Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 18 La advertencia del médico
El viaje en ambulancia fue rápido, aunque para mí se sintió como una eternidad.
Estaba medio desmayada, con los ojos cerrados, sintiendo el movimiento del vehículo y escuchando los pitidos de los monitores que marcaban mi estado.
Damián nunca soltó mi mano, su agarre era fuerte y seguro, a pesar de que no dijo ni una palabra.
Llegamos al hospital y me llevaron directamente a la sala de urgencias.
Los médicos y enfermeras se movieron con rapidez, revisándome, conectándome a más equipos, tomándome sangre para análisis.
Damián tuvo que soltarme cuando me llevaron a la sala de tratamiento, y se quedó de pie en la puerta, mirándome con el rostro aún pálido y los ojos llenos de preocupación.
Pasaron unas horas antes de que el médico saliera a hablar con él.
Era el mismo que había venido a la casa, con el rostro serio y la voz firme.
Se acercó a Damián y le hizo una seña para que se sentaran en un banco del pasillo, lejos de los demás.
—Señor —empezó el médico, con un tono que no admitía equivocaciones—.
Quiero ser claro con usted.
Lo que le dije en la casa era cierto:
Su esposa está en estado de shock emocional muy grave.
La fiebre era un síntoma de ese malestar interno, pero lo que realmente la puso en peligro fue el intento de suicidio.
Damián se quedó callado, apretando los puños sobre las piernas.
—Le dije que debíamos internarla de inmediato —siguió el médico—.
El shock emocional puede llevar a cosas como estas, incluso al suicidio, cuando el dolor es demasiado grande y la persona no ve salida.
Hay algo que le ha causado un daño profundo, un dolor que la ha llevado a tomar esa decisión desesperada.
El médico hizo una pausa, mirando a Damián a los ojos.
—Ahora mismo está en coma.
No es un coma profundo, pero no sabemos cuándo despertará.
Podría ser en horas, días, incluso semanas.
Eso depende de ella, de su cuerpo y de cuánto quiera luchar.
Pero hay algo más que usted debe saber:
cuando despierte, el riesgo no habrá pasado.
Ella lo puede volver a intentar.
Damián se quedó paralizado al escuchar esas palabras.
Su rostro se puso aún más blanco, y tuvo que agarrarse al borde del banco para no caerse.
—¿Qué... qué tengo que hacer? —preguntó con voz apenas audible.
—La primera regla:
Ella no debe quedar sola ni un instante.
Tiene que tener a alguien con ella todo el tiempo, para vigilarla, para hablarle, para que se sienta acompañada.
El aislamiento es lo peor que le puede pasar en este momento.
También tendremos que ponerla en tratamiento psiquiátrico cuando desperté, para ayudarla a procesar ese dolor que la ha llevado hasta aquí.
El médico se levantó, preparándose para irse.
—Usted es su esposo.
Ella necesita su apoyo, aunque parezca lo contrario.
Hay algo que le está rompiendo el corazón, y usted es la única persona que puede estar ahí para ella en este momento.
Después de decir esas palabras, el médico se marchó, dejando a Damián solo en el pasillo.
Él se quedó ahí, con la cabeza baja, pensando en todo lo que había escuchado.
Sabía exactamente cuál era el dolor que la había llevado a eso:
La pérdida de sus hijos, sus amenazas, su crueldad.
Y en ese momento, más que nunca, se odió a sí mismo por haber llegado a ese punto, por tener que ocultar la verdad que podría salvarla.
Se levantó con dificultad y se dirigió a la puerta de la sala donde estaba yo.
Miró por la ventana pequeña y vio mi rostro quieto, con los ojos cerrados, conectada a los monitores.
Prometió a sí mismo que nunca me dejaría sola, que estaría ahí cuando despertara.