Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 11
El timbre sonó un sábado por la tarde, mientras Annie terminaba de preparar unos sándwiches para almorzar. Fue a abrir con una sonrisa, y al ver al joven de cabello rizado de pie en el umbral, se iluminó el rostro.
—¡Liam! No sabía que vendrías —dijo ella, abrazándolo con naturalidad.
—Pasaba por la zona y no podía dejar de saludar a mi amiga favorita —respondió él, entrando con confianza y llevando una caja de pasteles—. Traje algo dulce, como siempre te gusta.
En ese momento, Omar salió del pasillo con una carpeta en la mano. Se detuvo en seco al ver al desconocido tan cerca de ella, y su expresión cambió al instante: la mandíbula se tensó, la postura se volvió rígida y dio unos pasos decididos hacia ellos.
—¿Quién eres? —preguntó Omar, sin saludar siquiera, con un tono seco y cortante.
Liam alzó una ceja, sorprendido por la hostilidad.
—Soy Liam. Amigo de Annie desde la universidad. ¿Y tú?
—Omar —respondió él, sin extender la mano, manteniendo la mirada fija y desafiante—. Vivo aquí.
Annie puso los ojos en blanco, dándole un suave codazo en el costado.
—Omar, por favor. No seas maleducado. Liam es como un hermano para mí.
—¿Ah sí? —replicó él, sin apartar la vista del otro—. Pues no parece que se comporte como tal, abrazándote así delante de cualquiera.
—¿Y tú qué sabes cómo se comporta? —soltó ella, pero notó cómo el corazón le daba un salto de alegría escondida. Nunca lo había visto así, tan alterado, tan… celoso.
Pasaron a la sala, y Omar no se movió de su sitio. Se sentó en el brazo del sofá, justo al lado de donde estaba Annie, como si quisiera marcar territorio. Interrumpía cada dos por tres, hacía comentarios secos y miraba a Liam como si le hubiera venido a robar algo suyo.
—¿Cuánto tiempo dices que llevas sin verla? —preguntó Omar, cuando Liam contaba una anécdota de la universidad.
—Unos seis meses —respondió el otro, cada vez más incómodo.
—Pues yo diría que te has olvidado de muchas cosas —cortó él—. Annie odia que le cuenten chistes tontos, se le pone mal el estómago con ese tipo de pasteles y se cansa rápido si la tienen hablando mucho tiempo.
—¡Mentira! —reclamó ella, soltando una risita—. Me encantan esos pasteles, y tus chistes son mucho peores.
Liam miró a uno y a otro, y terminó sonriendo con comprensión.
—Creo que ya entiendo. No te molestaré más tiempo del necesario. Me alegro de verte, Annie. Y espero volver cuando… las cosas estén más tranquilas.
Se despidió y salió rápido. En cuanto la puerta se cerró, Annie se giró hacia Omar con una sonrisa traviesa que no pudo ocultar.
—¿Te puedo saber qué demonios te pasó ahí dentro? Parecía un perro guardián.
—No sé de qué hablas —respondió él, cruzándose de brazos y mirando hacia la ventana para no encontrarse con su mirada—. Solo quería asegurarme de que no fuera ningún maleducado.
—¿Maleducado? Liam es la persona más dulce del mundo —se burló ella, acercándose poco a poco—. Tú parecías… celoso. ¿Estás celoso, idiota?
Omar se puso rojo hasta las orejas, pero no retrocedió.
—¿Celoso yo? No seas ridícula. Solo… no me gusta que cualquiera venga y se crea con derecho a abrazarte así. Eres… eres mi huésped. Quiero decir… vives conmigo. Tengo que cuidar que nadie te moleste.
—Ah, ya entiendo —dijo ella, poniéndose de puntillas hasta quedar a la altura de su rostro—. Entonces si no estuvieras celoso, no te importaría que vuelva mañana y me lleve a cenar, ¿verdad?
La expresión de Omar se descompuso al instante.
—¡No! Quiero decir… sí me importa. No quiero que vayas. Con él. Con nadie que no sea yo.
Annie soltó una risa suave, llena de ternura, y le tomó la mano.
—¿Por fin lo admites? Me encantas cuando te pones así. Aunque te pongas insoportable y posesivo. Me gusta saber que me quieres solo para ti.
Omar suspiró, vencido, y le acunó el rostro entre las manos.
—Me vuelves loco. No sé qué me pasa. En cuanto veo a alguien mirarte como yo te miro… siento que me queman por dentro. No quiero compartirte con nadie, Annie. Ni un minuto. Ni una sola mirada. ¿Te parece muy egoísta?
—Me parece perfecto —susurró ella, acercando sus labios a los suyos—. Porque yo tampoco quiero compartir a mi idiota favorito con nadie.
Omar soltó un gruñido suave, apretándola contra su pecho como si temiera que alguien pudiera llevársela en cualquier instante.
—Es que no lo entiendes —murmuró contra su cabello—. Toda mi vida he tenido que compartirlo todo: mi tiempo, mi atención, mi esfuerzo. Pero tú… tú eres lo único que quiero que sea mío. Completamente mío.
Annie se acomodó contra él, escuchando los latidos fuertes y acelerados de su corazón.
—No tengo nada que compartir, idiota. Ni mi tiempo, ni mis risas, ni mi vida. Todo esto ya es tuyo, aunque tardes en darte cuenta.
—¿De verdad? —preguntó él, apartándose un poco para mirarla a los ojos, buscando cualquier rastro de duda.
—¿Acaso no lo notas? —respondió ella con una media sonrisa—. Dejé que te quedaras cuando todos los hoteles estaban llenos. Aguanto tus calcetines tirados y tu café derramado. Te escucho hablar de negocios hasta la madrugada y te consuelo cuando te sientes derrotado. ¿Crees que haría eso por cualquiera?
Omar pasó el dedo pulgar por su mejilla, con una ternura que contrastaba con la actitud feroz que había tenido minutos antes.
—Podrías hacerlo. Eres demasiado buena. Demasiado generosa. Y ese chico… él parecía conocerte de toda la vida. Sabía qué te gustaba, cómo te reías…
—Él conoce a la amiga —lo interrumpió ella, poniendo un dedo sobre sus labios—. Pero tú… tú conoces a la mujer que se enfada porque dejas la puerta abierta. Tú conoces mis miedos, mis manías y mis sueños más tontos. Liam es mi amigo. Pero tú… tú eres mi hogar.
Las palabras cayeron sobre él como una lluvia tibia, desarmando cada rincón de su orgullo. Omar la atrajo con fuerza, besándola despacio, despacio, como si quisiera grabar ese momento en su memoria para siempre. Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortadamente, con las mejillas encendidas y una felicidad que no cabía en el pequeño apartamento.
—No vuelvas a decir que eres solo mi huésped —le pidió ella, tomándole la mano—. Aquí no vives de prestado. Aquí vives conmigo.
—Conmigo —repitió él, saboreando las palabras—. Me gusta cómo suena eso. Mucho más que cualquier título o cualquier negocio del mundo.
Y así, entre celos torpes y confesiones sinceras, entendieron que ya no había vuelta atrás: lo que había empezado como una tormenta de gritos y desorden, se había convertido en el amor más fuerte que ninguno de los dos hubiera imaginado jamás.