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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20

El domingo salí al jardín con una taza de café. Quería llamar a mi papá antes de que abriera el taller, preguntarle por las cuentas con más calma que el martes.

Damián estaba al otro lado del rosal, cortando unas rosas amarillas. Meche le había dejado las tijeras y un recipiente; él comparaba dos tallos con una concentración que me hizo sonreír. Preferí sentarme primero y esperar a que terminara para hacer la llamada.

Sonó mi teléfono. Era un número que no tenía guardado.

—¿Bueno?

—Buenos días, Renata. ¿Cómo está la vida de casada?

Me levanté de la banca. Fernanda no esperó mi respuesta.

—Le mandé algo. Escúchelo con calma.

Colgó. Llegó un archivo de audio y me aparté unos pasos antes de reproducirlo. Bajé el volumen y pegué el teléfono a la oreja.

La primera voz era la mía.

Tenía diecisiete años. Oí la vacilación antes de aceptar, una pausa que ya no recordaba, y después mis propias palabras pidiendo que el padre de Fernanda perdonara los meses atrasados de la renta. Mi papá no tenía con qué pagarlos. Yo podía acercarme a Damián. Eso dije.

Fernanda se rio en la grabación.

—Es solo un juego, Renata. Enamóralo, sácale lo que puedas y ya. Nadie sale lastimado.

Detuve el archivo.

No podía culpar a una imitación ni fingir que habían cambiado mis palabras. Recordaba esa conversación. El audio recogía mi aceptación; no necesitaba oír más para saber qué iba a pensar Damián si lo escuchaba sin conocer lo que yo había temido perder aquel día.

Llegó otro mensaje.

«El local sigue siendo de mi papá. Esto es apenas un pedacito. Piénselo».

No me pedía nada concreto todavía. Quería que yo esperara su siguiente llamada sabiendo lo que tenía, que acudiera a ella antes de que tuviera que insistir. A los diecisiete le había funcionado.

Levanté la cabeza.

Damián estaba mirándome desde el rosal. Tenía las tijeras en una mano y tres rosas en la otra.

Apagué la pantalla. No sabía cuánto había durado el audio ni hasta dónde podía haberse oído en el jardín. Traté de recordar si había movido el teléfono al escuchar mi nombre. No estaba segura.

—¿Con quién hablabas? —preguntó.

—Con Fabiola.

La misma mentira del desayuno. Ya ni siquiera había pensado en elegir otra.

Dejó las tijeras y se acercó. Busqué una señal de enojo en su cara, algo que me permitiera saber si debía empezar a explicar. Se detuvo frente a mí y retiró una hoja de uno de los tallos.

—Julián me acaba de hablar de lo del lunes —dijo, tocándose el auricular que llevaba puesto—. Ni el domingo lo deja descansar a uno.

Me tendió las rosas.

—Toma. Ya les quité las espinas.

Las recibí con la mano libre. Él me quitó la taza para que pudiera acomodarlas y la dejó en la banca.

—Gracias.

Quería preguntarle si había oído algo. Solo hacer la pregunta podía llevarlo al teléfono que yo acababa de esconder. Me limité a mirar sus manos, que volvían hacia las tijeras como si la mañana no hubiera cambiado.

Durante el resto del domingo esperé otro mensaje. No llegó.

Llamé a mi papá y le pedí las cantidades pendientes. Esta vez no acepté un «luego vemos». Fuimos mes por mes hasta que pudo decirme el total. Anoté también cuándo vencía el contrato y dónde guardaba la copia.

—¿Para qué quieres todo eso, Nata?

—Para saber cuánto necesitamos, papá. No quiero seguir haciendo cuentas a medias.

No mencioné a Fernanda. A él le habría bastado saber que alguien estaba usando el taller para presionarme para intentar resolverlo solo, incluso dejando el local. Yo no quería que renunciara a veintiséis años de trabajo antes de saber qué opciones teníamos.

Guardé el audio y los mensajes. El martes había borrado la amenaza para que Damián no la viera. Ahora quería conservar exactamente lo que Fernanda enviara, aunque cada vez que abriera la conversación tuviera que encontrar mi propia voz.

El lunes revisé información pública sobre los predios de esa zona de Nueva Aurora. No todo se podía averiguar desde una pantalla y algunas consultas requerían datos que aún no tenía. Hice una lista para pedírselos a mi padre. Empecé por lo que sí podía comprobar: la ubicación del local, el nombre en el contrato y las fechas de los pagos.

Por Vértice pasaban documentos de proyectos inmobiliarios del grupo. Había visto mencionado el eje de Nueva Aurora entre las zonas de interés. Si la zona empezaba a recibir inversión, los Bravo también tendrían que decidir qué hacer con sus propiedades. Quería entender qué conservaban, qué pensaban vender y si había una forma de negociar el local que no dependiera de la consideración que Fernanda decía tenernos.

No podía comprarlo con mi primer sueldo de estrategia. Pero podía empezar a averiguar cuánto valía, con qué obligaciones se transmitiría y qué alternativas teníamos si mi papá necesitaba mudarse. Abrí una carpeta para reunir esos datos. Esta vez quería llegar a la conversación con algo más que una petición de prórroga.

Por primera vez desde el mensaje del desayuno, mi siguiente paso no dependía de que Fernanda volviera a escribir.

Lo que no esperaba era la comezón.

El martes aparecieron unas ronchas en el cuello. Intenté no rascarme durante la junta. Para el miércoles tenía más en la espalda y había dormido mal; cuando Damián me vio en el elevador, yo estaba tratando de alcanzar una que ardía debajo de la blusa.

—¿Desde cuándo está así?

—Desde ayer. A veces me pasa en esta época.

—¿Y ya consultó a alguien?

Negué. Él sacó el teléfono para buscar una cita. Iba a decirle que se me pasaría sola cuando volvió a darme comezón en un sitio que no podía alcanzar sin torcer el hombro. Esta vez no discutí.

El doctor Sáenz me preguntó por alergias anteriores, productos nuevos y medicamentos antes de revisarme. Yo culpaba al polen porque llevaba días estornudando y de niña también me ocurría en primavera. Él explicó que eso no bastaba para saber la causa de todas las ronchas y me indicó tratamiento y seguimiento si no cedían.

Damián esperó durante la consulta. A la salida recogimos lo que me habían recetado. Yo seguía pensando en el audio y tuve que pedirle que repitiera a qué hora volvía a tocarme el medicamento.

Esa noche intenté ponerme la crema frente al espejo. Alcanzaba el cuello y una parte del hombro; lo demás, no. Damián me encontró con el brazo torcido detrás de la espalda.

—Deme el tubo.

Se lo pasé. Me senté en la cama y levanté la blusa hasta los hombros. Él apartó mi pelo y empezó a extender la crema con cuidado, deteniéndose cuando yo me movía.

Las rosas amarillas seguían en un vaso sobre el buró. A su lado estaba mi teléfono. La pantalla se encendió con una notificación y volví la cabeza de inmediato.

Era un correo de trabajo.

—Quédese quieta un momento —dijo Damián.

Obedecí. Estaba ayudándome con algo que no podía hacer sola; yo llevaba días impidiendo que viera lo demás. Quise contarle por qué había mirado el teléfono con tanto miedo. Me salió su nombre, nada más.

—¿Qué?

Tenía que empezar por mis diecisiete años. Por el taller. Por el motivo que le había dado a Fernanda para acercarme a él.

—Nada. Gracias.

Él tapó el tubo y lo dejó junto al teléfono. Yo mantuve la cara hacia el otro lado hasta que terminó de bajarme la blusa.

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