Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
NovelToon tiene autorización de elaretaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Episodio 12
A la mañana siguiente, Kayla despertó con los ojos hinchados. Arturo ya no estaba en la cama, pero esta vez había dejado algo distinto sobre la mesita de noche: un vaso de café de la cafetería favorita de Kayla y una nota.
Ya hablé con el Dr. Fabián. Búscame en mi oficina después de la ronda matutina. No llegues tarde.
—Uf, no quiero ir. Me da vergüenza —murmuró Kayla.
A pesar de todo, Kayla se levantó y se preparó para ir al hospital. Reuniendo todo el valor que pudo, se puso en camino.
En cuanto Kayla llegó al vestíbulo del hospital y entró a la sala de internos, se hizo un silencio repentino; sus compañeros cuchicheaban mientras la miraban de reojo.
—Kay, ¿de verdad estás bien? Ayer el Dr. Arturo fue aterrador. Creíamos que ibas a abandonar el internado —dijo Jimena acercándose con gesto preocupado.
Kayla apenas esbozó una sonrisa débil, tratando de verse fuerte. —Estoy bien, Jimena. Fue una lección para mí —respondió.
Cuando el reloj marcó las diez, Kayla se dirigió a la oficina de Arturo. En el pasillo se cruzó con el anestesiólogo al que Arturo también había reprendido el otro día; solo se intercambiaron una mirada de mutua compasión.
Al llegar frente a la oficina de Arturo, Kayla tocó la puerta y, tras oír la voz de Arturo desde adentro dándole permiso, entró. Dentro no solo estaba Arturo, sino también el Dr. Fabián.
—Siéntate, Kayla —dijo el Dr. Fabián amablemente.
Arturo estaba sentado en su silla con la misma expresión impasible de siempre, como si lo de anoche en el apartamento jamás hubiera ocurrido. Sin embargo, ya no la miraba con aquella mirada cortante de antes.
—Bien, Kayla. El Dr. Arturo y yo ya discutimos lo que pasó ayer. Siendo honestos, tu error fue muy grave. Pero ambos vemos que tienes un gran potencial, y como consecuencia, vas a dejar de estar bajo mi tutela temporalmente —explicó el Dr. Fabián.
—¿Qué-qué quiere decir, doctor? —preguntó Kayla, impactada por las palabras del Dr. Fabián.
¿Me van a dar de baja? Si no termino el internado, no podré obtener mi título, pensó Kayla.
—A partir de hoy, estarás bajo mi supervisión directa. Vas a acompañarme a donde sea, incluyendo las guardias nocturnas. Yo mismo me voy a asegurar de que tus manos dejen de temblar en la mesa de operaciones —respondió Arturo con firmeza, sin admitir réplica.
¿Supervisión directa? Eso significa que voy a estar con el Dr. Hielo las veinticuatro horas, tanto en el hospital como en casa, pensó Kayla.
Kayla se quedó petrificada en su silla. Estar bajo la tutela de Arturo equivalía a meterse en la jaula del león todos los días. Kayla miró a Arturo de reojo; él ya había vuelto a sus documentos, como si esa decisión trascendental no fuera más que un aviso rutinario de horarios.
—Pero, doctor, ¿eso no va en contra del protocolo de distribución de internos? —preguntó Kayla buscando una salida.
—Soy el jefe del departamento, Kayla. Yo decido quién merece aprender bajo mi supervisión. El Dr. Fabián está de acuerdo porque considera que necesitas un nivel de disciplina más alto —respondió Arturo con frialdad, sin levantar la vista.
El Dr. Fabián solo asintió levemente con una sonrisa enigmática y se despidió, dejando a Kayla a solas con su esposo.
—De pie. Vamos a hacer la ronda ahora —ordenó Arturo mientras tomaba su estetoscopio.
Kayla se levantó de prisa y siguió los largos pasos de Arturo. En los pasillos del hospital, la escena llamó todas las miradas. Kayla, que solía ir detrás del amable Dr. Fabián, ahora caminaba justo al lado —o un paso atrás— del Dr. Arturo, el más temido de todos.
—Paciente de la habitación 402, posoperatorio de aneurisma de ayer. Explique su evolución —indicó Arturo mientras caminaba a paso rápido.
Kayla titubeó un poco, pero logró describir los parámetros clínicos con precisión porque los había estudiado toda la noche anterior. Arturo no la elogió; solo emitió un leve resoplido como señal de que la explicación era aceptable.
Sin embargo, la verdadera prueba llegó a la hora del almuerzo. En lugar de dejar que Kayla comiera con Jimena y Celina en la cafetería, Arturo la jaló del brazo hacia su oficina privada.
—Come aquí —dijo Arturo empujando hacia ella una lonchera que, al parecer, había preparado en secreto.
—Quiero comer con mis amigas, doctor —protestó Kayla en voz baja.
—Tus amigas solo van a hablar de lo de ayer y eso va a hundir más tu ánimo. Aquí vas a comer y a estudiar la técnica de sutura de vasos sanguíneos microscópicos —Arturo colocó un simulador quirúrgico sobre la mesa de centro.
—Pero, doctor, es la hora de descanso —se quejó Kayla.
Arturo se acercó, apoyó ambas manos en el respaldo de la silla donde Kayla estaba sentada, encerrándola. —En el hospital, yo soy tu maestro. Y tu maestro dice que aún no eres lo bastante hábil. Come y luego practica. Regreso en quince minutos a revisar tu avance —dijo Arturo.
La tortura no terminó ahí. Arturo cumplió al pie de la letra su advertencia. Esa noche, Kayla tuvo que quedarse de guardia, y alrededor de las dos de la madrugada ingresó a urgencias un caso de choque múltiple.
Kayla, ya medio dormida, fue obligada a mantenerse en pie cuando Arturo la llamó. —¡Kayla! Suture la herida abierta de este paciente. ¡Ahora! —ordenó Arturo.
Con las manos todavía un poco rígidas por el cansancio, Kayla comenzó a suturar. Arturo permanecía de pie justo a su lado, examinando cada movimiento de la aguja con absoluta minuciosidad.
—Muy junto. ¡De nuevo! —dijo Arturo con frialdad.
Kayla respiró hondo, deshizo la sutura y la rehízo. —Muy flojo, el paciente puede volver a sangrar. ¡De nuevo! —sentenció Arturo.
Las lágrimas de Kayla empezaron a acumularse por la frustración. —Doctor, ya son las dos de la mañana. Estoy agotada… —se quejó Kayla, pero Arturo la interrumpió.
—¡Al paciente no le importa si estás cansada o no, Kayla! ¡Esta herida no va a esperar a que te recuperes para cerrarse! —la reprendió Arturo en voz baja para no molestar a los demás pacientes, pero con un filo cortante.
Kayla se mordió el labio inferior, contuvo el llanto y volvió a suturar con toda la concentración que le quedaba. Al cuarto intento, Arturo por fin se quedó callado; tomó las tijeras quirúrgicas, cortó el hilo sobrante y rozó la mano de Kayla por un instante.
—Bien. Memoriza el patrón —dijo en voz muy queda, casi como un susurro tierno.
A las cinco de la mañana pudieron por fin volver al apartamento. Kayla estaba tan exhausta que casi se cayó al intentar quitarse los zapatos en la sala.
De pronto, unos brazos fuertes la levantaron. Arturo cargó a Kayla hasta la habitación principal. Kayla, demasiado agotada, solo pudo apoyar la cabeza en el pecho de Arturo, inhalando el aroma masculino mezclado con olor a hospital que, por alguna razón, ahora le resultaba reconfortante.
Arturo la recostó en la cama con muchísimo cuidado, un contraste abismal con su crueldad en el hospital. Cuando Arturo se disponía a irse, Kayla lo sujetó de la orilla de la camisa.
—Arturo, ¿por qué eres tan cruel en el hospital? —preguntó Kayla con la voz ronca de quien se muere de sueño.
Arturo se sentó al borde de la cama y le acarició la frente, apartando un mechón de cabello que le cubría el rostro. —Porque no quiero perderte otra vez en un quirófano, Kayla. Y no quiero que el mundo te vea como un fracaso —respondió.
Arturo besó la frente de Kayla demorándose unos segundos. —Duerme. Tienes tres horas antes de que salgamos de nuevo —dijo.
Kayla cerró los ojos con el corazón confundido. Arturo era un hombre capaz de hacerla sentir inmensamente valiosa por la noche, pero insignificante durante el día.
.
.
.
Continuará…