Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 8: El gimnasio de don Héctor
Kael me dijo que su tío tenía un gimnasio chico cerca del liceo, a tres cuadras, donde entrenaba después de clases. Me dijo que no era un gimnasio grande, de esos con espejos y música fuerte, que era una bodega arreglada con un ring al medio, con sacos colgando y con olor a goma y a sudor. Me dijo que si quería, me podía enseñar bien, no solo en la azotea con guantes prestados que me quedaban grandes.
Le dije que no sabía si podía, que mi mamá se iba a preocupar si le decía que iba a un gimnasio de boxeo. Me dijo que no íbamos a pelear, que solo me iba a enseñar a moverme y a respirar. Me dijo que su tío era buena persona y que no me iba a retar. Dudé todo un día y al final le dije que sí, que el jueves después del colegio.
El jueves salimos juntos del colegio. Caminamos las tres cuadras sin hablar mucho, porque yo estaba nerviosa y él también, creo. El gimnasio estaba en una calle chica, con un letrero pintado a mano que decía Gimnasio Héctor y abajo boxeo y kick. La puerta era de fierro y estaba entreabierta. Adentro sonaba una radio con cumbia y se escuchaba el golpe de los sacos.
Entramos y hacía calor, mucho calor, aunque afuera hacía frío. Había tres cabros entrenando, pegándole a los sacos, con el pecho descubierto y las manos vendadas. Al medio había un ring chico, con las cuerdas sueltas. Al fondo había una mesa con botellas de agua y un señor mayor con gorro y con una toalla en el cuello. Ese era don Héctor.
Don Héctor nos miró y le dijo a Kael llegaste tarde. Kael le dijo perdón tío, venía con una amiga. Don Héctor me miró y me dijo ¿tú eres la de la azotea? Me quedé helada. Le dije sí, ¿cómo sabe? Me dijo porque Kael habla de ti todo el rato, que sube a la azotea con una niña que no sabe pegar un jab pero que aprende rápido. Me puse roja al tiro.
Don Héctor se rió y me dijo tranquila, no te voy a poner a pelear. Me preguntó si alguna vez me había puesto guantes. Le dije que sí, que Kael me había prestado unos rojos que me quedaban grandes. Me dijo esos ya están viejos, te paso unos más chicos. Sacó de una caja unos guantes azules, más chicos, con el velcro un poco gastado. Me los probé y me quedaban bien.
Kael me vendó las manos, como en la azotea, pero esta vez más rápido, porque ya sabía hacerlo. Me dijo ¿te aprieta? Le dije que no. Me puso los guantes y me dijo ya, vamos al saco chico, el que no se mueve tanto.
Me paré frente al saco y no sabía qué hacer. El saco era grande, me llegaba hasta la cara y olía a cuero. Kael se puso detrás mío y me acomodó los pies, como siempre, uno adelante, uno atrás. Me dijo sube las manos, cubre la cara, mira al frente. Me dijo ahora pega, jab. Pegué y el saco se movió un poco. Me dijo bien, de nuevo. Pegué de nuevo y esta vez sonó más fuerte.
Don Héctor nos miraba desde lejos y a veces gritaba respira, Abril, no aguantes el aire. Yo aguantaba la respiración sin darme cuenta, como siempre. Me decía suelta los hombros. Me decía no cierres los ojos cuando pegas.
Estuve como media hora pegándole al saco. Me cansé mucho, me dolían los brazos, me transpiraba la frente y el pelo se me pegaba. Pero me gustó. Me gustó porque por primera vez no pensaba en el hospital, ni en el control, ni en la lista. Solo pensaba en pegar y en respirar y en no caerme.
Después de un rato paramos y nos sentamos en un banco de madera que había al lado del ring. Don Héctor nos pasó agua y nos dijo que lo habíamos hecho bien. Me dijo que tenía buena postura para ser primera vez. Kael me miró y me dijo viste, te dije que aprendías rápido.
Mientras tomábamos agua, don Héctor le preguntó a Kael por el regional. Kael le dijo que estaba entrenando todos los días y que quería ganar para comprarle la máquina de coser a su mamá. Don Héctor le dijo que iba bien, que le faltaba un poco de velocidad pero que tenía corazón. Kael se puso contento con eso.
Yo los escuchaba y me sentía un poco fuera de lugar, pero bien. Como si por un rato fuera parte de algo que no era hospital ni casa vacía.
Cuando nos íbamos, don Héctor me dijo que podía volver cuando quisiera, que no me iba a cobrar. Me dijo que le hacía bien a Kael tener a alguien que lo esperara. Le dije gracias.
Salimos del gimnasio y ya estaba oscuro. Caminamos de vuelta al colegio para tomar la micro. Kael me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, que mucho, que me había olvidado de todo por un rato. Me preguntó si me dolía algo. Le dije que no, que solo estaba cansada. Mentira a medias. Me dolía un poco la espalda, como siempre, pero no quería decirle ahí, en la calle, después de algo tan bacán.
Me dejó en la parada de la micro y me dijo mañana a la misma hora en la azotea. Le dije mañana a la misma hora.
Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó dónde andaba. Le dije que me había quedado haciendo tarea en la biblioteca. Me miró raro, porque tenía el pelo transpirado, pero no me dijo nada. Solo me dijo que había cazuela.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno. No taché nada hoy, porque no era parte de la lista, pero al lado del punto tres, que ya estaba tachado, escribí: hoy pegué al saco de verdad y no me caí. Don Héctor dice que tengo buena postura.
Guardé el cuaderno y me miré las manos. Tenía las marcas de las vendas todavía, un poco rojas. Me gustaron. Me hicieron sentir que mis manos servían para algo más que para tener parches.