Un divorcio es solo el principio
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El perdon
Alberto, con el zumbido de la humillación todavía en los oídos y la cara encendida, se subió a su auto. En su cabeza, la voz de Dante se repetía como un eco, pero su narcisismo —ese mecanismo de defensa infalible— filtró la realidad y la transformó en una oportunidad de "gloria".
—¿Así que ella no me mira? ¿Así que soy un fantasma? —masculló, arrancando el motor con un rugido innecesario—. Vamos a ver quién es el fantasma cuando le quite lo que más le duele: su estatus de "esposa perfecta".
Su movimiento "maestro" fue digno de un bufón vestido de rey. Decidió que la mejor forma de recuperar el control y castigar a Elena era hacer una escena pública de "reconciliación" en el evento de caridad más exclusivo de la ciudad, esa misma noche. Estaba convencido de que, frente a las cámaras de la alta sociedad y sus amigas las "víboras del té", Elena no se atrevería a rechazarlo. En su mente, él llegaría como un héroe trágico pidiendo perdón, ella lloraría, la gente aplaudiría y los abogados se quedarían sin trabajo.
Pero antes, cometió el error técnico que terminaría por sepultarlo. Intentó hacer una transferencia masiva de la cuenta de ahorros conjunta —esa que Elena ya le había advertido que estaba bajo vigilancia— a una cuenta fantasma en las Islas Caimán que él creía "invisible".
—Un millón de dólares para empezar de nuevo... con o sin ella —sonrió, dándole al botón de "Confirmar" desde su laptop en el asiento del auto.
Lo que Alberto no sabía era que Dante y Elena habían colocado una "cuenta trampa" (honeypot). En el momento en que pulsó Enter, no solo no se movió un centavo, sino que se disparó una alerta automática directamente al juzgado y al correo de la unidad de delitos financieros.
Creyéndose millonario y victorioso, Alberto se fue a una tienda de lujo, compró el esmoquin más caro que pudo encontrar (con la tarjeta corporativa que aún no sabía que estaba bloqueada) y se dirigió a la gala.
Llegó a la alfombra roja justo cuando Elena bajaba de un auto negro, viéndose como una diosa en un vestido de seda azul noche. Alberto irrumpió entre los fotógrafos, se puso de rodillas frente a ella y sacó un anillo de diamantes (que también acababa de "comprar" a crédito).
—¡Elena, amor mío! —gritó con una voz impostada de actor de quinta—. ¡Perdóname! ¡La oficina no significa nada sin ti! ¡Hagamos esto por nosotros, por nuestro imperio!
Los flashes cegaron la escena. El silencio fue sepulcral. Alberto sonreía, esperando que ella cayera en sus brazos. Pero Elena no se inmutó. Lo miró desde arriba con una mezcla de asco y profunda lástima.
—Alberto —dijo ella, con una voz que se escuchó perfectamente en todos los micrófonos de la prensa—, levántate. No solo tienes el esmoquin mal ajustado, sino que la policía te está esperando en la entrada lateral por intento de fraude bancario y robo de activos.
En ese momento, dos oficiales se acercaron por detrás. La "gloria" de Alberto se transformó en un video viral de TikTok titulado: "El esposo infiel más ridículo del año".