A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 21
Cap 21: El collar de rubíes
A las nueve y cuarenta de la noche, Lucía Bravante de Carvajal salió del baño con la compostura de tres generaciones intacta y, diez minutos después, se despidió del señor Tejada padre con un dolor de cabeza fingido. Sebastián se la llevó a la casa. Antes de subir al coche, le susurró:
—No regreso hoy, mamá. Voy a despachar lo de la muestra esta misma noche.
—Sí, mijo.
Camila los vio salir de lejos, desde la mesa cuatro, y se inclinó hacia Mariana.
—La señora Bravante, ¿se sintió mal?
—Calor, mija. Le pasó a media frase. Ya está mejor.
Camila no insistió.
* * *
A las diez y veinte, después del pastel, los invitados se dispersaron por las terrazas. Camila se separó dos pasos para ir a los tocadores del segundo piso —los del primero estaban ocupados— y Valentina Tejada Lascuráin apareció a su lado en el corredor con una sonrisa preparada.
—Camila. Te veo radiante. Acompáñame, conozco un tocador más tranquilo arriba.
—Gracias, Valentina.
Subieron juntas. Valentina hablaba con la fluidez ensayada de quien ha repetido la frase tres veces frente al espejo: que si el vestido le quedaba lindísimo, que si la línea del escote era exquisita, que dónde lo había mandado a hacer. Camila respondía corto. La antesala del tocador olía a tuberosas. El bolso de Camila —un clutch de tela negra que Mariana le había prestado esa misma tarde— descansaba sobre la consola de mármol mientras ella se acomodaba un mechón en el espejo.
Valentina, a su lado, abrió su propio bolso y dejó caer el lápiz labial al suelo con un movimiento natural.
—Ay, ¡qué torpe!
Se agachó. Sus dedos pasaron rápidos por debajo del clutch de Camila. Cuando se enderezó, traía el labial en una mano y un peine pequeño en la otra. Camila no notó nada.
—Mejor bajemos, mija. Don Augusto va a brindar.
—Vamos.
* * *
En el salón principal, Don Augusto pidió silencio para el último brindis de la noche. Cien invitados se acomodaron alrededor de la mesa larga. Damián, parado al lado de su madre, vio entrar a Camila y le hizo un gesto pequeño para que se acercara. Camila cruzó el salón con el clutch en la mano.
Antes de que llegara a Damián, la voz de Valentina cortó el murmullo del salón.
—Disculpen. ¡Disculpen! Doña Carmen. Falta el collar.
Doña Carmen levantó la cabeza.
—¿Cuál collar, mija?
—El collar de rubíes. El de la tía bisabuela. Estaba en la vitrina del descanso del segundo piso. Yo subí hace diez minutos y ya no estaba.
La sala se quedó callada. Don Augusto miró a Valentina. Doña Carmen miró el lugar de la vitrina —se veía desde el salón, atrás de un cordón de terciopelo, una vitrina de cristal abierta a medias—. Faltaba la pieza.
—Yo subí con Camila —siguió Valentina, sin alzar la voz, dejando que la frase se acomodara sola en el aire—. Antes no había revisado la vitrina. Después sí. Tal vez no fue ella. Pero alguien que estuvo en ese pasillo en los últimos quince minutos sí. Yo no sé qué hacer.
Camila se quedó muy quieta. Sintió, sin necesidad de mirar abajo, el peso del clutch contra la cadera. Distinto. Más pesado.
Patricia Lascuráin de Tejada se acercó a su hija con la solemnidad rápida de las amenazas mal disimuladas.
—Carmen. Por respeto a la casa, hay que revisar.
—No tengo problema —dijo Camila, en voz nivelada—. Pueden revisar.
Abrió el clutch ella misma. Antes de que nadie se acercara, sin teatro. Sacó el lipstick, el celular, las llaves del departamento. Y al fondo, envuelto en el forro de seda flojo del bolso —que Camila no había abierto en toda la noche—, brilló la cadena.
Murmullos. Tres celulares se levantaron.
—¡Ay, por Dios! —Patricia se llevó la mano al pecho—. Desde el principio se me hizo raro que una chica así se sentara en la mesa cuatro. Una ladrona. Una ladrona en la casa.
—Patricia. —Mariana habló por primera vez, con la voz de quien ha sostenido salones durante treinta años—. Cuida la palabra que estás eligiendo.
—Yo no estoy eligiendo nada, Mariana. Las palabras se eligen solas con los hechos.
Doña Carmen se inclinó hacia Don Augusto. El patriarca apoyó la mano en el bastón. No dijo nada. Esperó.
Camila levantó la barbilla. Habló sin elevar la voz, mirando a Valentina y nada más a Valentina.
—Yo no tomé eso. Y lo voy a demostrar.
Damián avanzó entre los invitados. La multitud se abrió. Se plantó al lado de Camila —a su lado, no delante— y miró a Valentina con esa quietud que ya había usado en la cena del St. Regis.
—Valentina.
—Damián.
—Nadie acusa a Camila Lazcano en mi casa. Nadie. Eso no es tema de conversación esta noche.
Después se giró a Mauricio, que ya estaba dos pasos atrás de él, y le habló sin levantar la voz.
—Tráeme las grabaciones del pasillo del segundo piso y de la antesala de los tocadores. Las últimas dos horas. Quiero las tres cámaras.
—Sí, licenciado.
—Don Augusto. —Damián se giró al patriarca—. Pido permiso para resolverlo aquí mismo. Antes de que nadie se vaya de esta casa. Para que mañana no haya dos versiones.
Don Augusto miró a su nieto un segundo largo. Después miró a Camila. Después miró el clutch en la mano de ella, con el collar de rubíes asomando del forro como una víbora bonita.
—Permiso concedido —dijo el patriarca—. Mauricio, tráelas.
* * *
Valentina sonrió todavía. Pero algo en sus ojos tembló.
Mariana, sin que la viera nadie, se acercó a Camila por el otro flanco y le tocó la espalda con dos dedos. Camila no la miró. Mantuvo los ojos en Valentina.
Patricia respiró por la nariz y se acomodó la pulsera. Por primera vez en treinta años, no encontró el tono de su voz.
—Damián, mijo. —Patricia ensayó—. Una grabación se puede malinterpretar.
—Tía Patricia. Las grabaciones no se malinterpretan. Se ven. Y si se ve algo distinto a lo que estoy esperando, le pido disculpas a Valentina aquí mismo. Frente a todos. Si no, lo que se ve es lo que se ve.
Camila no se movió. El clutch seguía abierto en su mano. El collar de rubíes goteaba luz roja por el forro de seda.
—Don Augusto. —Camila habló, dirigida solo a él—. Mientras llega Mauricio, ¿puedo poner el collar sobre la mesa, ahí donde lo vea toda la sala? Para que nadie diga que se lo escondí o que me lo cambié.
—Ponlo, mija.
Camila caminó tres pasos. Sacó el collar del clutch sin tocar los rubíes con las yemas —solo el broche, por la parte que ya estaba abierta— y lo dejó sobre el centro de la mesa larga, frente al lugar de Don Augusto. La pieza vibró un segundo bajo las velas. Cien invitados la miraron.
Valentina tragó saliva.
Doña Carmen estiró la mano hacia el collar.
—Es el de mi suegra. El del retrato del comedor. Sí. Es este.
—¿Algo más, abuela? —preguntó Damián.
—Está completo.
—Bien.
* * *
Mauricio asintió. Salió del salón sin hacer ruido. La puerta principal se cerró tras él con la suavidad de quien ha aprendido a no romper la quietud de los lugares donde las cosas importantes todavía no se han dicho.
Cien invitados se quedaron quietos. Cien copas a media altura. La banda en la terraza, al fondo, tocó dos compases más y se calló sola, como si los músicos hubieran entendido por instinto que el salón ya no era de ellos.
Patricia respiró por la nariz. Quiso decir algo y no le salió. Valentina mantuvo la sonrisa cinco segundos más de lo que el cuerpo le aguantaba; en el sexto, la sonrisa se le cayó del rostro como un broche que se desabrocha solo.
Camila no se movió de su lugar al lado de la mesa. El collar de rubíes seguía sobre el mantel, latiendo rojo bajo las velas. Doña Carmen lo miraba sin tocarlo. Don Augusto no le quitaba los ojos de encima a Valentina.
Damián se inclinó apenas hacia Camila. No la tocó. Habló en voz baja, solo para que ella oyera.
—Pase lo que pase en los próximos diez minutos, no respondas tú. Yo respondo. ¿Trato?
—Trato.
—¿Estás bien?
—No. Pero estoy entera.
—Eso es lo mismo, esta noche.
Camila no contestó.
Mariana caminó despacio entre los invitados, sin pretender que estaba caminando entre los invitados, hasta llegar al lado de Doña Carmen. Le susurró algo al oído. La suegra asintió una sola vez.
Valentina, dos metros más allá, intentó dar un paso hacia la puerta principal del salón.
—Quédate, mija —dijo Don Augusto, sin levantar la voz—. Hasta que regrese mi nieto con lo que pidió, nadie sale de esta sala.
Valentina se quedó.
* * *
Los minutos siguientes le pertenecieron a un silencio que ninguno de los invitados iba a olvidar. Los meseros, entrenados en años de servicio, se replegaron a las paredes y dejaron las charolas en las repisas. Los celulares se bajaron uno por uno cuando los socios entendieron que registrar ese momento sin permiso era arriesgar la relación comercial con Grupo Tejada durante el siguiente decenio. Mariana se sentó al lado de Camila, sin tocarla, y le puso el clutch vacío a un lado de la copa.
Camila respiraba despacio. Contaba las velas del candelabro central —diez— para no contar los segundos. Cuando llegó al diez por tercera vez, oyó pasos en el corredor.
Mauricio había vuelto.
Traía una tablet en la mano y, dos pasos atrás, al técnico de seguridad de la casa con una segunda tablet en una funda. No los miró a ningún invitado al entrar. Caminó directo a Don Augusto.
—Licenciado. Patriarca. Aquí están las tres cámaras del segundo piso. Solicito permiso para conectarlas a la pantalla principal del salón.
Don Augusto asintió una sola vez.
Mauricio se giró hacia la pared del fondo. El televisor de pared, el que solo se usaba para las transmisiones de la liga, se encendió con un parpadeo. La luz azul fría chocó con la luz amarilla de las velas y dejó la sala dividida en dos temperaturas.
Mauricio carraspeó. Habló sin tono, sin teatro, con la voz funcional de quien ha grabado cien minutos en cien juntas.
—Pasillo del segundo piso. Cámara dos. Veintiuno cuarenta y siete.
Buscó la barra de tiempo con el dedo.
Cien invitados se giraron, despacio, hacia la pantalla.
Damián se puso un milímetro más cerca de Camila. Sin tocarla. Solo más cerca.
El video empezó a correr.