Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 2
El despertar, sin embargo, fue una caída abrupta y helada hacia la realidad de la mañana. Cuando los primeros rayos del sol se filtraron por el inmenso ventanal, iluminando la lujosa habitación de hotel, Irina estiró el brazo de manera perezosa buscando el calor de la noche anterior. Sus dedos solo encontraron el vacío y la textura lisa de las sábanas de seda, completamente frías.
Se incorporó de golpe, sintiendo un vuelco violento en el estómago mientras recorría la suite presidencial con la mirada. El lugar estaba sumido en un silencio sepulcral. No había ropa tirada en la alfombra, ni notas sobre la mesa de noche, ni el menor rastro físico del hombre que la había hecho tocar el cielo pocas horas antes; el Alfa se había marchado en absoluto silencio, dejándola completamente sola. Un sentimiento de abandono mezclado con una profunda humillación la golpeó de lleno. Se había entregado por completo a un desconocido del que ni siquiera sabía el nombre, guiada únicamente por una atracción salvaje y un aroma a sándalo que todavía flotaba levemente en el aire.
Obligándose a tragar la frustración y el orgullo herido, Irina se levantó de la cama a toda prisa. No tenía tiempo para lamentos románticos ni crisis existenciales: ese lunes era el día más importante de su año. Tras semanas de esfuerzo para graduarse en diseño gráfico, hoy comenzaba su pasantía profesional en la Textilera Galo, la firma de alta costura más prestigiosa y poderosa de Roma, a la cual había sido asignada por sus excelentes calificaciones.
Media hora después, tras un viaje en metro donde intentó ocultar el cansancio y las ojeras con una buena capa de maquillaje, Irina se encontraba frente al imponente edificio de cristal y acero que servía de sede para el imperio Galo. El vestíbulo era un hervidero de actividad ejecutiva, con pantallas de última generación que proyectaban las campañas de moda y empleados moviéndose con una eficiencia implacable. Tras registrarse en la entrada, fue guiada por los ascensores hasta el moderno departamento de diseño gráfico, tratando con todas sus fuerzas de concentrarse en su carrera y enterrar el recuerdo de la noche anterior.
—Bienvenida a Galo, Irina. Aquí el ritmo es brutal, así que espero que estés lista para dar el mil por ciento —le advirtió el supervisor del área, un Omega de aspecto pulcro pero visiblemente estresado, mientras le señalaba su cubículo provisional—. El dueño de la empresa es extremadamente exigente con la imagen de la marca, y hoy pasará a revisar los portafolios y las propuestas de los nuevos pasantes. Así que mantén la cabeza baja y tu trabajo impecable.
Irina asintió, acomodando sus herramientas digitales y encendiendo la tableta gráfica mientras intentaba calmar los nervios que hacían mella en su estómago. Pasaron un par de horas en las que se sumergió por completo en la edición de unos catálogos, logrando por fin distraer su mente. Sin embargo, a media mañana, un silencio sepulcral cayó repentinamente sobre todo el piso. Los murmullos del personal cesaron y el aire del departamento pareció densificarse de golpe, adquiriendo un peso imponente que a Irina le resultó horriblemente familiar.
Las puertas del ascensor privado se abrieron al final del pasillo y los pasos firmes de un grupo de ejecutivos comenzaron a resonar en el suelo de madera pulida. Irina levantó la vista de la pantalla, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho cuando el aroma a sándalo y tormenta inminente inundó el pasillo, borrando cualquier otro olor en la oficina.
Caminando al frente del séquito, vistiendo un traje gris marengo hecho a medida que resaltaba su porte atlético y dominante, estaba él. El Alfa del bar. El hombre que la había poseído con una pasión devastadora y la había abandonado al amanecer avanzaba por el departamento con una expresión de absoluta frialdad. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y sus ojos recorrían el lugar con una indiferencia letal que helaba la sangre.
—Señor Galo, estos son los bocetos preliminares para la campaña de la nueva temporada —explicó el supervisor, con la voz ligeramente temblorosa debido a la imponente presencia del Alfa.
Irina se quedó petrificada en su silla, con la respiración contenida, esperando el momento en que las miradas de ambos se cruzaran y la máscara de hielo de su jefe se rompiera. Damian Galo detuvo su caminata justo frente a su cubículo, bajando la vista hacia la pantalla de ella y luego, lentamente, clavando sus ojos oscuros directamente en el rostro pálido de Irina.
El silencio entre ambos se volvió asfixiante. Ella podía jurar que él recordaba cada segundo, cada jadeo de la madrugada, porque las pupilas del Alfa se dilataron apenas una fracción de milímetro al percibir el rastro de su propio aroma en ella. Sin embargo, lo que vino a continuación fue un golpe devastador para Irina.
—El concepto es plano y carece de fuerza. Que lo rehaga desde cero si quiere conservar la pasantía —dictaminó Damian, con una voz gélida y desprovista de cualquier emoción o reconocimiento, como si estuviera hablando con un objeto insignificante.
No hubo una pizca de complicidad, ni un saludo, ni el más mínimo parpadeo que indicara que la conocía. Damian Galo la ignoró por completo, dándose la vuelta para continuar su camino por el pasillo mientras el séquito de secretarios anotaba sus órdenes. Irina se quedó congelada en su asiento, sintiendo una mezcla ardiente de rabia y humillación quemándole el pecho, mientras una de las diseñadoras senior se acercaba a su espacio para susurrarle con lástima.
—No te lo tomes como algo personal, niña. El señor Damian es un Alfa de hielo, nadie logra sacarle una reacción profesional que no sea una crítica. Además, hoy está de peor humor porque tiene un almuerzo ejecutivo con su esposa, la señora Galo. Estar casado con una de las herederas más influyentes de la industria lo vuelve un hombre intocable.
Las palabras de su compañera resonaron en la mente de Irina como un balde de agua helada. *Casado.* El hombre misterioso, su nuevo jefe supremo y el Alfa que la había reclamado en la oscuridad de una suite, tenía una esposa. Mientras observaba la imponente espalda de Damian desaparecer tras las puertas dobles del ala ejecutiva, Irina apretó los puños sobre el escritorio, dándose cuenta de que acababa de entrar en un juego peligroso donde las reglas ya estaban escritas, y ella acababa de convertirse en el secreto mejor guardado del Alfa.