Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 15
SR. ENRICO
—Cierren los ojos. Mi voz sale firme, pero por dentro siento una extraña ansiedad que me corroe. Es ridículo.
Soy un hombre que ya ha negociado contratos millonarios, enfrentado tribunales, respondido a acusaciones… y, aun así, mis manos sudan ahora, solo porque quiero mostrarle algo a mi hijo y, lo confieso, también a ella lo que he preparado.
Pedro aprieta mi mano con fuerza, riendo sin entender nada, mientras Clara obedece en silencio. Ella parece desconfiada, tal vez porque yo no suelo hacer este tipo de cosas. En realidad, no suelo hacer sorpresa alguna. Al menos no de forma positiva.
—Confíen en mí. Digo, casi en tono de orden, pero que en realidad es una petición.
Guío a los dos por el pasillo lateral de la mansión hasta el jardín trasero. El espacio ha estado cercado por vallas en la última semana, y Clara ha preguntado varias veces el motivo. Inventé que estaban podando los árboles y aplicando veneno contra plagas. Casi creí mi propia excusa, pero su expresión siempre cargaba aquella punta de desconfianza que me irrita… y me fascina al mismo tiempo.
Nos detenemos frente al portón que da acceso al jardín. Respiro hondo. Es ahora.
—Pueden abrir los ojos.
Pedro abre primero, y su grito explota en el aire.
—¡Claraaaaaa!
Clara lleva las manos a la boca, sorprendida. Sus ojos brillan, y veo que su emoción es genuina.
Pedro corre hacia ella y abraza sus piernas.
Mi corazón hierve de rabia... después de todo, él cree que fue ella quien lo hizo.
Clara se agacha y abraza a Pedro.
—Pedrito, no me agradezcas. Fue papá quien trajo este parque increíble. Su tono de voz es suave y dulce.
Pedro me mira con desconfianza. Sonrío y corre en dirección a los juguetes.
El parque ocupa prácticamente la mitad del jardín. Es enorme, colorido, moderno, pensado para cada detalle que un niño podría querer. Una casa en el árbol, construida alrededor de un roble antiguo, tiene un tobogán en espiral que desciende hasta el césped mullido. Columpios dobles, hechos de cuerdas gruesas y madera clara, se balancean suavemente con el viento. Hay una pared de escalada infantil con apoyos coloridos, un puente colgante de cuerdas que lleva a una segunda plataforma e incluso un arenero con cubos, palas y moldes de castillos ya listos.
El suelo está cubierto con piso de goma colorido, en tonos de verde y azul, para amortiguar caídas. Hay una pequeña área de descanso, con bancos de madera, donde imaginé a Clara sentada observando mientras Pedro juega. Lámparas solares discretas alrededor garantizan que el espacio continúe lúdico incluso por la noche.
Es un sueño de cualquier niño materializado. Y ver a Pedro corriendo para subir al tobogán me hace sentir algo que no consigo describir. Él sube las escaleritas con determinación, se desliza, cae de trasero en el césped y explota en carcajadas.
Clara corre tras él, riendo también.
Yo me acerco a ella... Pedro está subiendo las escaleritas nuevamente.
—Sr. Enrico, esto es… ¡esto es maravilloso! —la voz de ella se quiebra.
—Yo no esperaba…
Ella dice y se aleja mirando todo en medio del jardín, observando cada detalle como si fuera una niña también. El cabello se balancea, la sonrisa se escapa sin que ella intente contenerla. Pedro corre hasta el arenero, toma un cubo y ya comienza a cavar, completamente absorto.
—¿Entonces es por eso que el jardín estaba aislado? Clara pregunta, riendo.
—Y el Sr. me dijo que era para podar los árboles y aplicar veneno contra plagas…
Suelto una carcajada corta, sincera, cosa rara en mí.
—Pues sí. Tuve que mentir. No quería arruinar la sorpresa.
Ella sacude la cabeza, incrédula.
—Yo sabía que había algo raro en esa historia.
Pedro grita por ella, llamándola para ver el castillo de arena que mal ha comenzado a construir. Yo solo observo. Él nunca ha estado tan feliz. Y nunca lo he visto reír tanto.
Pero lo que me sorprende de verdad es Clara. Ella se arrodilla al lado del niño, ayuda a moldear las torres, y los dos ríen juntos de cada tentativa fallida. El sonido de su risa llena el jardín de un modo que ni siquiera las lámparas solares podrían iluminar. Es como si el aire se volviera más ligero, más fácil de respirar.
—¡Está a la vista que te gusta ella!
Miro rápidamente. Patricia está a mi lado.
—Es... es... ¡ella es una excelente niñera! Respondo rápidamente tartamudeando.
Ella suelta una risita sarcástica.
—Sabes que no estoy hablando sobre su trabajo.
Miro serio a Patricia.
—Sr., ni en los mejores momentos con la Sra. Camila... el Sr. sonreía así. Está a la vista que esta chica te hace bien.
—No digas tonterías. ¿Terminaste de organizar los preparativos?
—¡No! Estoy finalizando los hospedajes.
—¡Ótimo! Haz tu obligación y deja de cuidar de mi vida.
Digo y me alejo yendo hasta donde ellos están.
Cruzo los brazos, me quedo en silencio, solo asistiendo. Y entonces percibo que en el fondo Patricia tiene razón. Puedo intentar negarme a mí mismo. Pero todo muestra que ella es especial.
Pedro la ama. Él la eligió. No es solo su modo cariñoso, ni solo la paciencia infinita. Es algo más allá. Un vínculo que nació sin que yo consiga controlar.
Y tal vez sea eso lo que más me asusta.
Porque yo también comienzo a notar demasiado. Su sonrisa… la forma como mira a mi hijo como si él fuera el centro del mundo. Como si lo amara de verdad, sin esperar nada a cambio. Eso… eso me desmonta.
Me muerdo el labio, irritado con el rumbo de mis pensamientos. No puedo dejarme llevar. No debo. Soy el padre, el jefe, el hombre que impuso reglas claras. Pero, al mismo tiempo, mientras veo a Clara corriendo tras Pedro, fingiendo que no consigue atraparlo, percibo que hace mucho tiempo yo no me permitía sonreír, ser ligero.
Veo a Pedro feliz. Veo a Clara feliz.
Y, de repente, percibo que yo también lo estoy.
"Eres especial, Clara". Pienso, sin coraje de decir en voz alta.
Mi mirada se queda prendida en ella, en el modo que se tira en el césped al lado de Pedro, riendo como si no existiera más nada en el mundo. Es imposible negar: ella trae una luz que nunca imaginé que entraría de nuevo en mi casa.
Respiro hondo.
Por más que yo intente, no consigo ignorar: su sonrisa anima mi día.