Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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Un Destello en la Penumbra
Con la posición de Óscar consolidada en la biblioteca real y la bendición del rey para la reorganización de los archivos, la vida del joven conde sureño tomó un rumbo drásticamente distinto al de la vida pasada. Ya no pasaba las mañanas llorando en la penumbra de los arcos de la galería este; ahora caminaba con dignidad por las estancias del palacio, portando pergaminos y supervisando los estantes de roble.
Esa tarde, como parte de la estrategia ideada por Anastasia, el comandante Bruno acudió personalmente a la biblioteca para revisar el inventario de los planos de las fortificaciones fronterizas.
La gran sala de lectura estaba en silencio, iluminada por los rayos de sol que atravesaban las vidrieras de colores. Óscar se encontraba sobre una pequeña escalera de madera ajustando unos volúmenes en la parte alta de un estante.
—Conde Óscar —resonó la voz profunda de Bruno desde la entrada.
Óscar se sobresaltó ligeramente, dando un mal paso en el peldaño. La escalera se tambaleó y un par de pesados tomos de cuero cayeron de sus manos.
En un movimiento felino impulsado por sus reflejos militares, Bruno acortó la distancia en un segundo, extendiendo sus brazos fuertes para sujetar la escalera con una mano y atrapar a Óscar por la cintura con la otra antes de que el joven tocara el suelo.
Óscar quedó suspendido en el aire durante un instante, con el rostro a escasos centímetros del pecho de metal del comandante. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Bruno, el aroma a cuero y acero, y la firmeza inquebrantable de su agarre. Al alzar la mirada, chocó directamente con los ojos oscuros y profundos del comandante, quien lo miraba con una atención minuciosa y extrañamente contenida.
—Deberíais tener más cuidado, conde —dijo Bruno con voz baja, manteniendo su agarre por unos segundos más de lo estrictamente necesario antes de ayudarlo a afianzar los pies en el suelo—. Los archivos de piedra no son perdonadores con los tropiezos.
Óscar sintió que la sangre se le subía a las mejillas de inmediato. Trató de estabilizar la respiración mientras ajustaba la túnica verde.
—Os... os agradezco infinitamente, comandante Bruno —tartamudeó el joven, bajando la vista para ocultar la turbación de sus ojos—. Mi torpeza es imperdonable.
Bruno recogió los libros del suelo y se los entregó en la mano. El breve contacto de sus dedos hizo que el comandante mantuviera la vista fija en Óscar. Durante años, Bruno había percibido al conde como un muchacho frágil e inalcanzable del sur; pero al observarlo de cerca en la tranquilidad de la biblioteca, notaba la elegancia madura de sus modales y la profunda tristeza que solía habitar en su mirada.
—La reina ha solicitado que revise los mapas tácticos de la cordillera norte —explicó Bruno, rompiendo la pausa con profesionalismo militar—. Si tenéis un momento, necesitaré vuestra ayuda para ubicar los tomos del reinado anterior.
—Por supuesto, comandante —respondió Óscar con una leve y sincera sonrisa que iluminó su rostro—. Acompañadme a la mesa central, por favor.
Desde el balcón superior de la biblioteca, Anastasia observaba la escena disimuladamente detrás de un pilar. Al ver la interacción respetuosa y la evidente chispa de química contenida entre ambos hombres, la reina dejó escapar un suave suspiro de alivio. Sabía que las leyes de Veloria aún eran duras y que el camino para ellos sería largo y cauteloso, pero haber destruido la soledad trágica de Óscar y permitirle hablar cara a cara con el hombre que amaba era un triunfo invaluable.