Después de leer una novela donde la protagonista sufre injusticias.. Reencarna en Sarah.. Pero ella decide cambiar su destino y corregir sus errores.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Laurent 1
Habían pasado varios días desde la última carta.
Y, finalmente...
Llegó la noticia que Sarah llevaba esperando.
Los cuatro bebés de Vesta habían nacido sanos.
Sarah, sin embargo, no viajó inmediatamente.
Sabía que un parto múltiple era extremadamente difícil.
Y mucho más cuando se trataba de cuatro niños.
Decidió esperar algunas semanas para que su amiga pudiera recuperarse.
Solo entonces preparó algunos regalos para los recién nacidos y emprendió el viaje hacia el ducado Reed.
Como siempre...
Vesta prácticamente quiso recibirla en la entrada.
Pero esta vez...
Una doncella la detuvo.
—Su excelencia, recuerde que el médico dijo que no debe correr.
Vesta hizo un pequeño puchero.
—Solo iba a caminar rápido.
Sarah no pudo evitar reír.
—Me alegra ver que estás mejor.
Vesta sonrió ampliamente.
—¡Ven! ¡Tienes que conocerlos!
La tomó de la mano y prácticamente la arrastró por los pasillos.
Cuando entraron en la habitación...
Sarah se detuvo.
La escena era tan tranquila que parecía un cuadro.
Cuatro pequeñas cunas estaban alineadas junto a una enorme ventana.
Los cuatro bebés dormían profundamente.
Vestían pequeños conjuntos de color rojo con delicados bordados dorados, los colores de la casa Reed.
Vesta se acercó despacio.
Y la expresión que apareció en su rostro hizo sonreír a Sarah.
Era una mirada llena de una devoción absoluta.
Como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Sarah se acercó también.
Observó a los cuatro pequeños.
—Son preciosos...
Susurró.
Vesta sonrió sin apartar la vista de ellos.
—Lo sé.
Hubo unos segundos de silencio.
Las dos simplemente contemplaron a los bebés.
Hasta que Sarah habló.
—¿Cómo te encuentras?
Vesta dejó escapar un largo suspiro.
—Mejor.
Después sonrió con algo de cansancio.
—Pero el parto fue mucho más difícil de lo que imaginaba.
Sarah la observó con preocupación.
Vesta bajó un poco la voz.
—Los maga Remi dijo que...
Hizo una breve pausa.
—No podré volver a tener hijos.
Sarah sintió un pequeño nudo en el pecho.
No dijo nada.
Solo se acercó.
Y abrazó con fuerza a su amiga.
Vesta correspondió el abrazo.
—Al principio lloré mucho.
Confesó con sinceridad.
—Pensaba en todo lo que ya no podría vivir.
Después miró nuevamente las cunas.
Y una sonrisa llena de ternura iluminó su rostro.
—Pero luego los veo..
Su voz tembló apenas.
—Y entendí que tenía cuatro razones para ser feliz.
Sarah sonrió emocionada.
—Y cuatro razones para no volver a dormir durante varios años.
Vesta soltó una carcajada.
—¡Exactamente!
Las dos comenzaron a reír.
Sarah volvió a mirar a los bebés.
Los observó unos segundos.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—Vesta...
—¿Sí?
—Te lo digo con todo el cariño del mundo...
Señaló las cunas.
—Pero los cuatro bebés son exactamente iguales al duque.
Vesta volvió a estallar en risas.
—¡Lo sé!
Negó exageradamente con la cabeza.
—¡Hice todo el trabajo!
Se llevó una mano al pecho fingiendo indignación.
—¡Nueve meses! ¡Un parto terrible! ¡Y al final los cuatro nacieron siendo pequeños mini duques!
Sarah volvió a mirar a los bebés.
Uno de ellos frunció ligeramente el ceño mientras dormía.
Ella soltó una risa.
—Hasta esa expresión se parece al duque.
—¡¿Verdad?!
Las dos siguieron riéndose.
En ese momento...
Alguien llamó suavemente a la puerta.
Vesta sonrió.
—Debe ser Joel. Adelante.
La puerta se abrió.
Entró el duque Reed.
Vestía los tradicionales colores de su casa.
Negro y rojo.
Los bordados de fuego recorrían discretamente la tela de su elegante chaqueta.
Su sola presencia imponía respeto.
Pero al mirar hacia las cunas...
Toda aquella severidad desapareció.
Sus ojos se suavizaron inmediatamente.
Sin embargo...
No había llegado solo.
Detrás de él apareció otro hombre.
También alto.
De cabello claro y ojos celestes.
También perteneciente a una de las grandes casas ducales.
Pero completamente distinto.
Su ropa combinaba el negro con profundos tonos azules.
Los detalles recordaban las olas del mar.
Incluso la magia que emanaba de él transmitía una sensación mucho más serena.
Sarah recordó inmediatamente su nombre.
El duque Laurent.
Uno de los pocos amigos cercanos de Joel Reed.
Los contrastes entre ambos resultaban curiosos.
Joel parecía una llama contenida.
Laurent recordaba a un río tranquilo.
Fuego y agua.
Rojo y azul.
Sin embargo...
Su amistad era conocida en todo el reino.
Joel saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Lady Ivanov.
—Duque Reed.
Sarah respondió con la misma cortesía.
Entonces...
El duque Laurent dirigió la mirada hacia Sarah.
Y se quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos...
Olvidó incluso saludar.
Simplemente la observó.
Sarah, algo confundida, realizó una pequeña reverencia.
—Duque Laurent.
Él reaccionó como si despertara de un pensamiento muy lejano.
—Lady Ivanov...
Respondió finalmente.
Con una sonrisa tranquila.
Vesta no tardó ni un segundo en darse cuenta.
Sus ojos comenzaron a brillar.
[¡Ay, esto está interesante!]
Miró discretamente a Joel.
Después volvió a mirar a Laurent.
Y finalmente a Sarah.
Una sonrisa traviesa apareció lentamente en sus labios.
Joel conocía perfectamente la sonrisa de su esposa.
Y eso nunca significaba nada bueno.
Vesta se puso de pie.
—Joel.
El duque la miró.
—¿Sí?
—¿Por qué no vienes conmigo a revisar unos documentos?
Joel frunció ligeramente el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
—Pero...
Vesta ya lo estaba tomando de la mano.
—Ahora.
Joel observó los documentos que seguían perfectamente apilados sobre una mesa.
Después observó a su esposa.
Y, aunque era uno de los hombres más poderosos del reino...
Terminó asintiendo sin oponer demasiada resistencia.
—De acuerdo.
Sarah los observaba completamente confundida.
[¿Documentos?]
[¿Ahora?]
Vesta giró hacia ella con una enorme sonrisa.
—Sarah.
—¿Sí?
—¿Podrías esperarme un momento?
—Por supuesto.
Después miró al duque Laurent.
—¿Y usted podría hacer lo mismo?
Dijo el duque Reed, aun buscando entender que pretendía su amada esposa.
Laurent respondió inmediatamente.
—Con gusto.
—Perfecto.
Vesta sonrió con una satisfacción casi sospechosa.
Tomó nuevamente la mano de Joel.
—Vamos.
Joel todavía parecía sin comprender absolutamente nada.
Pero la siguió.
La puerta se cerró.
Y el silencio volvió a llenar la habitación.
Solo quedaron...
Sarah.
El duque Laurent.
Y cuatro pequeños bebés profundamente dormidos.
Sarah observó unos segundos las cunas.
Después dirigió una rápida mirada hacia la puerta cerrada.
Finalmente volvió a mirar al duque Laurent.
Él también parecía algo desconcertado.
Los dos permanecieron en silencio unos instantes.
Hasta que uno de los bebés bostezó con tanta fuerza que los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Y, sin querer...
Sus miradas volvieron a encontrarse.
El silencio resultó tan incómodo como inesperado.
Mientras tanto...
Al otro lado del pasillo.
Vesta caminaba con una sonrisa imposible de ocultar.
Joel la miró de reojo.
—Vesta...
—¿Sí?
—No había ningún documento urgente.
Ella sonrió con absoluta inocencia.
—No.
—Entonces... ¿Por qué salimos?
Vesta entrelazó su brazo con el de su esposo.
Y respondió con una naturalidad que casi hizo reír al propio Joel.
—Porque si los dejaba solos un ratito... Quizá después tendré un chisme nuevo que contarte.
Joel cerró los ojos durante un segundo.
Había olvidado por completo que su esposa seguía siendo incorregible cuando se trataba de asuntos del corazón.
Toda mi vida y hasta más quisiera
Sabes bien
Que soy tan tuya hasta que un día me muera
Pero ve
Que al engañarme te engañas tú mismo
Por tu altivez
Por esas cosas que tú haces conmigo
🎶🎶🎶