Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Un mes
Aquella noche, Harriet volvió a leer mentalmente todo lo que recordaba del guion.
Estaba sentada frente a la chimenea con una taza de té caliente entre las manos.
[Pensando bien...]
[Todavía tengo tiempo.]
Recordaba perfectamente esa parte de la historia.
El duque no regresaría inmediatamente después de la firma del contrato.
Estaría fuera del ducado aproximadamente un mes, resolviendo asuntos relacionados con las fronteras y las propiedades de la familia.
Cuando leyó aquella parte por primera vez, siendo todavía una simple doble de acción, le había molestado muchísimo.
Porque, hasta ese momento... Harriet no era realmente una villana.
Era una joven orgullosa, sí.
Vanidosa.
Fría.
Pero todavía no había cometido ninguna crueldad contra los niños.
Entonces... El guion mostraba cómo la alta sociedad comenzaba a hablar.
"¿Ya viste?"
"El duque firmó el contrato y aun así la dejó sola."
"Parece que ni él soporta a su nueva esposa."
"Debe sentirse bastante humillada."
"Qué matrimonio tan patético."
Las burlas eran constantes.
Los nobles se reían a sus espaldas.
Las damas organizaban reuniones sin invitarla.
Los caballeros cuchicheaban cuando ella pasaba.
Y poco a poco... Aquella Harriet comenzó a llenarse de resentimiento.
Como el duque nunca estaba presente, no podía descargar su frustración con él.
Así que terminó haciéndolo con quienes eran más débiles.
Los pequeños Ellie y Eric.
Harriet suspiró.
[Esa parte siempre me dio rabia.]
[No justificaba lo que hizo...]
[Pero entendía cómo empezó a romperse.]
Miró el fuego de la chimenea.
[Esta vez será diferente.]
[No voy a esperar sentada a que llegue el duque.]
[Si debo vivir aquí...]
[Entonces viviré de verdad.]
Los días comenzaron a pasar.
Y Harriet no desperdició ni uno solo.
Cada mañana recorría distintos rincones del inmenso ducado.
Visitó los jardines.
Los establos.
Los almacenes.
Los graneros.
Las cocinas.
Las lavanderías.
Los talleres.
Incluso caminó por los pequeños pueblos que dependían directamente de la familia Montagu.
Los sirvientes no podían creerlo.
—¿Lady Harriet quiere conocer las bodegas?
—¿La cocina también?
—¿Y los huertos?
—¿Está segura?
Harriet sonreía.
—Si voy a vivir aquí, quiero conocer cada rincón.
[Porque una cosa es un guion...]
[Y otra muy distinta es un lugar donde vive gente real.]
También comenzó a aprender el nombre de todos.
Mary ya no era "la doncella".
Era Mary.
El mayordomo dejó de ser "el señor serio".
Aprendió el nombre del cocinero.
Del jardinero.
De los mozos de cuadra.
De las lavanderas.
De los guardias.
Al principio todos se sorprendían cuando ella los saludaba.
—Buenos días, Thomas.
El jardinero casi dejó caer la regadera.
—¿L-lady Harriet recuerda mi nombre?
—Claro.
Si trabajamos juntos, debo saber cómo llamarte.
Thomas estuvo sonriendo todo el día.
En otra ocasión pasó por la cocina.
El chef hizo una reverencia nerviosa.
—Mi lady.
Harriet observó los enormes hornos.
—Huele delicioso.
El cocinero casi se desmaya.
—¿Desea probar algo?
—Todo.
El hombre abrió mucho los ojos.
Harriet soltó una risa.
—Es broma.
Hizo una pequeña pausa.
—Bueno... Solo un poco de todo.
Las cocineras comenzaron a reír por lo bajo.
Mary simplemente suspiró.
[Ya esperaba esa respuesta.]
Mientras tanto... Los pequeños Ellie y Eric también comenzaron a formar parte de su rutina.
Cada mañana iba a verlos.
Conversaba con ellos aunque no entendieran una sola palabra.
—Buenos días.
—¿Durmieron bien?
Eric respondía agitando las piernas.
Ellie intentaba atrapar uno de los botones de su vestido.
Harriet reía.
[Parecen gatitos.]
Cada visita terminaba igual.
Con ella haciendo caras graciosas.
Los bebés soltando pequeñas risitas.
Y Mary observando la escena con una sonrisa cada vez más amplia.
La revisión médica mensual también quedó anotada cuidadosamente.
Harriet incluso pidió que se registrara el peso y la estatura de ambos niños.
—Así podremos saber si están creciendo correctamente.
El doctor la miró sorprendido.
—Es una excelente idea, milady.
Harriet sonrió.
[Por supuesto.]
[En mi mundo había controles pediátricos.]
[Aquí también los tendrán.]
Con el paso de las semanas, el ambiente en la mansión comenzó a cambiar.
Los sirvientes seguían respetándola.
Muchos todavía le tenían miedo cuando utilizaba aquella voz firme que parecía salir directamente de una reina.
Pero ahora también la admiraban.
Porque era justa.
Si alguien trabajaba bien...
Lo felicitaba.
Si cometía un error...
Lo corregía sin humillarlo.
Y si alguien faltaba al respeto a otro trabajador...
Descubría rápidamente que la sonrisa de Lady Harriet desaparecía en un instante.
Su autoridad nunca necesitaba gritos.
Bastaba con verla enderezar la espalda.
Una tarde, Mary comentó mientras ordenaba unos documentos.
—Mi lady.
Harriet levantó la vista.
—¿Sí?
—Los sirvientes dicen algo curioso.
—¿Qué cosa?
Mary sonrió.
—Que usted tiene dos personalidades.
Harriet soltó una carcajada.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Cuando está con los pequeños parece una hermana mayor.
—Cuando está con nosotros...
Hizo una pausa.
—...parece una reina.
Harriet comenzó a reír tan fuerte que tuvo que apoyarse en el escritorio.
[¡Qué fama me estoy haciendo!]
Luego se quedó pensativa.
[Está bien.]
[Si debo ser la duquesa...]
[Seré una buena duquesa.]
[Si debo ser una villana...]
[Entonces solo seré villana con quien quiera hacer daño.]
Miró por la ventana.
A lo lejos, el camino principal del ducado desaparecía en el horizonte.
Recordaba perfectamente el guion.
Faltaban pocos días.
Muy pronto...
El verdadero dueño de aquella mansión regresaría por primera vez para conocer a la mujer con la que había firmado un matrimonio por contrato.
Y Harriet no tenía la menor idea de que aquel encuentro sería completamente distinto al que había leído en el viejo manuscrito.