Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 3: El peso de las vidas ajenas
Clara enfermera no durmió esa noche. Ninguna de las tres durmió. Se turnaron para vigilar el cuerpo envuelto en sábanas —Marta, la hermana de 1923— mientras el quirófano abandonado respiraba con el viento. Las grietas temporales a veces zumbaban bajito, como moscas muertas.
Valentina se sentó en una esquina con las piernas recogidas. Su mente no paraba de repasar los últimos eventos: el mate, el destello, la cocina de 1987, la niña que era ella misma diciéndole abuela. Ahora entendía por qué la niña la había mirado con tanto miedo. No era miedo a una abuela enojada. Era miedo a ver a alguien conocido convertido en otra persona.
—Me pasó igual —dijo la piloto, como si leyera sus pensamientos. Estaba sentada frente a ella, limpiando su reloj de bolsillo con un trapo sucio—. La primera vez que salté, terminé en el cuerpo de mi propia madre en 1943. Ella tenía veinte años. Yo acababa de nacer. Fue... perturbador.
—¿La viste? —preguntó Valentina.
—Me vi a mí misma recién nacida. Una bolsa de carne roja y gritos. Y supe que mi madre también era yo. O que yo era ella. O que el tiempo es un chiste de mal gusto.
Clara enfermera se acercó con dos latas de duraznos en almíbar que encontró en una despensa olvidada. Las abrieron con la punta del bisturí que había tirado horas antes. Comieron en silencio, masticando el dulce empalagoso mientras el cuerpo de Marta velaba sus propias muertes.
—¿Cuántas somos? —preguntó Clara enfermera de repente.
La piloto encogió los hombros.
—Encontré rastros de siete. Pero sólo tres vivas hoy. Vos, yo y ella —señaló a Valentina—. Las otras... el tiempo las borró. O las volvió locas. Hay una que se quedó atrapada en un bucle de diez minutos en 1912. La veo a veces, en las grietas. Corre y corre por el mismo pasillo de un barco que nunca termina de hundirse.
—El Titanic —susurró Valentina.
—Eso creo. Pero ya no habla. Sólo corre.
El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Valentina pensó en su abuela Lucía, muerta hacía una semana. Pensó en todas las veces que la vieja le había dicho vos vas a heredar cosas raras, nena, y ella había creído que hablaba de las vajillas de porcelana o del departamento con olor a naftalina.
—Tu abuela también era una de nosotras —dijo la piloto—. Por eso el salto te llevó a ella. No es casualidad. La sangre reconoce la sangre rota.
—¿Mi abuela podía viajar en el tiempo? —preguntó Valentina con la voz rota.
—Podía verlo. No moverse. Pero veía las grietas y nos sentía. Por eso te crió con esas historias raras, con esos miedos que no entendías. Te estaba preparando.
Clara enfermera dejó la lata de duraznos a un lado. Su mandíbula temblaba.
—Yo no puedo hacer esto —dijo—. Yo no soy valiente. En el incendio, corrí. No salvé a ese chico porque tuve miedo y me escondí debajo de una camilla. Eso es lo que nunca le conté a nadie.
La piloto se inclinó hacia ella y le tomó la cara con ambas manos. El gesto era brusco pero tierno, como hecho por alguien que había olvidado cómo tocar sin lastimar.
—Escuchame —dijo la piloto—. Yo también corrí. En Londres, durante el bombardeo, dejé a tres soldados atrás porque las paredes se caían y yo quería vivir. Me odio por eso todos los días. Pero odiarme no cierra las grietas.
—¿Qué lo hace, entonces? —preguntó Valentina.
La piloto soltó a Clara y se recostó contra la pared. Miró el techo desconchado. Parecía estar haciendo cuentas mentales, repasando viajes, errores, pérdidas.
—Hacer las cosas distintas —dijo al fin—. Pero no desde el arrepentimiento. Desde la conciencia. Cuando viajamos al pasado, no podemos cambiar todo. El tiempo se defiende. Pero podemos cambiar pequeños momentos. Una palabra. Una mano que se ofrece. Un segundo de valor en lugar de un segundo de miedo.
Clara enfermera negó con la cabeza.
—Eso no va a traer de vuelta al chico.
—No —admitió la piloto—. Pero va a impedir que su muerte te parta en tres. Porque ahora mismo, Clara, vos estás partida. Una parte tuya se quedó en ese quirófano en llamas, viendo cómo se le iba la vida a ese nene de los ojos. Y esa parte es la que abre las grietas. La que nos atrae a todas acá.
Valentina sintió un tirón en el pecho. No era físico. Era el recuerdo de su abuela diciéndole no guardes las penas, nena, que las penas guardadas se pudren y hacen agujeros en el alma. Nunca había entendido del todo esa frase. Ahora sí.
—¿Y si no podemos? —preguntó Valentina—. ¿Y si viajamos al 87 y todo sale mal? ¿Qué pasa con nosotras?
La piloto sonrió sin alegría.
—Terminamos como Marta. Envuelta en una sábana en un quirófano abandonado, esperando que otra versión nuestra nos entierre.
Afuera, la naranja incandescente en el horizonte se hizo más grande. El calor comenzó a sentirse a través de la ventana rota. No era un incendio real. Era una grieta enorme que se estaba abriendo en el tiempo, y ellas estaban justo en el borde.
—Mañana viajamos —dijo la piloto, levantándose—. Descansen. Van a necesitar todas sus versiones enteras.
Pero ninguna de las tres durmió. Y ninguna dijo lo que todas pensaban: que tal vez ya no quedaban versiones enteras de nadie. Sólo pedazos tratando de recordar cómo ser una sola.