¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: La culpa también duerme
Adrián llegó al hospital cuando el cielo comenzaba a aclarar.
Había conducido despacio, como si prolongar el trayecto pudiera retrasar el momento de enfrentar su propia vida. La ciudad despertaba poco a poco: los comercios levantaban sus santamarías, los autobuses comenzaban a circular y las personas caminaban con prisa, ajenas a la culpa que él llevaba sentada en el pecho.
Antes de entrar a la habitación de Elena, se detuvo frente a una ventana.
Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre que parecía el mismo de siempre. El traje estaba arrugado, tenía el cabello desordenado y la camisa abierta en el cuello. Pero algo había cambiado en sus ojos.
Ya no podía fingir que la noche no había ocurrido.
Valeria existía.
Existía su voz, su piel pálida, sus labios rojos y la forma en que lo había mirado después de entregarse a él. También existía el cabello largo color miel que había ocultado bajo la peluca roja, como si guardara una parte verdadera de sí misma para alguien que todavía no conocía.
Adrián cerró los ojos.
—No puedes volver a verla —se dijo.
Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que era mentira.
Entró a la habitación.
Elena estaba despierta, sentada junto a la ventana con una taza de té entre las manos. La luz de la mañana iluminaba su rostro delgado.
—Llegaste temprano —dijo.
Adrián dejó el abrigo sobre una silla.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
Él se acercó y besó su frente. Elena lo estudió con atención.
—Hueles diferente.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Diferente?
—A lluvia. A humo. A una habitación que no conozco.
Él intentó sonreír.
—Estuve conduciendo.
Elena sostuvo la taza entre sus manos.
—¿Toda la noche?
Adrián no respondió.
No era una mentira completa. Había conducido. Solo había omitido el lugar donde se detuvo y la mujer que lo acompañó.
Elena apartó la mirada hacia la ventana.
—No quiero interrogarte.
—No me estás interrogando.
—Sí lo hago. Es lo único que todavía puedo controlar.
Adrián sintió que la culpa le quemaba la garganta.
Se sentó junto a ella y tomó su mano. La piel de Elena estaba fría.
—¿Cómo te sientes?
—Como una mujer enferma a la que todos intentan convencer de que se siente bien.
—Elena…
—No voy a morir hoy, Adrián.
Él bajó la cabeza.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque te duele escucharlo o porque te recuerda que algún día tendrás que continuar sin mí?
La pregunta quedó suspendida entre los dos.
Adrián pensó en Valeria.
En la habitación del hotel.
En el amanecer entrando por las cortinas.
Se sintió indigno de tocar la mano de Elena, pero no la soltó.
—No sé cómo continuar —confesó.
—Todavía no tienes que hacerlo.
—¿Y si nunca aprendo?
—Aprenderás.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Elena lo miró con una ternura agotada.
—Porque siempre has sido más fuerte de lo que crees. Aunque a veces confundas la fuerza con esconderte.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
Elena llevó su mano hasta sus labios y la besó.
—¿Estuviste con alguien?
La pregunta fue tan suave que resultó más dolorosa.
Adrián levantó los ojos.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque ya no me miras igual.
—Te amo.
—No te pregunté eso.
Él permaneció en silencio.
Elena no insistió. Solo dejó caer su mano sobre la sábana.
—Cuando llegue el momento —dijo—, no quiero que nuestros hijos tengan que cuidarte a ti también.
Adrián miró hacia la puerta.
Pensó en Mateo, sentado en las escaleras, observándolo como si pudiera descubrir la verdad con solo mirarlo. Pensó en Nicolás, siempre pendiente de las medicinas de su madre. Sus hijos no merecían un padre dividido entre la culpa y el deseo.
Pero tampoco sabía cómo regresar a ser el hombre que había sido antes de conocer a Valeria.
Al mediodía, volvió a casa para cambiarse.
Mateo estaba en la cocina preparando café. Nicolás hacía sus tareas en la mesa, aunque llevaba varios minutos mirando la misma página.
—Mamá está estable —dijo Adrián.
—¿Eso significa que está mejor? —preguntó Nicolás.
Adrián se quedó quieto.
—Significa que hoy está tranquila.
Mateo apoyó la taza sobre la encimera.
—¿Y tú dónde estuviste anoche?
La pregunta volvió a repetirse.
Adrián observó a sus hijos. Dos muchachos que necesitaban respuestas y un padre que apenas podía soportar las suyas.
—Salí a conducir.
—¿Solo? —preguntó Mateo.
—Sí.
Mateo soltó una risa breve.
—Últimamente siempre estás solo.
Adrián quiso acercarse, pero su hijo retrocedió.
—No tienes que explicarnos todo —dijo Mateo—. Solo no nos mientas cuando se trate de mamá.
Aquellas palabras fueron peores que cualquier acusación.
Adrián se quedó mirando la puerta de la cocina.
En el bolsillo de su pantalón encontró un pequeño detalle que no recordaba haber guardado: una hebra de cabello color miel, atrapada en el puño de su camisa.
La sostuvo entre los dedos.
Y comprendió que, aunque había regresado a su casa, una parte de él seguía en aquella habitación de hotel.
Con Valeria.