Durante diez años, Aurora Moretti renunció a su apellido, a su fortuna y al imperio mafioso más poderoso de Italia por el hombre que amaba. Lo apoyó cuando no tenía nada, creyó en él cuando todos le dieron la espalda y lo acompañó hasta convertirlo en el temido Rey de la Mafia.
Pero el día de su boda, Leonardo De Santis destruye su mundo al abandonarla por otra mujer, sin imaginar que la esposa a la que desprecia es, en realidad, la única heredera de la poderosa familia Moretti.
Humillada, traicionada y con el corazón hecho pedazos, Aurora regresa al lugar que juró abandonar para siempre. Allí dejará de ser la mujer enamorada para convertirse en la reina que nadie podrá volver a destruir.
Entre guerras entre las familias mafiosas italianas, alianzas inesperadas, traiciones, secretos y un amor capaz de renacer entre las cenizas, Aurora demostrará que la peor decisión que un rey puede tomar... es subestimar a su reina.
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CAPÍTULO 21 Un encuentro inesperado
Tres días después, Aurora decidió salir a caminar por el centro de Roma.
Después de insistir mucho, Don Matteo aceptó, pero con una condición.
—Marco y dos hombres irán con vos.
Aurora sonrió con una mezcla de ternura y resignación.
—Papá, parece que voy con un ejército.
—Porque sos lo más importante que tengo.
Ella lo abrazó antes de salir, sintiendo por un instante que, a pesar de todo lo que había pasado, todavía existía un lugar seguro en el mundo.
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Las calles estaban llenas de turistas, cámaras, risas en distintos idiomas y el ruido constante de la ciudad que nunca parecía detenerse. Aurora caminaba despacio, disfrutando del aire fresco, intentando por un momento no pensar en nada que le pesara el corazón.
Entró a una pequeña tienda de ropa para bebés casi sin darse cuenta de por qué lo hacía. Tal vez era instinto, tal vez curiosidad, o tal vez una parte de ella que empezaba a aceptar una realidad que aún no se animaba a nombrar en voz alta.
Se quedó observando unos diminutos zapatitos blancos.
Eran tan pequeños que parecían imposibles, como si no pudieran pertenecer a este mundo. Los tomó entre sus manos con cuidado, como si fueran de cristal, y una sonrisa suave se le escapó sin permiso.
—Todavía es muy pronto...
Murmuró, casi para sí misma.
Sus dedos acariciaron la tela con delicadeza, imaginando sin querer un futuro que le daba miedo y esperanza al mismo tiempo.
—Pero algún día van a ser tuyos.
El pensamiento la atravesó con una mezcla de emoción y tristeza. Compró los zapatitos sin pensarlo demasiado y los guardó con cuidado en una bolsa, como si estuviera protegiendo algo sagrado.
No se dio cuenta de que alguien la observaba desde la vereda.
Era Leonardo.
Había ido a una reunión cercana y, por pura casualidad, la vio salir de la tienda. Se quedó quieto, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él. Durante unos segundos dudó, atrapado entre la culpa, el orgullo y algo que todavía no sabía cómo nombrar.
Pero finalmente cruzó la calle.
—Aurora.
Ella se quedó inmóvil.
Reconocería esa voz en cualquier lugar del mundo, incluso si intentara olvidarla.
Respiró hondo antes de darse vuelta lentamente, como si cada movimiento le costara una eternidad.
—¿Qué querés?
Leonardo notó de inmediato que su voz ya no tenía cariño. No había calidez, ni duda, ni nostalgia. Solo distancia. Una distancia que dolía más que cualquier grito.
—Necesito hablar con vos.
Aurora negó con la cabeza sin dudar.
—No tenemos nada de qué hablar.
Intentó seguir caminando, pero Leonardo la tomó suavemente del brazo. No fue un gesto violento, pero sí desesperado.
—Por favor...
Solo cinco minutos.
Marco dio un paso al frente de inmediato, firme, protector.
—Suéltela.
Leonardo lo ignoró por completo. Sus ojos seguían clavados en Aurora, como si el resto del mundo no existiera.
—Necesito respuestas.
Aurora retiró lentamente su brazo, sin apartar la mirada.
—Las respuestas las perdiste el día que elegiste a otra mujer.
Las palabras golpearon a Leonardo con una fuerza que no esperaba. No había gritos, pero sí una verdad imposible de esquivar.
—Me equivoqué...
Aurora soltó una pequeña risa, cargada de dolor, de cansancio, de todo lo que había guardado durante demasiado tiempo.
—No.
Hizo una pausa, respirando hondo.
—No te equivocaste.
Elegiste.
Y ahora tenés que vivir con esa decisión.
En ese momento, el celular de Leonardo comenzó a sonar. El sonido fue insistente, casi invasivo en medio de la tensión.
Era Victoria.
Él rechazó la llamada sin siquiera mirar la pantalla, como si ese nombre le quemara los dedos.
Aurora lo notó.
—Tu esposa te está llamando.
No la hagas esperar.
Se dio media vuelta y comenzó a alejarse, con paso firme, aunque por dentro todo le temblaba.
Leonardo dio un paso para seguirla, impulsado por algo que no lograba controlar.
Pero Marco volvió a interponerse, esta vez con más firmeza.
—La señorita Aurora ya fue demasiado clara.
No la vuelva a buscar.
Leonardo se quedó quieto, observando cómo ella desaparecía entre la gente, tragada por la multitud romana, como si nunca hubiera estado allí.
Sin saber que, desde el otro lado de la calle, Victoria había presenciado toda la escena.
Sus ojos se llenaron de odio, de una rabia silenciosa que crecía sin control.
—Así que todavía se siguen viendo...
Murmuró, apretando el volante con fuerza.
Sin pensarlo dos veces, arrancó el automóvil y comenzó a seguir discretamente a Aurora.
Sin saberlo...
Ese seguimiento sería el inicio del peor día de la vida de Aurora.
Continuará...