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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Nikolái no la besó como alguien que pide permiso.

La besó como si hubiera decidido arrancarle el aire y comprobar qué sonido hacía ella cuando no podía fingir valentía. Una mano le sujetó la nuca, la otra le mantuvo la barbilla alzada. Valentina intentó apartarse, pero sus piernas seguían atadas y las muñecas recién liberadas le dolían demasiado para empujarlo con fuerza.

Sabía a sangre.

A la de ella.

Ese pensamiento la golpeó con tanta claridad que le subió una arcada a la garganta. Lo mordió. No por estrategia, no por orgullo, sino porque era lo único que su cuerpo todavía sabía hacer para defenderse.

Nikolái se detuvo.

Por un segundo, sus ojos grises quedaron fijos en ella. No parecía furioso. Parecía sorprendido, otra vez, como si Valentina hubiera tocado un cable interno que nadie debía encontrar.

—Muerdes mucho —murmuró.

—Y usted entiende poco —jadeó ella.

La comisura de su boca se movió apenas.

Entonces el pasillo estalló en disparos.

Sasha abrió la puerta de golpe.

—Cinco hombres. Dos salidas bloqueadas.

Nikolái soltó a Valentina como si el peligro ajeno le aburriera. En dos movimientos cortó las cuerdas de sus tobillos. Ella intentó ponerse de pie y casi cayó. No había sentido las piernas desde hacía horas.

Vova, tirado en el piso, soltó una risa quebrada.

—No vas a salir de aquí, Pakhan.

Nikolái lo miró sin emoción.

—Tú tampoco.

Disparó una sola vez. Valentina cerró los ojos antes de ver dónde pegaba la bala, pero el silencio que siguió le dijo suficiente.

No alcanzó a gritar.

Nikolái le echó encima su abrigo negro, cubriéndole el cuerpo rasgado con una brusquedad que casi la hizo perder el equilibrio. Luego la levantó sobre un hombro.

—¡Bájeme! —chilló Valentina.

—No.

—¡Puedo caminar!

—No rápido.

Era verdad, y por eso le dio más coraje.

Sasha salió primero, disparando con una precisión limpia. Nikolái avanzó detrás con Valentina cargada como si no pesara nada. Ella vio el pasillo de cabeza: paredes manchadas, un foco parpadeando, hombres cayendo, casquillos brillando en el piso.

El frío de la calle la golpeó en la cara.

Nikolái la metió en un Maybach negro blindado. Sasha se sentó al volante. Las puertas se cerraron con un golpe pesado, y el auto arrancó antes de que Valentina lograra incorporarse.

—¿A dónde me lleva? —preguntó, tirando del abrigo para cubrirse mejor.

Nikolái se acomodó a su lado, impecable, como si no acabara de cruzar una balacera.

—Fuera de aquí.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tienes.

Valentina miró la manija de la puerta.

Nikolái ni siquiera volteó.

—No.

Ella se congeló.

—No dije nada.

—Tus ojos sí.

El auto dobló con violencia. Las luces de Estambul se volvieron líneas amarillas detrás del vidrio. Valentina esperó el siguiente giro, metió los dedos en la manija y jaló.

La puerta se abrió apenas.

Un brazo le rodeó la cintura y la arrancó hacia atrás antes de que pudiera lanzar el cuerpo al vacío. La espalda chocó contra el pecho de Nikolái. Su mano le cubrió el vientre con una firmeza que no era caricia, sino candado.

—¿Estás loca? —le dijo al oído.

—¡Prefiero romperme una pierna a quedarme con usted!

—Puedes romperte una pierna después. Ahora no tengo tiempo.

Valentina le clavó el codo en las costillas. Él ni se movió.

Sasha miró por el retrovisor.

—Nos siguen.

Nikolái soltó a Valentina solo para bajar una ventana lateral reforzada. Del compartimento entre los asientos sacó un lanzacohetes portátil.

Valentina se quedó helada.

—No puede usar eso en medio de la ciudad.

Nikolái la miró.

—¿Quién me lo impide?

No tuvo respuesta.

Sasha tomó una avenida más ancha. Detrás, dos camionetas aceleraron entre bocinazos. Nikolái apuntó con una calma absurda. Valentina se cubrió los oídos.

El impacto iluminó la noche.

El auto se sacudió. Un estruendo le atravesó el pecho. Al mirar por el vidrio trasero, vio una de las camionetas girando envuelta en humo, detenida contra un poste. La otra frenó de golpe.

Valentina sintió que se le aflojaban las piernas.

—Usted está enfermo.

—Eso dicen.

—¡Había gente en la calle!

—Sasha sabe conducir.

—¡Eso no responde nada!

Nikolái guardó el arma con la misma tranquilidad con la que alguien guarda un paraguas.

—Deja de temblar.

—No me dé órdenes para respirar.

Él bajó la mirada a sus manos. Valentina intentó esconderlas bajo el abrigo, pero ya era tarde. Las muñecas estaban en carne viva.

Por primera vez, algo oscuro le cruzó el rostro a Nikolái.

—¿Quién ató eso?

—¿Importa?

—Sí.

—Pues pregúntele al muerto.

Sasha volvió a hablar antes de que él respondiera.

—Bloqueo policial adelante.

Valentina levantó la cabeza.

Patrullas. Luces azules. Hombres armados cerrando la avenida.

El alivio le subió tan rápido que casi dolió.

—Policía —susurró.

Nikolái la miró con una paciencia cruel.

—No sonrías todavía, printsessa.

Los llevaron a una comisaría antes del amanecer. A Valentina le dieron una sudadera gris demasiado grande, agua y una manta térmica. La sentaron en una sala de interrogatorios con una cámara en una esquina y un oficial turco que hablaba inglés. Una intérprete apareció veinte minutos después, cansada, con el cabello recogido y una mirada que se suavizó al ver el estado de sus muñecas.

Valentina contó todo.

La falsa invitación a una residencia artística. Sus tíos firmando papeles que ella no pudo leer completos. El aeropuerto. El hombre que le quitó el pasaporte. La habitación. Vova.

No mencionó el beso.

No podía.

Cuando terminó, el oficial cerró la carpeta y entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Señorita Solís, puede ayudarnos a ayudarse.

La intérprete tradujo. Valentina apretó la manta contra el pecho.

—Ya dije la verdad.

—Diga que Nikolái Vólkov la secuestró.

Valentina parpadeó.

—¿Qué?

—Sabemos quién es. Su testimonio puede encerrarlo. Su gobierno la protegerá. México no va a abandonar a una ciudadana.

El corazón le dio un golpe tonto al oír México.

Por un segundo quiso decir que sí. Quiso hundir a ese hombre de ojos grises, verlo esposado, verlo perder esa calma insoportable.

Pero la verdad se interpuso, incómoda y pesada.

Nikolái no la había vendido.

Nikolái no la había llevado a esa habitación.

Nikolái era peligroso, sí. Tal vez peor. Pero si mentía, ellos usarían su miedo como herramienta, igual que todos.

Valentina levantó la barbilla.

—Mi país me enseñó que el falso testimonio es un delito.

La intérprete la miró con sorpresa antes de traducir.

El oficial apretó la mandíbula.

—Piénselo bien.

La puerta se abrió.

Nikolái entró aplaudiendo despacio.

Valentina se puso de pie tan rápido que la silla raspó el piso.

Él ya no llevaba sangre en las manos. Se había cambiado de saco o quizá el mundo simplemente se limpiaba para él más rápido que para los demás. Caminó hasta quedar detrás del oficial.

—Qué conmovedor —dijo en turco, y luego en español, mirándola a ella—. Hasta herida eres más decente que ellos.

El oficial se levantó, pálido de rabia.

—Señor Vólkov...

—Pakhan —corrigió Nikolái.

La palabra atravesó la sala.

El oficial bajó la mirada.

Valentina lo vio.

Lo vio y entendió.

La policía no iba a salvarla si Nikolái decidía no permitirlo.

La puerta volvió a abrirse una hora después, pero esta vez entró un hombre de traje azul marino, bigote discreto y un prendedor pequeño con el escudo de México en la solapa.

—Valentina Solís Herrera —dijo en español mexicano—. Soy Héctor Paredes, del consulado.

Valentina no lloró hasta escuchar el acento.

No fue un llanto bonito. Fue un golpe de aire, un temblor entero. El Lic. Paredes le acercó un pañuelo y se sentó frente a ella sin invadirla.

—Ya hablamos con su abuela. Está viva, está enterada y la estamos protegiendo desde este momento.

Abuelita.

Valentina se tapó la boca con la mano.

Nikolái observaba desde el marco de la puerta.

Paredes se volvió hacia él con una calma institucional que Valentina admiró de inmediato.

—El Gobierno de México agradece cualquier asistencia brindada a nuestra ciudadana. A partir de ahora, ella queda bajo protección consular.

Nikolái sostuvo su mirada.

Durante diez segundos, nadie respiró.

Luego él sonrió sin alegría.

—No busco problemas con México.

Valentina no supo si eso era una concesión o una amenaza diplomática.

Al amanecer, la sacaron por una puerta lateral. Sasha esperaba junto al Maybach. Sobre el asiento trasero, visible por la puerta abierta, estaba la rosa blanca. Ya no parecía tan limpia. Tenía una mancha roja en un pétalo.

Valentina se detuvo.

No sabía por qué la tomó.

Quizá porque no quería que él conservara nada de esa noche. Quizá porque necesitaba devolverle aunque fuera una cosa.

Caminó hasta Nikolái. El Lic. Paredes se tensó a su lado, pero no la detuvo.

Valentina le puso la rosa contra el pecho.

—No soy su printsessa.

Nikolái bajó la mirada a la flor.

—Todavía no.

Ella quiso responder. No pudo. El miedo y el cansancio le habían robado hasta los insultos.

Se subió al auto del consulado sin mirar atrás.

Miró atrás.

Solo una vez.

Nikolái seguía de pie bajo la luz gris del amanecer, con la rosa blanca en la mano. Cuando el coche dobló la esquina, él cerró el puño.

Los pétalos se rompieron entre sus dedos.

Sasha apareció a su lado.

—¿La dejamos ir?

Nikolái abrió la mano. Un pétalo manchado cayó sobre el asfalto húmedo.

—No.

Sacó el teléfono.

—Quiero todo sobre Valentina Solís Herrera. Familia, cuentas, escuela, amigos, médicos, miedos. Todo.

Sasha no preguntó por qué.

—Sí, Pakhan.

Nikolái miró la calle por donde ella había desaparecido.

—Nos vemos pronto, printsessa.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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