Ella es una maestra que se sacrifica por salvar a su clase, pero su vida no termina con un sacrificio solo cambia de mundo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad
Ella tenía dos personalidades.
No en el sentido preocupante de la palabra.
Simplemente había una versión de ella que el mundo conocía...
Y otra que solamente aparecía cuando cerraba la puerta de su habitación, se ponía el pijama, se acomodaba entre sus sábanas y encendía la pequeña lámpara de su velador.
Durante el día era una adorable maestra de preescolar.
Era de esas maestras que podían agacharse durante veinte minutos para escuchar con absoluta seriedad a un niño explicar por qué su dibujo de un dinosaurio tenía alas.
—¡Porque es un dinosaurio volador!
—Ah, comprendo. Es una especie muy rara.
—¡Sí!
—Entonces tendremos que cuidarlo mucho.
Y el pequeño quedaba satisfecho.
Ella tenía una paciencia casi sobrenatural con los niños.
Les enseñaba canciones, les ayudaba a pintar, les limpiaba las manos después de las actividades, les arreglaba los pequeños zapatos y tenía la costumbre de guardar dibujos que los niños le regalaban en una caja especial.
Para sus alumnos era prácticamente una heroína.
Una mujer dulce, sonriente y cariñosa.
Una maestra que siempre olía ligeramente a vainilla y que tenía una colección de pequeños broches de colores para sujetarse el cabello.
Además, era coqueta.
Muy coqueta.
Le gustaba arreglarse, elegir cuidadosamente su ropa y mirarse unos segundos frente al espejo antes de salir de casa.
No era precisamente tímida con su propia belleza.
Pero había algo que nadie en su trabajo sabía.
Su verdadera perdición eran los libros.
Especialmente los que leía durante la noche.
Cuando regresaba a casa, se quitaba los zapatos, se duchaba, se ponía ropa cómoda y finalmente se metía en la cama con un libro entre las manos.
Y entonces...
La adorable maestra desaparecía.
—Mmm...
Sonreía mientras pasaba una página.
[Esto definitivamente no es el tipo de libro que debería estar leyendo una maestra de preescolar.]
Miraba la portada.
Luego volvía a leer.
[Una página más.]
Pasaban diez minutos.
[Una página más.]
Media hora después...
[¡¿Cómo puede ser tan irresponsable este protagonista?!]
Y, por supuesto, continuaba leyendo.
Tenía una colección bastante considerable de romances.
Pero no eran precisamente historias dulces de flores, paseos bajo la luna y declaraciones inocentes de amor.
No.
A ella le fascinaban los romances oscuros.
Historias llenas de personajes peligrosos, relaciones complicadas, secretos, celos, tensión romántica y protagonistas que parecían tener una preocupante incapacidad para tomar decisiones sensatas.
Aquello era exclusivamente su placer privado.
Durante el día podía estar enseñando a cinco niños a compartir sus lápices.
Por la noche podía estar leyendo sobre algún personaje ficticio completamente cuestionable.
[Es ficción. Es ficción. Todo esto queda dentro de mi habitación.]
Y quizá esa era precisamente la razón por la que disfrutaba tanto de esas lecturas.
En la vida real era una mujer bastante sensata.
No buscaba problemas.
No hacía daño a nadie.
Era cariñosa con su familia, amable con sus compañeros y profundamente protectora con sus pequeños alumnos.
Pero en las páginas de sus libros podía permitirse ser una mujer mucho más atrevida.
Podía suspirar.
Podía emocionarse.
Podía ponerse roja.
Podía cerrar el libro contra su pecho y pensar:
[¿Por qué los hombres ficticios son tan interesantes y los reales tienen la capacidad de arruinarlo todo en cinco minutos?]
Aquella noche, sin embargo, no había tiempo para libros.
Porque al día siguiente llegaría una tormenta.
Una tormenta que cambiaría absolutamente todo.
El cielo comenzó a oscurecerse mucho antes de lo habitual.
A primera hora de la mañana, las nubes ya cubrían completamente el cielo.
La televisión advertía sobre fuertes lluvias y ráfagas de viento.
Ella miró por la ventana mientras terminaba de preparar su bolso.
—Esto no me gusta nada...
[Espero que suspendan las clases.]
Pero no las suspendieron.
Y, como siempre, ella llegó al jardín infantil.
Los niños estaban emocionados.
Para ellos, la lluvia era una aventura.
Algunos miraban por las ventanas.
Otros hablaban de los truenos.
Uno incluso aseguraba que había visto un monstruo entre las nubes.
Ella sonrió.
—¿Un monstruo?
—¡Sí!
—¿Y cómo era?
El niño abrió los brazos todo lo que pudo.
—¡Así de grande!
—Entonces espero que no venga a nuestra sala.
Los pequeños rieron.
La mañana transcurrió con normalidad.
Hasta que el viento comenzó a golpear las ventanas.
Una vez.
Dos veces.
Después con tanta fuerza que varios niños dejaron de jugar.
Ella se levantó inmediatamente.
—Todos tranquilos. Vamos a alejarnos de las ventanas, ¿sí?
Su voz seguía siendo suave.
Pero esta vez había preocupación en sus ojos.
El trueno que siguió hizo vibrar los vidrios.
Los niños se asustaron.
Algunos comenzaron a llorar.
Ella se arrodilló frente a ellos.
—No pasa nada. Estoy aquí.
[Tranquilos... tranquilos... mientras yo esté aquí, no les va a pasar nada.]
Entonces ocurrió.
Un ruido seco.
Muy fuerte.
Todos gritaron.
Una de las ventanas había cedido parcialmente debido al viento.
Los niños se quedaron paralizados.
Ella reaccionó antes de pensar.
—¡Todos al rincón! ¡Ahora!
Los pequeños corrieron hacia el lugar que ella les indicó.
Pero otro estruendo sacudió el edificio.
Una parte del cielo raso comenzó a desprenderse.
Ella levantó la mirada.
Y lo vio.
Una estructura pesada estaba a punto de caer justo sobre donde se encontraban varios de los niños.
No tuvo tiempo de pensar.
No tuvo tiempo de sentir miedo.
Simplemente corrió.
—¡AGÁCHENSE!
Se lanzó sobre los pequeños y los cubrió con su propio cuerpo.
El estruendo fue ensordecedor.
Algo cayó detrás de ella.
Los niños lloraban.
Ella apretó los dientes.
[¿Están bien?]
Intentó levantarse.
No pudo.
Sintió un dolor intenso.
Pero volvió a intentarlo.
[Primero ellos.]
—¿Están todos bien?
—¡Sí!
—¡Profesora!
—¡Tengo miedo!
Ella respiró con dificultad.
A pesar del dolor, consiguió sonreír.
—Está bien... está bien. No tengan miedo.
[Perfecto. Están vivos.]
Otro estruendo.
El edificio entero pareció estremecerse.
Ella escuchó a alguien gritar desde el pasillo.
Las personas intentaban evacuar.
Pero la puerta de la sala había quedado bloqueada por parte de la estructura caída.
Ella miró a los niños.
Después miró la puerta.
[De acuerdo... piensa.]
Había una pequeña abertura.
Podía intentar mover algunos objetos.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, comenzó a apartarlos.
—Vamos...
Uno.
Otro.
Otro más.
Los niños observaban en silencio.
—Profesora...
—Ya casi.
[¡Vamos!]
Finalmente consiguió abrir un espacio suficientemente grande.
—Uno por uno. Salgan.
—¿Y usted?
Ella sonrió.
—Voy detrás de ustedes.
Los niños comenzaron a salir.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Todos.
Cuando el último niño salió, ella cerró los ojos por un instante.
[Lo logré.]
Intentó ponerse de pie.
Pero sus piernas no respondieron.
El dolor aumentó.
Y entonces escuchó otro estruendo.
La estructura sobre ella comenzó a moverse.
Ella miró hacia la salida.
Los niños estaban a salvo.
Eso era lo único que importaba.
[Qué alivio...]
Sonrió.
Una sonrisa pequeña y tranquila.
[Al menos ellos están bien.]
La estructura terminó de caer.
El mundo quedó en silencio.
No supo cuánto tiempo pasó.
Ya no escuchaba la lluvia.
Ya no escuchaba los gritos.
Ya no escuchaba las sirenas.
Nada.
Solamente oscuridad.
Una oscuridad absoluta.
Profunda.
Extrañamente tranquila.
Ella abrió los ojos.
O creyó abrirlos.
No podía ver nada.
No podía mover su cuerpo.
No podía sentir el suelo.
Ni siquiera sabía si estaba respirando.
[¿Estoy... muerta?]
Intentó recordar.
La tormenta.
Los niños.
La ventana.
La estructura.
Y entonces comprendió.
[Oh.]
Por alguna razón, la noticia no le produjo terror.
Más bien sintió una extraña tristeza.
[¿Los niños están bien?]
Ese fue su último pensamiento sobre su antigua vida.
No pensó en su casa.
No pensó en sus libros.
No pensó en sus pertenencias.
Ni siquiera pensó en todas aquellas novelas que jamás terminaría.
Solamente pensó en sus pequeños alumnos.
[Espero que estén bien.]
La oscuridad se hizo todavía más profunda.
Y, lentamente...
Todo pensamiento comenzó a desaparecer.
Hasta que solamente quedó una sensación.
Como si estuviera cayendo.
Cayendo hacia algún lugar desconocido.
Muy lejos.
Muy, muy lejos.
Y entonces...
Nada.
Absolutamente nada.
La oscuridad la envolvió por completo.