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La Esposa del Exmilitar

La Esposa del Exmilitar

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Amor tras matrimonio / Mujer poderosa / Juego de roles / Mujer despreciada
Popularitas:157.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

La noche de su compromiso, Estrella Navarro cayó al mar. Su prometido salvó a otra mujer y la dejó atrás.

Quien la rescató fue León Reyes, un exmilitar serio y reservado al que todos subestiman. Al día siguiente, Estrella rompe con el hombre que la traicionó y se casa con León por el civil.

Su familia cree que perdió la cabeza. Su ex quiere recuperarla. Su hermana presume una tecnología que no le pertenece.

Pero Estrella no es la mujer débil que todos creían. Ella es la verdadera creadora de ASTRA.

Y León tampoco es un hombre cualquiera.

Cuando los secretos salgan a la luz, quienes la humillaron van a entender algo demasiado tarde: Estrella no se arruinó al casarse con él. Se salvó.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

Diego dio un paso brusco hacia mí.

La costumbre era más rápida que su orgullo: siempre que quería retenerme, me tomaba de la muñeca. Como si mi cuerpo todavía le perteneciera, como si bastara apretar un poco para que yo dejara de moverme.

—Estrella, vamos a hablar bien...

No alcanzó a tocarme.

Un brazo firme me rodeó la cintura y me atrajo hacia un pecho cálido, sólido.

La voz de León sonó sobre mi cabeza, baja y fría:

—No toque a mi esposa.

Mi respiración se detuvo un instante.

Mi esposa.

Lo dijo sin exagerar, sin actuar para Diego, sin elevar la voz. Pero esas dos palabras cayeron con un peso que me atravesó entera.

Levanté la mirada.

León seguía viendo a Diego, pero yo solo podía ver el perfil de su mandíbula, la línea tranquila de sus hombros, esa seguridad que no necesitaba demostrar nada.

Diego, en cambio, se oscureció de golpe.

En Ciudad de México, Diego Castellanos era alguien. Heredero, empresario joven, rostro frecuente en revistas de negocios. Acostumbrado a que la gente le abriera puertas y midiera las palabras antes de hablarle.

Que un “simple consultor” le quitara a su prometida era, para él, una humillación imperdonable.

—León Reyes, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa venenosa—. Te voy a recordar.

Noté que iba a insultarlo otra vez.

—Diego...

No me dejó terminar.

—¿Qué eres tú? —miró a León de arriba abajo—. ¿Un empleado de base? ¿Un exsoldado venido a más? ¿De verdad crees que puedes competir conmigo?

Su voz recuperó esa calma elegante que usaba para destruir a la gente sin despeinarse.

—Estrella está enojada. Está dolida. Está haciendo una locura para castigarme. Pero cuando se calme, va a entender que tú no puedes darle nada.

León no respondió.

Eso irritó más a Diego.

Se giró hacia mí y suavizó el tono, como si estuviera hablándole a una niña caprichosa.

—Es... —se corrigió enseguida, tensando la mandíbula—. Estrella, sé que ahora no quieres escucharme. Está bien. No voy a obligarte. Vete con él si eso necesitas para desahogarte.

Soltó una risa amarga.

—El departamento seguirá siendo tuyo. Cuando te canses de jugar a la vida difícil, cuando quieras volver a casa, podrás regresar.

Lo miré.

En su cabeza, de verdad me estaba dejando “salir a jugar”.

Como si mi matrimonio fuera una rabieta.

Como si León fuera una lección de pobreza que yo debía aprender para valorar mejor a Diego.

—¿Quién te crees? —pregunté—. ¿Mi salvador?

Su expresión se tensó.

—Estrella, yo...

—No estoy confundida. No estoy haciendo teatro. Dejarte es la decisión más clara que he tomado en mi vida.

Tomé la mano de León.

—Vamos, esposo.

La mirada de León cambió apenas. Había algo oscuro y profundo en sus ojos, pero su voz salió serena.

—Vamos.

Caminamos hacia el elevador.

Diego no nos siguió.

Cuando las puertas se cerraron, por fin solté el aire.

No lloré.

No quería llorar por él ni un minuto más.

Arriba, Diego volvió al departamento, se sirvió un whisky y se quedó mirando la puerta por donde acabábamos de salir.

Estaba convencido de conocerme.

Durante cinco años me había visto vestir lo que él elegía, vivir en el departamento que él compró, asistir a cenas donde él hablaba y yo sonreía. Me había acostumbrado a autos con chofer, restaurantes caros, bolsas de diseñador y una vida sin tener que preguntar precios.

Para él, yo era incapaz de vivir de otra forma.

En su imaginación, yo terminaría en un departamento pequeño, quejándome del transporte, contando monedas, extrañando sus tarjetas y llorando por cremas caras.

No me daba ni seis meses.

Tal vez ni tres.

—Te voy a esperar —murmuró, bebiendo—. Cuando entiendas.

Luego llamó a su asistente.

—Cancela todas las tarjetas vinculadas a Estrella Navarro.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Todas, señor?

—Todas.

Colgó.

Después llamó a mi padre.

Rodrigo Navarro contestó casi de inmediato.

—Diego, ¿ya encontraste a Estrella?

Diego cambió la voz. La volvió preocupada, educada, de yerno perfecto.

—Don Rodrigo, antes de decirle, necesito que se mantenga tranquilo.

—¿Qué pasó? ¿Otra vez está haciendo berrinche?

—No es un berrinche. Estrella se casó esta mañana con el hombre que la rescató anoche.

El grito de mi padre se oyó incluso sin altavoz.

—¿Qué? ¿De verdad se casó con ese tipo?

—Sí.

—¡Está loca! ¡Completamente loca! ¿Todavía me ve como su padre?

Diego dejó que Rodrigo explotara unos segundos. Luego habló con cuidado.

—Yo también tengo culpa. La consentí demasiado. Sé que está dolida y que quiere castigarme. Pero me preocupa que sufra. El hombre es un exmilitar, ahora trabaja como consultor técnico. No tiene cómo darle la vida a la que ella está acostumbrada.

Rodrigo respiraba pesado.

—Tienes que traerla de vuelta. No puede arruinarse así.

—Hablé con ella. No escucha. Quizá a usted sí.

Diego hizo una pausa.

—Si se divorcia y vuelve, yo estoy dispuesto a dejar esto atrás. La boda puede continuar.

Rodrigo, que siempre había querido a Diego como yerno por amor al dinero más que por amor a mí, se aferró enseguida.

—Yo la obligo. Hoy mismo. Que se divorcie hoy.

—Solo le pido algo, don Rodrigo —añadió Diego—. Si se niega, no la apoyen económicamente. A veces uno aprende cuando enfrenta consecuencias.

—No le daré un peso —prometió mi padre—. A ver cuánto le dura lo altanera.

Diego colgó satisfecho.

Entonces entró otra llamada.

Valeria.

—Diego —dijo con voz débil—, perdóname. Todo esto pasó por mi culpa. Si yo no hubiera estado ahí...

—Valeria, dime algo. ¿Qué ocurrió anoche?

Del otro lado, ella respiró como si el recuerdo la lastimara.

—Creo que mi hermana tomó de más. Dijo que le daba vueltas la cabeza. Se acercó demasiado al barandal y cayó. Yo me asusté y quise ayudarla, pero también caí...

Diego suavizó la voz.

—La próxima vez pide ayuda. No arriesgues tu vida así.

—¿Ella está bien?

—Se casó con el hombre que la rescató.

—¿Qué? ¿De verdad?

La sorpresa de Valeria sonó perfecta. Demasiado perfecta.

—No te metas en eso —dijo Diego—. Descansa. Más tarde paso a verte.

—Está bien.

Al colgar, la expresión de Diego volvió a endurecerse.

Un consultor técnico no tenía derecho a tocar lo que él consideraba suyo.

En el taxi, mi celular seguía vibrando.

Lo había encendido solo para revisar si Sofía había llegado bien al aeropuerto, pero apenas apareció la señal, entraron llamadas perdidas de Diego y de mi padre.

Rodrigo volvió a llamar.

No contesté.

León, sentado a mi lado, bajó la mirada hacia la pantalla.

—¿Tu familia?

—Mi papá.

Intenté sonreír.

—Luego le llamo. No te preocupes. Yo me encargo de mi lado.

Su mano cubrió la mía sobre mis rodillas.

El gesto fue tranquilo, pero me atravesó.

—Ya no tienes que cargar sola.

Me quedé mirando su mano.

Grande. Cálida. Seca.

Era absurdo que un contacto tan simple pudiera darme más paz que años de promesas caras.

—Lo sé —dije, girando la mano para tomar la suya—. Pero mi familia es complicada. Dame tiempo para arreglarlo, ¿sí?

No quería que Rodrigo o Natalia lo miraran como Diego lo había mirado. No quería exponerlo a ese desprecio antes de que yo misma pusiera límites.

León sostuvo mi mirada.

—Está bien.

El taxi avanzó hacia una zona antigua de la ciudad.

Al principio no lo noté. Luego las calles cambiaron. Las torres nuevas quedaron atrás y aparecieron casas viejas, muros altos, árboles enormes que levantaban banquetas, fachadas con historia.

Me sorprendí.

¿León vivía aquí?

Según Diego, era un ingeniero común. Un exsoldado con sueldo limitado. Tal vez rentaba un cuarto en alguna casona vieja. Tal vez la propiedad pertenecía a su madre. Tal vez no era tan cómodo.

El taxi se detuvo frente a una puerta negra, pesada, con una discreta placa de bronce.

El conductor miró por el retrovisor, dudando.

—¿Aquí es, joven?

—Sí.

León pagó y bajó mi maleta.

Yo me quedé mirando el muro alto. Detrás se alcanzaban a ver copas de árboles.

—¿Esta es tu casa?

—Sí.

—¿Vives solo?

—Mi mamá vivía aquí conmigo, pero ahora pasa temporadas fuera.

Puso el dedo en el lector de la puerta. La cerradura se abrió con un sonido bajo.

Entramos.

Y el patio me robó el aliento.

No era una mansión moderna llena de mármol brillante, de esas que Diego admiraba porque gritaban dinero desde la entrada. Era una casa antigua, amplia, de muros claros, techos rojos, ventanales altos y un jardín cuidado con árboles que parecían llevar ahí más años que todos nosotros.

Había sombra, silencio y una belleza sobria.

La clase de lugar que no se compra solo con dinero reciente.

—¿Te decepciona? —preguntó León.

Lo miré, sorprendida.

—¿Decepcionarme? Está preciosa.

Di unos pasos sobre el patio, casi olvidando que llevaba una noche sin dormir.

—Siempre quise una casa así. No un departamento frío donde todo parece elegido por un diseñador, sino una casa de verdad. Con patio. Con historia. Con luz.

León me observó en silencio.

—Entonces, desde hoy, esta es tu casa.

La palabra me golpeó con suavidad.

Casa.

Yo había vivido en residencias, departamentos de lujo, habitaciones enormes.

Pero casa, casa de verdad, no había tenido desde que mi madre murió.

—Tengo casa —murmuré, y la emoción me apretó la garganta.

León tomó la maleta.

—Ven. Te enseño.

Adentro, la casa era todavía más hermosa: pisos de madera pulida, techos altos, lámparas antiguas, libreros llenos, muebles de madera maciza que parecían cuidados con paciencia. No había ostentación. Había gusto.

Me detuve frente a un librero enorme.

—Tu mamá debe tener un gusto increíble.

—Era la casa de mi abuelo materno.

Eso me hizo mirar otra vez alrededor.

Una propiedad así, en una zona así, no era cualquier herencia. Pero no pregunté. Acabábamos de casarnos; no iba a interrogarlo como si estuviera haciendo auditoría.

Subimos al segundo piso.

León abrió una habitación amplia, luminosa, con una terraza que daba al jardín.

—Puedes quedarte aquí.

El cuarto olía a madera limpia y a algo masculino, muy leve. Había modelos pequeños sobre una repisa, libros ordenados, una cama impecable.

—¿Es tu cuarto?

—Sí.

—¿Y tú?

—Voy a arreglar el cuarto de huéspedes.

Sentí calor en las mejillas.

Legalmente éramos esposos.

En la práctica, apenas sabía cómo respiraba cuando dormía.

Agradecí que no intentara forzar una intimidad que todavía me asustaba.

—Gracias —dije en voz baja.

León dejó la maleta junto al clóset.

—Si necesitas algo o algo te incomoda, dime.

—Está bien.

Se fue y cerró la puerta con cuidado.

Me quedé sola.

El silencio no me pesó.

Salí a la terraza. El jardín se extendía abajo, verde y tranquilo. El viento movía las hojas de un árbol enorme.

En un solo día había perdido una boda, una familia, un prometido y la vida que todos creían mía.

También había ganado un esposo.

Una casa.

Una oportunidad.

Me apoyé en el barandal.

—Despacio, Estrella —me dije—. Todo empieza otra vez.

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JZulay
ay....🤦🏼🤷🏼...ahora sí estás de malas...!!! 🙊
JZulay
🤭🤣🤣🤣🤣 ....sus lágrimas quedaron en shock !!!! 🤭
JZulay
🤭😂😂😂😂😂....qué pena
JZulay
uuuiiii....qué excitante !!! 🤔🤦🏼🤭😂😂😂
JZulay
ni puede ni quiere Salvarte 🤔🤭😅😅
JZulay
🤦🏼...niña....no hay como consolarla , porque ud se lo buscó 😤
JZulay
madre mía 😯🙊!!!!
te cayeron a 🍍 piña ....👀
coge... 👊🏼... ese es el hombre que tú querias 😶‍🌫️
para más tarde
carajo, cambien al traductor.
JZulay
👏🏼👏🏼👏🏼....bien dicho
🤣🤣🤣🤣🤣🤣
JZulay
😯🙊...mira . 👀... el amor de tu vida en momentos de crisis , dándote cariñitos
Mar Sol
Por fin les llegó la hora a esos dos, Valeria y Diego, el descaro de quedarse con algo que no les pertenece, los hace delincuentes, como tal, deben pagar.
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ Valeria....Valeria 🤭
Andrea Nardelli
exyraordinaria exelentemente escrita
Mirla Loyo
qué lecturas ésta?🥺🤦‍♀️
JZulay
show Time !!!! /Doubt/
JZulay
exactamente sin evidencias, ya están condenados...🤔
pero como Uds responden al amo que paga sus cuentas 🤷🏼
Mirla Loyo
ésta lectura va a ser así en adelante?🤦‍♀️ tanto esperar para ésto?🤬
JZulay
estos últimos capítulos dificulta una poco su comprensión
Mirla Loyo
éste capítulo estuvo como un tocadiscos en revolución 33🤣🤣🤣 no entendí un carajo 🤔🤣🤣
Rosario Velazquez Romero
escritora está terriblemente mal este capitulo
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