Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 21. EL VUELO DE LAS GARRAS Y EL FUEGO DEL ABISMO
El estallido de la entrada dejó la caverna sumida en un eco ensordecedor. Las brujas de Morgana, desorientadas por la lluvia de piedras y la cegadora luz dorada que Celeste proyectaba con su báculo, empezaron a retroceder en desbandada. En medio de la humareda, la silueta de Asmodeo avanzaba como una tormenta imparable. Sus ojos rojos fijos en mí no reflejaban la fría arrogancia del Rey que conocí en el Spa; reflejaban un pánico y una determinación tan humanos que me encendieron la sangre.
A través del lazo que nos unía, la inmensa oleada de energía y furia que Asmodeo traía consigo se filtró directamente en mis venas. Fue como una inyección de adrenalina pura. Kala, mi loba, dio un rugido de poder en mi mente, rompiendo de golpe las barreras mentales que las runas oscuras de los grilletes habían levantado.
Sentí una fuerza salvaje recorriéndome los músculos. Clavé los talones en la piedra, apreté los dientes y, con un grito que me salió desde las entrañas, tiré de las cadenas con todas mis fuerzas de Alfa.
¡CRACK!
Los eslabones de hierro reforzados con plata saltaron por los aires, grabados con runas o no, cediendo ante el subidón de poder. Me puse en pie de inmediato, sacudiéndome los restos de metal de las muñecas, justo cuando mis ojos se teñían por completo del azul zafiro de mi rango. Estaba libre, enfurecida y lista para la acción.
—¡¡Rosaly!! —Morgana chilló al ver cómo su perfecta fuente de energía se liberaba por su cuenta. Levantó la daga de obsidiana, lista para abalanzarse sobre mí en un último intento desesperado de salvar su ritual.
Sin embargo, no llegó a dar ni dos pasos.
Mi padre, transformado en su inmenso lobo gris, cayó desde lo alto de una roca directamente sobre el altar. Con un zarpazo brutal que cortó el aire, desarmó a Morgana, enviando el puñal de obsidiana a rodar hacia el fondo de la cueva. La exreina bruja rodó por el suelo, soltando un alarido de rabia.
Dos demonios del clan Estigia intentaron flanquear a mi padre por la espalda con sus espadas oscuras desenvainadas. No obstante, Asmodeo apareció en medio de ellos como una exhalación. Con un movimiento fluido y una coordinación perfecta que nadie habría esperado de dos líderes de distintas especies, mi padre se agachó sobre sus cuatro patas, permitiendo que Asmodeo saltara sobre su lomo para propinar una patada giratoria en el pecho de uno de los atacantes, mientras una llamarada carmesí brotaba de su mano libre para incinerar al segundo.
El lobo gris que era mi padre soltó un soplido de aprobación, y Asmodeo le dio una palmadita rápida en el costado.
—Buen apoyo, Alfa Arthur. No lo hace usted nada mal para ser de la vieja escuela.
Mi padre le devolvió un sutil movimiento de orejas, el equivalente lobuno a un «tampoco cantas mal las rancheras, yerno», y volvieron a dividirse el terreno en una compenetración impecable. Damian y mi hermano Saúl cubrían los flancos, manteniendo a raya a las brujas rebeldes mientras Thais irrumpía en la cueva con los ojos dorados brillando, lista para cubrirme las espaldas.
Morgana intentó levantarse de entre las rocas, con el rostro desencajado y las túnicas púrpuras cubiertas de polvo. Al ver que Asmodeo y mi padre avanzaban hacia ella, y que Celeste bloqueaba su vía de escape con una barrera de luz dorada, la bruja oscura comprendió que su plan de deidad absoluta se había ido a la quiebra definitiva.
—¡Esto no ha terminado! —chilló Morgana, intentando canalizar una última ráfaga de humo negro de sus manos.
—Oh, créeme que sí, Morgana —dije, caminando hacia ella a paso firme y seguro, con Thais colocándose a mi derecha y Celeste a mi izquierda—. Tu balance de cuentas está a cero.
Celeste golpeó el suelo con su báculo blanco, desatando una onda de luz limpia que disolvió por completo el humo negro de Morgana, dejándola desarmada. Thais aprovechó el segundo de distracción y, con una agilidad felina, le propinó un barrido de piernas que mandó a la exreina bruja de bruces contra el suelo de piedra.
Me planté frente a ella, mirándola desde arriba con mis ojos zafiro encendidos. Kala dio un rugido de satisfacción.
—Te metiste con la manada equivocada, con el Spa equivocado y con la Alfa equivocada —le sentencié con voz fría—. Game over, bruja.
Asmodeo llegó a mi lado en un segundo, destellando aún pequeños hilos de fuego carmesí que se apagaron en cuanto rodeó mi cintura con su brazo inmenso, pegándome a su pecho. El calor de su piel eliminó de golpe todo el frío que la cueva me había metido en el cuerpo. El lazo volvió a ronronear entre nosotros con una calidez perfecta.
—¿Estás bien, mi reina? —preguntó Asmodeo, y su voz grave temblaba ligeramente por la emoción reprimida mientras me revisaba las muñecas marcadas por los grilletes—. Si esa víbora te ha hecho un solo rasguño profundo, juró que...
—Estoy perfecta, Asmodeo —le interrumpí con una sonrisa de medio lado, rodeándole el cuello con los brazos—. Tu inyección de energía llegó justo a tiempo. Aunque admito que me has roto la decoración de la mina.
Asmodeo soltó una carcajada limpia, aliviada, y me plantó un beso ardiente en los labios en mitad de la cueva destruida, sellando nuestro reencuentro frente a toda la manada.
Mi padre, habiendo regresado a su forma humana, se acercó a nosotros sacudiéndose los pantalones y carraspeando ruidosamente para romper el momento romántico, aunque en sus ojos azules se notaba un alivio infinito y un respeto renovado hacia el Rey Demonio.
—Bueno, bueno, ya habrá tiempo para las celebraciones en la manada —dijo mi padre, mirando a Asmodeo y luego a mí—. Celeste, encárgate de Morgana y de lo que queda de su aquelarre. Thomas, Saúl, ayudad a los heridos. La guerra ha terminado. Nos volvemos a casa.
La cueva quedó bajo el control de las brujas de luz de Celeste, mientras nosotros emprendíamos el camino de salida hacia la superficie. La tregua entre el suegro Arthur y el yerno Asmodeo se había firmado con sangre y fuego en el campo de batalla, los malos habían sido derrotados y el futuro de la manada Tierra de Fuego estaba por fin a salvo.