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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Elena.

Capítulo 13:Elena

El perdón no es un destino. Es un camino que se construye paso a paso, día a día, con pequeñas decisiones que parecen insignificantes pero que, juntas, cambian el rumbo de toda una vida.

El regreso a Punta Brava fue distinto al viaje de ida.

No había silencio pesado ni miradas evasivas. No había tensión en el aire ni nudillos blancos en el volante. En su lugar, había una sensación de ligereza, como si la carta de Sofía hubiera sido la última pieza de un rompecabezas que llevábamos diez años intentando armar.

Mateo conducía con una mano en el volante y la otra en la mía, sus dedos entrelazados con los míos sobre el reposabrazos. De vez en cuando, levantaba mi mano y la besaba, como si necesitara recordarse a sí mismo que yo estaba allí, que éramos reales, que todo aquello no era un sueño.

¿En qué piensas?,preguntó, rompiendo el silencio cómplice que nos envolvía.

En lo rápido que cambian las cosas respondí, mirando el paisaje que se deslizaba tras la ventanilla. Hace dos semanas, te odiaba con todas mis fuerzas. Y ahora... ahora no puedo imaginar mi vida sin ti.

Suena a película de amor barata dijo, con una sonrisa.

Pues sí. Pero es nuestra película de amor barata.

Soltó una risa baja y profunda, esa risa que siempre me había desarmado, y apretó mi mano con más fuerza.

Cuando llegamos a Punta Brava, Lucía salió corriendo a recibirnos. La niñera, una mujer de cabello canoso y sonrisa cálida llamada Rosario, la seguía con una expresión de alivio.

La pequeña no ha dejado de preguntar por ustedes, dijo Rosario. Estaba muy preocupada.

Lo siento, princesa dijo Mateo, arrodillándose para abrazar a Lucía. Tuvimos que hacer un viaje urgente.

¿Están bien?,preguntó Lucía, con sus ojos verdes llenos de seriedad.

Estamos bien, cariño... respondí, acariciando su cabello. Mejor que bien.

Esa noche, después de cenar, Mateo y yo nos sentamos en la terraza, como habíamos hecho tantas veces en los últimos días. Pero esta vez no había vino, ni copas, ni necesidad de calmar los nervios. Solo nosotros y el sonido de las olas.

He estado pensando, dijo tomando mi mano. En el futuro. En lo que viene después de todo esto.

¿Y qué has pensado?

Quiero que te quedes. No solo un año. Quiero que te quedes para siempre.

Mi corazón dio un vuelco. No era una propuesta de matrimonio, pero se sentía igual de importante. Era una promesa. Un compromiso. Una declaración de que él no quería volver a perder el tiempo.

Mateo, yo... comencé, pero él me interrumpió.

No tienes que responder ahora. Solo quiero que sepas que esto no es temporal para mí. Que no es un año de prueba. Que es el resto de mi vida, si tú quieres.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio. De saber que, después de todo, el amor había ganado.

Quiero, susurré. Quiero quedarme.

Nos besamos bajo la luz de la luna, con el mar como testigo y el viento como cómplice. Y en ese beso, supe que todo lo que habíamos sufrido había valido la pena.

Los días siguientes fueron un remanso de paz.

Mateo y yo establecimos una rutina que se sentía natural, como si siempre hubiéramos estado allí. Las mañanas comenzaban con café en la terraza, viendo el sol salir sobre el océano. Las tardes eran para Lucía, para juegos en la playa y paseos por el acantilado. Las noches eran para nosotros, para conversaciones interminables y caricias que nunca se cansaban de explorar.

Y entonces, una semana después de nuestra vuelta, llegó la visita inesperada.

El coche apareció en el camino de acceso a la casa un domingo por la tarde. Un coche azul, discreto, que no reconocí. Mateo salió a recibirlo, y yo me quedé en el umbral, con el corazón latiendo con fuerza.

Del coche bajó una mujer. No era Sofía. Era alguien más. Alguien que no había visto en años.

¿Mamá?,pregunté y mi voz era apenas un susurro.

Mi madre, la mujer que según todos los informes había muerto en el incendio, estaba allí, de pie en el camino de entrada, con el cabello gris y el rostro surcado por las arrugas.

Elena dijo, y su voz era un hilo. Hija mía.

Quise correr hacia ella, abrazarla, gritar, hacer todas las cosas que una hija debería hacer cuando ve a su madre después de diez años de creerla muerta. Pero mis piernas no respondían. Mis brazos no respondían. Solo podía mirarla, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que el mundo se desmoronaba una vez más.

¿Qué...? logré decir. ¿Cómo...?

Mateo se acercó a mí y me tomó la mano.

Lo siento Elena dijo y su voz era grave. Debí decírtelo antes. Pero no sabía cómo. Tu madre... sobrevivió al incendio. Sofía no lo sabía. Nadie lo sabía. Tu padre la escondió, la protegió, porque ella era el verdadero objetivo de Sofía.

¿Mi madre...?, repetí, sintiendo que las palabras se me escapaban.

No fui yo quien murió aquella noche, dijo mi madre, dando un paso hacia mí. Fue una vecina, una mujer que se parecía a mí, que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Tu padre la escondió. Me escondió a mí. Para protegerme de Sofía. Y luego, cuando él murió, yo... yo no supe cómo volver a ti. No supe cómo decirte que seguía viva, que te había abandonado.

Las lágrimas brotaron de mis ojos como un río desbordado.

Diez años susurré y mi voz se quebró. Diez años creyendo que estabas muerta. Diez años llorándote, odiando a Mateo, destrozando mi vida. ¿Y todo este tiempo... estabas viva?

Sí hija respondió mi madre y sus ojos también se llenaron de lágrimas. Y no hay perdón que pueda pedirte que sea suficiente.

Me solté de la mano de Mateo y caminé hacia ella. Mis pasos eran torpes, inseguros, como los de un niño que aprende a andar. Cuando llegué a su altura, la miré a los ojos y vi en ellos el mismo verde que los míos, el mismo que había heredado Lucía.

Y entonces, sin pensarlo, la abracé.

Eres una idiota susurré contra su hombro. Una maldita idiota.

Lo sé, hija. Lo sé.

Y allí, abrazada a mi madre después de diez años de silencio, entendí que el perdón no era un destino.

Era un camino.

Y yo acababa de dar el primer paso.

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