo Dante—. Si ése es el que quieres, ése será. Mientras llega, usa cualquiera de la casa.
Lo dijo como si me estuviera prestando un suéter.
Yo asentí.
—Está bien.
Mientras llenaba los datos finales, escuché una voz detrás.
—¿Ximena?
Me giré.
Un hombre de camisa blanca y lentes me miraba con una sonrisa amable.
Tardé dos segundos en ubicarlo.
—¿Iván?
—Pensé que no ibas a acordarte.
—Claro que sí. Fuiste mi jefe de grupo en prepa.
Iván sonrió, un poco tímido.
Se veía más alto. Más serio. Menos niño aplicado y más hombre que ya sabe pagar sus propias cuentas.
—Tú estás muy diferente —dijo—. Más guapa.
Me reí por educación.
—Tú también. Más formal.
—Vine por mi coche. Lo compré el mes pasado.
—Felicidades.
Hablamos un poco de la preparatoria, de compañeros que ya ni recordaba y de cómo el tiempo hacía trampa.
No fue nada importante.
Al menos para mí.
Dante levantó la vista desde el sofá.
Ximena sonreía.
No esa sonrisa nerviosa que usaba con él. Una sonrisa fácil, ligera, como si ese hombre le recordara una parte de su vida donde Dante no existía.
El hombre se acercó un poco y sacó el celular.
—Tengo que irme, pero pásame tu WhatsApp. Luego nos ponemos al día.
No supe cómo decir que no sin verme grosera.
Además, no había razón real para negarme.
Escaneé su código.
—Listo.
—Me dio gusto verte.
—Igual.
Iván se fue.
Yo todavía guardaba el celular cuando sentí a Dante detrás.
No hizo ruido.
Ese hombre aparecía como sombra cara.
—¿Quién era?
Me sobresalté.
—Un compañero de prepa. Iván. Era jefe de grupo.
—¿Cercanos?
—Normal. Era buena onda. Me ayudó varias veces con tareas y cosas de la escuela.
—Ah.
Ese “ah” no sonó a nada bueno.
—¿Qué?
—Nada. ¿Terminaste?
—Sí.
—Vamos.
Dante se dio la vuelta.
Ni me esperó.
Qué hombre.
En el coche, yo seguía feliz por la Maserati. Le escribí a Sofía apenas me senté.
Ya está. La pedimos.
Sofía respondió con un sticker dramático de alguien abrazando una pierna.
Amiga, cúbreme con tu riqueza.
Le contesté:
¿Qué talla de cobertura quieres?
Sofía:
Grosera. Ya me pusiste amarilla de pena.
Solté una risa.
Dante iba a mi lado, callado.
Más callado de lo normal.
Tosió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Ximena.
Uy.
Nombre completo mental. Peligro.
—Sí.
—Estamos casados.
—Eso lo sé.
—Aunque haya sido un acuerdo entre familias y aunque no haya sentimientos, la fidelidad sigue siendo básica.
Me quedé mirándolo.
—¿Perdón?
—Hablar con otro hombre frente a mí, reírte, agregarlo a WhatsApp y seguir con el celular en la mano...
Abrí los ojos.
—No estoy hablando con Iván.
—Lo acabas de agregar.
—Sí, pero no le estoy escribiendo.
—¿Entonces con quién?
—Con Sofía.
Dante no pareció convencido.
Me dio coraje.
Y vergüenza.
Un poco de las dos.
—Mira.
Le enseñé el chat.
Error número dos del día.
Justo cuando le acerqué el celular, entraron dos mensajes nuevos.
Sofía:
Si el señor serio ya te compró una Maserati, mínimo devuélvele el detalle.
Sofía:
Ponte algo sexy esta noche. O sal del baño mojada, con cara de inocente. Haz patria.
Dante leyó.
Yo leí.
El señor Ramírez, por fortuna, no.
Me arrebaté el celular a mí misma y lo escondí detrás de la espalda.
—Era Sofía.
Mi cara estaba ardiendo.
Dante se quedó muy quieto.
Demasiado.
—Ya vi.
—No le hagas caso. Ella habla pura tontería.
—Claro.
—¡Es verdad!
—Te creo.
No sonó como que me creyera.
Me bajé un poco en el asiento.
—El punto es que no estaba hablando con ningún hombre.
Dante miró hacia la ventana.
—Me equivoqué.
Eso me sorprendió.
—¿Qué?
—Te malinterpreté. Perdón.
Su disculpa fue seca, pero real.
—Está bien.
—Aun así, mantén distancia con los hombres que intenten acercarse.
—Iván no intentó nada.
—Mantén distancia.
Me mordí la lengua.
—Está bien.
El resto del camino fue silencioso.
Después de tanta tensión, me ganó el cansancio.
Ni siquiera me di cuenta de cuándo cerré los ojos.
Mi cabeza cayó sobre su hombro.
Dante bajó la vista.
Ximena dormía.
Ya no tenía esa expresión alerta de cuando intentaba defenderse de todo. Dormida parecía más joven. Más suave.
El cabello le rozaba la mejilla. Las pestañas le hacían sombra sobre la piel. Los labios seguían un poco hinchados por los besos de la oficina.
Dante se quedó mirando demasiado.
Luego acomodó el hombro para que ella no se resbalara.
El perfume de Ximena era tenue. Crema, fresa y algo limpio.
Dante miró al frente.
No dijo nada.
Pero no se movió en todo el camino.
Cuando llegaron a casa, Ximena seguía dormida.
El señor Ramírez apagó el motor.
—Señor...
Dante levantó una mano.
—No la despiertes.
Bajó primero, rodeó el coche y abrió la puerta del lado de Ximena.
La cargó con cuidado.
Una mano bajo su espalda.
La otra bajo sus piernas.
Ximena murmuró algo dormida y escondió la cara contra su pecho.
Dante se quedó quieto un segundo.
Después entró a la casa.
Doña Rosa apareció desde la cocina.
—Señor Dante, ¿van a...?
Dante llevó un dedo a sus labios.
Doña Rosa vio a Ximena dormida y sonrió.
Se apartó sin hacer ruido.
Dante subió las escaleras despacio.
La dejó en la cama y le quitó los zapatos.
No la despertó.
Yo desperté con hambre.
Hambre seria.
De esas que no preguntan, exigen.
Abrí los ojos y tardé en entender dónde estaba.
Mi recámara.
La cama.
Oscuridad.
Me incorporé.
Lo último que recordaba era el coche, el silencio incómodo y el hombro de Dante demasiado cerca.
¿Me había dormido sobre él?
¿Me había cargado?
No.
Sí.
Ay, no.
Miré la hora. Más de las nueve.
No había cenado.
Me puse los zapatos y salí al pasillo para buscar la cocina.
La casa estaba oscura.
Demasiado oscura.
—¿Dante?
Nada.
Tragué saliva.
—¿Dante?
Mi voz sonó más fuerte y aun así nadie contestó.
No me gustaba esa casa cuando estaba en silencio. Era grande, elegante y perfecta para imaginar cosas estúpidas.
Respira, Ximena.
No pasa nada.
Di un paso hacia las escaleras.
Una voz grave sonó detrás de mí.
—¿Qué haces?
Grité.