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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 La propuesta de Santoro

Amelia salió del Grupo Llorente con la sensación de haber dejado atrás una vida que todavía no sabía cómo despedir. No llevaba cajas, ni fotografías, ni recuerdos bajo el brazo. Solo su bolso, el teléfono y una carpeta que ya no tenía ninguna utilidad. Había pasado siete años entrando por aquellas puertas convencida de que pertenecía allí. Ahora, mientras bajaba los escalones de la entrada principal, nadie intentó detenerla.

El cielo estaba cubierto de nubes y una brisa fresca cruzó la avenida. Amelia se detuvo en la acera y miró hacia arriba. Las ventanas del edificio reflejaban una ciudad que continuaba moviéndose con absoluta normalidad. Los vehículos pasaban, la gente caminaba con prisa y los restaurantes comenzaban a prepararse para el almuerzo. Nadie sabía que acababa de terminar un matrimonio de siete años. Nadie sabía que había firmado su salida de una empresa a la que había dedicado gran parte de su vida.

Y, por primera vez, Amelia agradeció que fuera así.

No quería compasión.

Necesitaba respuestas.

Entró en un pequeño café situado a dos calles del edificio y escogió una mesa junto a la ventana. Sacó el teléfono y volvió a mirar las fotografías que había tomado antes de marcharse. Amplió la imagen del documento donde aparecía el nombre de Ferrer Desarrollo Estratégico.

Proyecto Legado.

Había algo en esas dos palabras que no conseguía quitarse de la cabeza.

Su padre nunca había mencionado un proyecto con ese nombre. Amelia recordaba su oficina, los planos apilados sobre la mesa, las llamadas que recibía a altas horas de la noche y las discusiones que mantenía con algunos socios. Recordaba también que, durante los últimos meses antes de su muerte, había comenzado a guardar documentos en una caja metálica que nunca permitió que nadie abriera.

Ella tenía entonces dieciocho años.

Después de su muerte, todo había cambiado.

La familia vendió algunas propiedades, cerró varias cuentas y trató de seguir adelante. Amelia nunca se sintió con derecho a preguntar demasiado. Su padre había sido un hombre reservado y ella había respetado ese silencio.

Ahora comenzaba a preguntarse si aquel silencio había sido una forma de protegerla.

El teléfono vibró.

Amelia esperaba encontrar un mensaje de alguna amiga, pero en la pantalla apareció un número desconocido.

No respondió.

El teléfono dejó de sonar.

Segundos después volvió a hacerlo.

Esta vez contestó.

—¿Sí?

—¿Amelia Ferrer?

La voz masculina era grave, tranquila y completamente desconocida.

—Sí.

—Mi nombre es Gael Santoro.

Amelia guardó silencio.

Había escuchado ese apellido muchas veces.

Todo el mundo relacionado con los negocios conocía al Grupo Santoro. Era uno de los conglomerados más importantes de la región y, durante los últimos años, había competido directamente con el Grupo Llorente por varios proyectos.

—¿Cómo consiguió mi número?

—No fue difícil.

La respuesta le produjo una mezcla de molestia y curiosidad.

—Eso no me tranquiliza.

Por primera vez percibió algo parecido a una sonrisa en la voz del hombre.

—No pretendía hacerlo.

Amelia miró por la ventana.

—¿Qué quiere, señor Santoro?

—Hablar con usted.

—No estoy interesada en negocios.

—Precisamente por eso necesito hablar con usted.

Ella frunció el ceño.

—No entiendo.

—¿Tiene unos minutos?

Amelia estuvo a punto de rechazar la conversación.

Pero entonces recordó el documento.

Ferrer Desarrollo Estratégico.

Proyecto Legado.

—Hable.

—Su padre tenía una sociedad llamada Ferrer Desarrollo Estratégico.

Amelia se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque mi abuelo conocía a su padre.

El ruido del café desapareció durante unos segundos.

—¿Su abuelo?

—Alessandro Santoro.

Amelia sintió un escalofrío.

El nombre le resultaba familiar, aunque no podía recordar de dónde.

—¿Qué relación tenía con mi padre?

—Esa es precisamente la conversación que quiero tener con usted.

—¿Y por qué ahora?

Hubo una breve pausa.

—Porque hace tres semanas alguien intentó adquirir unos derechos que pertenecieron a la sociedad de su padre.

Amelia apretó el teléfono.

—¿Quién?

—El Grupo Llorente.

La respuesta confirmó algo que ya sospechaba.

Esteban no había estado revisando aquellos documentos por casualidad.

—¿Y qué tienen que ver esos derechos conmigo?

—Mucho más de lo que imagina.

Amelia se levantó de la mesa.

—Necesito verlo personalmente.

—Puedo enviar un vehículo.

—No.

—¿No?

—Dígame dónde.

La respuesta llegó después de unos segundos.

—Santoro Tower. Piso treinta y dos.

—Estaré allí en una hora.

—La esperaré.

La llamada terminó.

Amelia guardó el teléfono y se quedó de pie junto a la mesa. No sabía si acababa de cometer un error. Tampoco sabía por qué había aceptado tan rápido. Quizá porque llevaba años rodeada de personas que sabían cosas que ella desconocía.

Y estaba cansada de ser la última en enterarse.

La Santoro Tower se encontraba en el distrito financiero, a menos de veinte minutos en automóvil. Era un edificio moderno de cristal oscuro, mucho más sobrio que la sede del Grupo Llorente.

Amelia entró y se acercó a recepción.

—Vengo a ver al señor Santoro.

La recepcionista revisó una lista.

—¿Señora Ferrer?

—Sí.

—El señor Santoro la está esperando.

El ascensor privado la llevó directamente al piso treinta y dos. Cuando las puertas se abrieron, encontró una recepción silenciosa, decorada con muebles de líneas sencillas y grandes ventanales que ofrecían una vista completa de la ciudad.

Un hombre se acercó.

—Señora Ferrer.

—¿Sí?

—Soy Gabriel, asistente del señor Santoro. Puede pasar.

Amelia entró.

Gael estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón. Llevaba una camisa blanca y un traje oscuro sin corbata. No parecía alguien que necesitara demostrar que tenía poder. La seguridad con la que ocupaba aquel espacio era suficiente.

Se giró al escucharla.

Amelia lo reconoció de inmediato.

Había visto fotografías suyas en revistas empresariales. Sin embargo, las imágenes no mostraban lo que más le llamó la atención.

Sus ojos.

Eran tranquilos, pero atentos.

No parecía estar evaluándola como una mujer recién divorciada.

Parecía estar intentando entenderla.

—Amelia Ferrer.

—Gael Santoro.

Él señaló una silla.

—Gracias por venir.

—No he venido por cortesía.

Una leve expresión de diversión apareció en su rostro.

—Eso me queda claro.

Amelia se sentó.

Gael tomó asiento frente a ella y colocó una carpeta sobre la mesa.

—Voy a ser directo.

—Lo agradecería.

—Su padre y mi abuelo fueron socios.

Amelia no respondió.

—Hace más de veinte años crearon una sociedad para desarrollar un proyecto estratégico. Esa sociedad fue sometida a varias reestructuraciones y terminó desapareciendo de los registros comerciales habituales.

—Eso ya lo descubrí hoy.

—No exactamente.

Gael abrió la carpeta.

—Lo que usted descubrió es que la sociedad existió. Lo que todavía no sabe es que una participación relacionada con ella sigue vigente.

Amelia observó los documentos.

—¿A nombre de quién?

Gael deslizó una copia hacia ella.

—Ese es el problema.

Amelia tomó el documento.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su respiración se volvió más lenta.

—No entiendo.

—La participación está vinculada a una estructura societaria creada por su padre. Según nuestros registros, usted es la heredera.

Amelia levantó la mirada.

—¿Está diciendo que soy accionista?

—Estoy diciendo que existe una posibilidad bastante alta de que lo sea.

—¿Y por qué nadie me lo dijo?

Gael sostuvo su mirada.

—Porque alguien se aseguró de que usted no lo supiera.

Amelia dejó el documento sobre la mesa.

—¿El Grupo Llorente?

—Probablemente.

—¿Y usted?

Gael arqueó una ceja.

—¿Yo qué?

—¿Por qué está interesado?

Por primera vez, él pareció dudar antes de responder.

—Porque mi empresa lleva años intentando adquirir los derechos del Proyecto Legado.

—Entonces usted también quiere lo que ellos quieren.

—La diferencia es que yo no necesito quitárselo.

Amelia permaneció en silencio.

Gael continuó.

—Necesito negociar con usted.

—¿Para comprar mis acciones?

—No.

—¿Entonces?

Él apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Para hacer una alianza.

Amelia soltó una pequeña risa sin humor.

—Acabo de salir de un matrimonio en el que confundí una alianza con confianza. No estoy buscando otra.

—No le estoy proponiendo confianza.

—¿Qué propone?

Gael la miró directamente.

—Un acuerdo.

—Explíquese.

—Usted necesita descubrir qué hicieron su exesposo y su familia con los activos de su padre. Yo necesito acceder legalmente al Proyecto Legado para proteger los intereses del Grupo Santoro.

—¿Y qué gano yo?

—Información. Abogados. Recursos. Acceso a documentos que usted no puede conseguir sola.

Amelia cruzó los brazos.

—¿Y qué gana usted?

—La oportunidad de negociar directamente con la persona que podría tener los derechos que llevo años buscando.

Era una respuesta honesta.

Quizá demasiado honesta.

—¿Qué tipo de acuerdo?

Gael tomó otra carpeta.

—Hay una segunda condición.

Amelia lo observó con desconfianza.

—Sabía que faltaba algo.

Gael deslizó el documento hacia ella.

—Mi abuelo dejó un fideicomiso.

—¿Y?

—Para conservar el control total del Grupo Santoro, debo cumplir una condición establecida en su testamento.

Amelia leyó la primera página.

No entendió.

—¿Qué tiene que ver esto conmigo?

Gael respiró profundamente.

—Debo estar casado antes de que finalice el plazo establecido por el fideicomiso.

Amelia levantó lentamente la mirada.

—No.

—Todavía no he terminado.

—No hace falta.

—Tres meses.

Ella lo miró como si acabara de perder la razón.

—¿Me está proponiendo matrimonio?

—Sí.

Amelia se levantó.

—Definitivamente he perdido mi tiempo.

Gael permaneció sentado.

—Piénselo.

—No tengo nada que pensar.

—Usted necesita una protección que ahora mismo no tiene.

Amelia tomó su bolso.

—Y usted necesita una esposa que no conoce.

Gael se puso de pie.

—No necesito una esposa cualquiera.

Ella se detuvo.

—¿Entonces?

Él sostuvo su mirada.

—Necesito a alguien que tenga una razón para querer ganar la misma guerra que yo.

Amelia no respondió.

Miró nuevamente el documento.

Después recordó la conversación de Esteban.

La cláusula sobre las sociedades vinculadas.

El nombre de su padre.

Proyecto Legado.

Todo parecía estar conectado.

Tal vez aquel matrimonio absurdo era la única oportunidad que tenía para descubrir la verdad.

Pero antes de aceptar, necesitaba saber una cosa.

—Si acepto este acuerdo, ¿qué sucede cuando termine?

Gael respondió sin vacilar.

—Cada uno seguirá su camino.

Amelia asintió lentamente.

—Entonces quiero un contrato.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Gael.

—Ya lo esperaba.

—Y una cláusula más.

—¿Cuál?

Amelia tomó la carpeta.

—Ninguno de los dos podrá tomar decisiones sobre la vida del otro sin consentimiento.

Gael extendió la mano.

—Tenemos un acuerdo.

Amelia miró su mano durante unos segundos antes de estrecharla.

No sabía que acababa de aceptar el acuerdo que cambiaría su vida.

Y tampoco sabía que, en algún lugar de aquella misma ciudad, alguien acababa de recibir una noticia que podía poner en peligro todos sus planes.

Amelia Ferrer había conocido a Gael Santoro.

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