**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
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CAPÍTULO 3
La capilla del rancho olía a velas y flores marchitas.
Manuela entró con la espalda recta y los tacones repicando contra el piso de madera como disparos. Había elegido un vestido negro Chanel. Todas las cabezas se giraron cuando la vieron entrar. El murmullo de conversaciones se detuvo en seco.
La urna plateada descansaba sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, rodeada de velas y fotografías de su padre en sus mejores tiempos. Tiempos cuando este rancho significaba algo, cuando el apellido Hernández era sinónimo de respeto y no de ruina. Y junto a la urna, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí, estaba Ernesto Salazar. Más alto de lo que recordaba. Los años lo habían convertido en un hombre de hombros anchos y manos callosas, con ese bronceado que venía de trabajar bajo el sol. Vestía traje negro que le quedaba demasiado ajustado en los hombros, como si lo hubiera comprado hace años cuando era más delgado.
Sus ojos se encontraron a través de la capilla.
Ernesto se puso rígido, como si acabara de ver un fantasma materializado frente a él.
Manuela caminó hacia el frente con pasos medidos, consciente de que cada persona en esa capilla la observaba, la juzgaba, murmuraba sobre la hija que había abandonado a su padre y ahora regresaba solo porque estaba muerto.
Que pensaran lo que quisieran. Ya no le importaba la opinión de esta gente.
—Manuela. —Ernesto dio un paso hacia ella con expresión cautelosa—. No esperaba... no sabíamos si vendrías.
—Sorpresa. —Se detuvo frente a la urna, mirando las cenizas que una vez fueron el hombre que la rechazó—. Aquí estoy.
—Lamento mucho lo de tu padre. Era como un padre para mí también.
Esas palabras. Las mismas malditas palabras que su padre había usado para destrozarla cinco años atrás.
"El hijo que merecía tener."
—Sí, eso me dijeron. —Manuela lo miró directamente a los ojos—. El hijo que siempre quiso. El hijo perfecto que yo nunca pude ser.
Ernesto tuvo la decencia de verse incómodo.
—No fue así, Manuela. Tu padre te quería mucho, solo que...
—¿Solo que qué? ¿Solo que prefería un hombre para manejar su rancho? ¿Solo que pensaba que yo no valía lo suficiente?
El silencio que siguió fue absoluto. Todos en la capilla fingían no escuchar, pero Manuela sabía que cada palabra estaba siendo grabada en sus mentes para convertirse en chisme del pueblo durante semanas.
Perfecto. Que hablaran.
—Quizás deberíamos tener esta conversación en privado —dijo Ernesto con voz baja.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de lo que pueda decir frente a todos?
—Manuela, por favor. Tu padre acaba de morir. Este no es el momento ni el lugar para...
—Tienes razón. —Manuela se giró hacia la urna—. Este es el momento para despedirse. Para fingir que lamentamos su muerte. Para actuar como si fuéramos una familia feliz.
Se arrodilló frente a la urna, juntó las manos como si estuviera rezando, y nadie excepto ella sabía que las palabras que salían de sus labios no eran oraciones.
"Descubre quién. Véngame."
Eso había pedido su padre en esa carta. Venganza. Justicia.
Y por Dios que se la daría.
La misa fue larga y dolorosamente hipócrita. El padre Gómez habló de Héctor Hernández como si hubiera sido un santo, un hombre de familia devoto, un pilar de la comunidad.
Manuela apretó los dientes durante todo el sermón, resistiendo el impulso de levantarse y gritar la verdad. Que su padre había sido un machista que destruyó a su propia hija. Que había preferido darle su imperio a un extraño antes que a su sangre.
Cuando finalmente terminó, la gente comenzó a acercarse para darle el pésame. Abrazos incómodos. Palmadas en el hombro. Palabras vacías que se suponía debían consolarla.
—Don Esteban quiere verte en el estudio —le susurró Doña Carmen cuando logró acercarse—. Para la lectura del testamento. Dice que es urgente.
Manuela asintió y se dirigió hacia la casa principal, escapando del mar de condolencias falsas.
El estudio olía igual que siempre. Whisky y tabaco de pipa. Su padre podría estar muerto, pero su presencia todavía impregnaba cada rincón de ese lugar. Don Esteban ya estaba ahí, con su maletín de cuero gastado y esa expresión de abogado que había visto demasiado en su carrera. Valentina estaba sentada en el sofá, con los ojos rojos e hinchados. Ernesto entró justo detrás de Manuela y cerró la puerta.
—Gracias por venir todos. —Don Esteban se ajustó los lentes—. Procederé con la lectura del último testamento y voluntad de Don Héctor Hernández.
Sacó varios documentos de su maletín y comenzó a leer con voz pausada y profesional.
—Este testamento fue firmado hace tres años ante notario público. En él, Don Héctor dispone lo siguiente: todos sus bienes, incluyendo la Hacienda San Rafael con sus tierras, construcciones, ganado y maquinaria, pasan a ser propiedad única y absoluta de su hija, Manuela Hernández Mendoza.
Algo se aflojó en el pecho de Manuela. Su padre le había dejado el rancho. A pesar de todo, a pesar del rechazo y las palabras crueles, le había dejado su legado. Pero Don Esteban continuó leyendo, y cada palabra fue como un nuevo cuchillo enterrándose en su espalda.
—Sin embargo, nombro como administrador vitalicio e irrevocable de la hacienda a mi ahijado Ernesto Salazar. Mi hija no podrá removerlo de este cargo bajo ninguna circunstancia mientras él desee mantenerlo. Además, mi esposa Valentina de Hernández tendrá derecho perpetuo a residir en la casa principal, y Manuela deberá proveerle manutención digna hasta su muerte o hasta que ella decida partir voluntariamente.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Manuela procesaba las palabras una por una. Vitalicio. Irrevocable. No podrá removerlo. Perpetuo.
Su padre le había dado el rancho con una mano, pero se lo había quitado con la otra. Le había regalado una prisión disfrazada de herencia.
—Hay más. —Don Esteban sacó otra carpeta—. Referente a la situación financiera de la hacienda.
Ernesto se puso pálido.
—Don Esteban, quizás deberíamos discutir eso en privado...
—La señorita Hernández tiene derecho a saber la verdad completa. —El abogado abrió la carpeta—. Según estos documentos, la hacienda tiene deudas por un total de tres millones doscientos mil pesos.
El número golpeó a Manuela como puñetazo en el estómago.
—¿Tres millones? ¿Cómo es posible?
—Préstamos solicitados durante los últimos tres años. —Don Esteban revisó los papeles—. El mayor acreedor es el señor Damián Cortés, con dos millones de pesos. El resto son deudas con proveedores, el banco, impuestos atrasados.
—¿Para qué demonios necesitó mi padre tres millones de pesos?
La mirada de Don Esteban se desvió hacia Ernesto y Valentina antes de volver a Manuela.
—Según los registros, gran parte del dinero fue utilizado en mejoras al rancho que nunca se completaron, equipamiento que nunca llegó, y gastos personales de... —hizo una pausa significativa— ...la familia.
Manuela siguió su mirada. Valentina se retorcía las manos en el regazo, incapaz de sostenerle la vista. Ernesto tenía la mandíbula apretada y las manos convertidas en puños.
—Gastos personales. —Manuela repitió las palabras lentamente, dejando que se asentaran—. ¿Qué tipo de gastos personales?
—Una camioneta nueva para el administrador. Renovaciones a la casa principal. Un viaje a Europa. Joyas. Ropa de diseñador. —Don Esteban leyó la lista como si fuera un inventario del supermercado—. Todo cargado a las cuentas del rancho.
La rabia comenzó a hervir en las venas de Manuela, caliente y venenosa.
—Déjame ver si entiendo correctamente. —Su voz salió peligrosamente calmada—. Durante los últimos tres años, mientras mi padre enfermaba, ustedes dos se dedicaron a sangrar el rancho. A endeudarlo hasta la quiebra para financiar sus lujos.
—No fue así. —Valentina finalmente habló, con voz temblorosa—. Tu padre aprobó cada gasto. Él quería que fuéramos felices, que tuviéramos lo que necesitábamos.
—¿Lo que necesitaban? —Manuela se levantó de golpe—. ¿Necesitaban un viaje a Europa? ¿Joyas? ¿Una camioneta del año mientras el rancho se caía a pedazos?
—Tu padre estaba enfermo. —Ernesto se puso de pie también—. No siempre tomaba las mejores decisiones. Yo traté de aconsejarlo, pero...
—¿Lo aconsejaste? —Manuela rio sin humor—. ¿Lo aconsejaste a gastar millones en ustedes mientras el ganado se moría de hambre?
—¡Basta! —gritó Valentina—. No tienes derecho a juzgarnos. Estuvimos aquí cuidándolo mientras tú estabas en la capital jugando a la empresaria exitosa. Nosotros fuimos su familia cuando tú lo abandonaste.
—Yo lo abandoné porque él me echó. Porque prefirió a este —señaló a Ernesto— antes que a mí.
—Y con razón. —Ernesto dio un paso hacia ella—. Porque cuando las cosas se pusieron difíciles, tú huiste. Yo me quedé. Yo trabajé este rancho día y noche mientras tú vivías tu vida de lujos en la ciudad.
—¿Trabajaste el rancho? —Manuela sacó su teléfono—. Tengo los registros financieros aquí. Y sabes qué dicen, Ernesto. Dicen que la producción de ganado ha bajado un cuarenta por ciento en tres años. Que las tierras están descuidadas. Que los empleados no han recibido aumentos mientras tú te compraste una camioneta de cincuenta mil dólares.
El color abandonó el rostro de Ernesto.
—Esos registros son privados. No tenías derecho a...
—Tengo todo el derecho. Soy la dueña. —Manuela lo miró directo a los ojos—. Y voy a descubrir exactamente qué hicieron. Cada peso que robaron. Cada mentira que le dijeron a mi padre.
—No robamos nada. —Valentina se puso de pie con las manos temblorosas—. Todo fue con el conocimiento y aprobación de Héctor.
—Un hombre enfermo y envenenado. Qué conveniente que aprobara todo justo cuando estaba más vulnerable.
—¿Sigues con esa locura del envenenamiento? —Ernesto negó con la cabeza—. Tu padre murió de un infarto. El doctor lo certificó.
—Un doctor que ustedes llamaron. Un cuerpo que ustedes cremaron antes de que nadie pudiera hacer una autopsia.
Don Esteban se aclaró la garganta incómodo.
—Señorita Manuela, entiendo su frustración, pero sin pruebas no puede hacer acusaciones tan graves.
—Entonces conseguiré pruebas. —Manuela guardó su teléfono—. Y cuando las tenga, van a desear no haber nacido.
Se dirigió hacia la puerta, necesitando salir de ahí antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.
—Manuela, espera. —Don Esteban la detuvo—. Hay un asunto más. El préstamo con el señor Cortés vence en treinta días. Si no se paga la cantidad completa, él puede ejecutar la garantía hipotecaria.
—¿Qué garantía?
—Las tierras del río. Las quinientas hectáreas que incluyen el manantial.
El corazón de Manuela se detuvo.
El manantial. La única fuente de agua permanente. Sin eso, el rancho no valía nada.
—Mi padre hipotecó el manantial.
—Sí. Hace seis meses, cuando necesitaba efectivo urgente.
—¿Para qué necesitaba efectivo urgente?
Don Esteban miró a Valentina.
—Para pagar los gastos médicos de la señora. Un tratamiento experimental en Estados Unidos que resultó ser... innecesario.
Manuela cerró los ojos. Por supuesto. Un último robo disfrazado de emergencia médica.
—Treinta días —repitió.
—Sí. El señor Cortés ha sido muy paciente, considerando las circunstancias.
—Paciente. —Manuela casi rio—. ¿O simplemente está esperando el momento perfecto para quedarse con lo que quiere?
Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.
Doña Carmen asomó la cabeza con expresión nerviosa.
—Perdón por interrumpir, niña. Pero el señor Cortés está aquí. Dice que necesita hablar urgentemente con la señorita Manuela sobre los términos del préstamo.
Por supuesto que estaba aquí. Como si lo hubieran invocado con solo mencionar su nombre.
Manuela se alisó el vestido y levantó la barbilla.
—Que pase.
La puerta se abrió completamente y Damián Cortés entró al estudio como si fuera dueño del lugar. Traje gris impecable. Corbata negra por respeto al funeral. Y esos ojos oscuros que la encontraron inmediatamente, quemándola con una intensidad que no tenía lugar en una reunión de negocios.
—Señorita Hernández. —Su voz le erizo la piel—. Lamento interrumpir, pero tenemos asuntos urgentes que discutir.
—Señor Cortés. —Manuela mantuvo su voz fría y profesional—. Qué oportuno de su parte aparecer justo cuando estábamos hablando de usted.
La sonrisa de Damián fue lenta y peligrosa.
—Tengo un talento especial para aparecer en el momento exacto. —Sus ojos se deslizaron brevemente hacia Valentina y Ernesto antes de volver a ella—. ¿Podemos hablar en privado?
—Todo lo que tenga que decir puede decirlo frente a ellos.
—Lo dudo. —Damián se metió las manos en los bolsillos—. A menos que quiera que todos sepan exactamente cuán desesperada es su situación financiera.
Ernesto se puso de pie.
—No tienes derecho a hablarle así.
—Tengo todo el derecho. —Damián no le prestó atención, su mirada fija en Manuela—. Tengo dos millones de razones para hablarle como me dé la gana. Y en treinta días, tendré quinientas hectáreas más de razones.
El silencio que siguió fue tenso como cuerda de violín a punto de romperse.
Manuela evaluó sus opciones. Podía echarlo. Podía gritarle. Podía hacer una escena.
O podía ser más inteligente que eso.
—Está bien. —Se giró hacia Don Esteban—. ¿Podría darnos un momento, por favor?
El abogado asintió y salió rápidamente, agradecido de escapar de la tensión. Valentina y Ernesto lo siguieron, aunque Ernesto le lanzó una mirada de advertencia antes de cerrar la puerta.
Dejándola sola con Damián Cortés.
El hombre que podía quitarle todo.
El hombre que ayer había visto desnudo junto al río.
El hombre que la miraba ahora como si quisiera devorarla entera, testamento y deudas incluidos.
—Treinta días, Manuela. —Dio un paso hacia ella—. ¿Qué vas a hacer?
Ella levantó la barbilla desafiante.
—Voy a quedármelo todo. Y después voy a descubrir quién mató a mi padre.
La sonrisa de Damián se ensanchó.
—Esto va a ser mucho más interesante de lo que pensé.