Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Cap 2: Ella Ya No Es La Misma
—Val, no has comido nada desde ayer.
Sofía dejó la bandeja sobre la mesa de roble del Ala de Orquídeas con más fuerza de la que pretendía. El sol de la mañana entraba oblicuo por los ventanales, pero no calentaba nada: Val llevaba horas sentada junto al escritorio, envuelta en un chal grueso, con las manos alrededor de una taza de chocolate que ya se había enfriado.
—No tengo hambre.
—Eso no es lo que te pregunté.
Val levantó la vista. Bajo la luz del día, sin el filtro rojo de la luna de sangre, se notaba lo que la noche anterior había costado: los pómulos más marcados, la piel pálida con un tono ceniciento, los dedos que sostenían la taza temblando apenas, un temblor fino que Val se esforzaba en controlar y que solo empeoraba cuanto más lo intentaba.
—Una noche —dijo Val, en voz baja, más para sí misma que para Sofía—. Una sola noche y perdí tres kilos que no me sobraban.
—Eso no debería sorprenderte. Rompiste un enlace con la fuerza de tu propia voluntad. Ninguna Luna rechazada lo ha hecho jamás. —Sofía se sentó frente a ella, tomándole las manos entre las suyas—. Tu cuerpo está pagando un precio que nadie más ha pagado antes.
Val cerró los ojos un instante. Su loba seguía herida, pero ya no estaba dormida. Se movía dentro de su pecho, inquieta, atenta, con una rabia que el cansancio no lograba apagar.
Ya no vamos a esperar a que nadie nos salve, le dijo Val a su loba. Nos salvaremos solas.
La loba no respondió con palabras. Val solo sintió un calor breve en el pecho, justo donde el enlace roto seguía doliendo.
—Toda la manada habla de anoche —dijo Sofía, soltándole las manos para servirle más chocolate caliente, aunque Val no había tocado el primero—. Nadie cree que en verdad vayas a completar la ruptura. Dicen que fue un arrebato. Que hoy, cuando se te pase el coraje, volverás a Sebastián de rodillas.
—¿Eso dicen?
—Eso dicen.
Val bebió un sorbo del chocolate frío sin hacer ninguna mueca.
—Que sigan diciéndolo. Cuanto más los sorprenda después, mejor.
Se levantó, apartando el chal, y caminó hasta el armario donde guardaba un pequeño cofre de madera con cerradura de hierro. Lo abrió con la llave que llevaba siempre al cuello, junto a un relicario vacío que nunca había explicado a nadie, ni siquiera a Sofía.
Dentro había papeles. Muchos papeles, ordenados con la precisión de alguien que llevaba tres años anotando cada detalle sin que nadie lo supiera.
—¿Qué es todo eso? —preguntó Sofía, acercándose.
—Todo lo que traje a esta manada cuando me casé con Sebastián. —Val extendió los documentos sobre el escritorio: mapas de tierras, listas de hierbas medicinales, nombres de comerciantes y aliados—. El territorio de la ribera norte, que era parte de mi dote. Las reservas de artemisa lunar y raíz de luna que mi madrina me dio para curar a los heridos de esta manada. Los contactos que hice con tres manadas vecinas en mi nombre, no en el de los Ríos.
Sofía miró los papeles, después a Val, entendiendo poco a poco.
—Vas a pedirles cuentas.
—Voy a pedirles cuentas de cada hectárea, cada frasco, cada favor. —Val tomó una pluma y comenzó a escribir, con letra firme a pesar del temblor en sus dedos—. Durante tres años, esta manada usó mis recursos sin permiso. Nunca fueron suyos. Y ahora que el vínculo está roto, cada cosa que traje conmigo tiene que volver conmigo.
—Doña Milagros no va a permitir que…
—Doña Milagros no tiene que permitir nada. —Val no levantó la vista del papel—. La ley de la manada es clara: lo que una Luna trae al vínculo le pertenece si el vínculo se disuelve por decisión mutua o rechazo formal. Anoche hubo rechazo formal. De los dos lados.
Sofía guardó silencio un momento, observando cómo Val escribía columna tras columna, número tras número, sin una sola vacilación aunque su mano temblara.
—Hablando de Doña Milagros —dijo finalmente Sofía, bajando la voz—, esta mañana mandó llamar al servicio del Ala de Orquídeas. Dio orden de que no salgas del ala este sin escolta. Dice que es para "protegerte del escándalo", pero...
—Pero en realidad es para vigilarme. —Val terminó de escribir la línea y levantó la vista—. Que lo intente. No necesito salir del Ala de Orquídeas para hacer lo que tengo que hacer. Los documentos de ruptura ya deben estar listos, ¿verdad?
—Los terminé anoche, después de que te quedaras dormida un momento. —Sofía sacó un sobre sellado de su chal—. Solo falta la firma de Sebastián.
—La tendrá esta tarde.
Val se puso de pie de nuevo, más despacio esta vez, apoyando la mano en el borde del escritorio un segundo de más. Sofía se levantó también, lista para sostenerla, pero Val negó con la cabeza antes de que llegara a tocarla.
—Estoy bien.
—No lo estás. Y no pasa nada por decirlo, Val. Solo yo te veo así.
Algo en el rostro de Val se ablandó, apenas, solo para Sofía. Era la única persona ante quien Val bajaba la guardia, aunque fuera un instante.
—Estoy cansada —admitió, en voz mucho más baja que la que había usado toda la mañana—. Y me duele. Todavía me duele aquí. —Se tocó el pecho, justo sobre el corazón—. Pero no voy a permitir que ese dolor decida por mí.
Sofía asintió, apretándole la mano una última vez, y guardó los documentos de vuelta en el sobre.
—¿Qué hago con esto mientras tanto?
—Guárdalo. Se lo llevaremos a Sebastián en persona, cuando yo decida el momento. No antes.
El sol ya estaba alto cuando Sofía finalmente logró que Val comiera algo —apenas un pedazo de pan con miel, pero algo— y salió del Ala de Orquídeas a buscar agua fresca del pozo, ya que Doña Milagros había ordenado que ningún sirviente entrara sin anunciarse primero.
Val se quedó sola, cerrando de nuevo el cofre con los documentos de su dote, cuando algo la detuvo con la mano todavía sobre la cerradura.
Un sonido lejano entró por la ventana entreabierta del Ala de Orquídeas.
Un aullido.
No pertenecía a ningún lobo de la manada Ríos. Val conocía las voces de los licántropos que vivían en Hacienda Ríos, y esa no era de ellos. Venía de muy lejos, de más allá de las colinas que marcaban el límite del territorio, pero Val la oyó con claridad.
Ese aullido no era de guerra, ni de advertencia, ni de llamado a la manada. Era bajo y solitario. Le tocó el pecho justo donde el enlace roto seguía ardiendo.
Su loba interior, que llevaba toda la mañana inquieta, dolorida, replegada sobre sí misma, se quedó completamente quieta.
Después, despacio, las orejas invisibles de su loba interior se irguieron.
Val se acercó a la ventana, con el cofre de documentos todavía en las manos, y buscó en el horizonte.
No vio nada. Solo colinas verdes bajo el sol de la mañana y el cielo despejado, sin ningún rastro de la luna de sangre de la noche anterior.
El aullido no se repitió. Aun así, Val sintió que algo en su pecho despertaba junto a su loba.
—¿Quién eres? —susurró, hacia el horizonte vacío, sin esperar respuesta.
No la obtuvo. Pero su loba interior, por primera vez desde la noche anterior, dejó de dolerle.
se jodió esto
por fin ya era hora