Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 9
Cristóbal.❤️
Nunca pensé que volvería a sentir algo así, tan electrizante, tan vivo.
No a mi edad, después de tanto tiempo. No de esta manera. No por ella. Desde Clarissa, la madre de Jessica, quien fue mi novia en la secundaria, esa que sintió que nuestra hija y yo no éramos suficientes para ella. Clarissa sintió que era muy joven para ser mamá y cuando dió a luz, renunció totalmente a Jessica y se marchó a otro país, desde entonces me dediqué a mi hija con ayuda de mi abuela materna, terminé mi carrera, me hice cargo de mi empresa heredada de mis difuntos padres, quise intentar otra relación, pero algunas mujeres solo me buscaban por mi dinero y algunas me huían por ser padre soltero, así que decidí quedarme solo y no sentir. Durante muchos años no me había sentido así, como en el aire y eso me pesa, no porque ella no sea una buena mujer, es porque lo es, es una buena chica, es dulce, atrevida con ese toque de inocencia que me prende la sangre con solo una mirada. Pero me aterra dañar nuestra confianza, dañar mi relación con mi hija , son mejores amigas y no sé si Jessica aceptará algo entre su amiga y yo. Porque sé que le atraigo, lo noto cuando me mira, cuando por alguna circunstancia nos tocamos o solo estamos en silencio en un lugar, pero es como si ella también supiera que esto está prohibido.
Julieta.
La mejor amiga de mi hija. La que revivió mis sentimientos después de haber saltado por varias camas sin ninguna atadura.
Escribo su nombre mentalmente como si fuera un pecado y una oración al mismo tiempo. Porque eso es lo que representa para mí: una tentación que no pedí y una presencia que me alivia y me atormenta al mismo tiempo. Cuando la tengo cerca me provoca estrecharla entre mis brazos, perderme en esos bonitos ojos castaños que posee, perder mi mano en su melena negra y estrellar mi boca con la suya hasta quedar sin aire, hasta que gima mi nombre una y otra vez.
Desde la primera vez que la vi —ese día en que Jessica la trajo a casa por primera vez— supe que había algo distinto en ella. No solo era bonita, no... hay muchas chicas bonitas en este mundo. Pero Julieta tenía esa luz extraña en la mirada, esa manera dulce y fuerte de estar presente, como si llevara una historia profunda detrás de cada sonrisa.
Y maldita sea, su sonrisa es perfecta, única y hermosa. Es casi hechizante.
Tiene esa energía que llena el espacio apenas entra a una habitación. No hace falta que diga una palabra, su presencia se siente. Su voz suave, su risa, su forma de morderse el labio inferior cuando está nerviosa. Su cabello largo cayendo en cascada sobre su espalda, su piel marfil suave como el caramelo... y esos ojos, tan vivos normalmente, pero que en estos días están apagados.
Y eso me jode. Porque cada día la deseo mucho más de lo que puedo describir.
Me afecta más de lo que debería. Me duele verla así. Hoy, cuando llegó a casa buscando a Jessica y le abrí la puerta por casualidad, lo supe apenas la vi: algo estaba mal. Sus ojos no brillaban. Su rostro estaba tenso. Me dijo que no pasaba nada, pero siento que la conozco más de lo que debería.
Quise abrazarla. Quise rodearla con mis brazos, apretarla contra mi pecho y decirle que todo iba a estar bien, aunque ni siquiera sé si eso es cierto. Pero no lo hice. Me contuve.
Siempre me contengo.
Porque soy Cristóbal Sandoval, el hombre correcto, el padre responsable, el que no cruza líneas, Pero muere por cruzarlas todas con ella.
Y ella es Julieta. La mejor amiga de mi hija. 20 años. Una joven brillante, talentosa, con sueños. ¿Y yo qué soy? Un hombre con demasiadas responsabilidades, demasiadas cicatrices y demasiadas ganas reprimidas.
La forma en que ella me mira a veces... juro que me dan ganas de perder el control. Como este día en el mirador.
Nos quedamos solos, el viento soplaba suave y su cabello bailaba frente a mi rostro. Hablamos de que me duele, de sueños, de la vida, de esas cosas que uno solo le confiesa a alguien que no debería importarte tanto. Se me acercó sin querer y yo... yo estuve a nada de besarla. A centímetros de sus labios. La respiración se me detuvo.
Y no lo hice.
Por cobarde. Por prudente. Porque no puedo. Porque si lo hago, quizás ya no haya marcha atrás. Porque si ella no siente lo mismo... si lo interpreta mal... si Jessica se entera...
Podría arruinarlo todo.
Quiero protegerla.
Quiero ser el tipo que la cuide, que le devuelva la alegría que alguien le robó. Pero no tengo derecho. No con ella. Porque si lo intento, si me atrevo siquiera a insinuarlo, puede verme como un maldito pervertido.
Soy mayor. Casi el doble de su edad.
Y aunque ella ya es una mujer —y lo es en todo el sentido de la palabra—, la sociedad no lo vería así. Jessica no lo vería así. Y si mi hija descubre lo que realmente siento, no solo me odiaría… podría perderla para siempre.
Y sin embargo, estoy en este infierno.
Pero hay algo que hierve dentro de mí. Un fuego que me consume el pecho cuando la veo, cuando la escucho, cuando la siento cerca. No es solo físico —aunque el deseo es brutal, crudo, animal—, es algo más profundo. Me gusta su alma, su fuerza, su dulzura, incluso cuando está molesta. Me gusta su humanidad. Su manera de seguir adelante a pesar de todo. Me gusta, me encanta la mejor amiga de mi hija.
Hoy, cuando la llevé a desayunar, hice un esfuerzo sobrehumano por comportarme como un caballero. La protegí, la escuché, la llevé a la tienda donde trabaja como si todo estuviera bien. Y cuando nos despedimos... ese beso en la mejilla... o más bien, cerca de la comisura de mis labios... joder, me la quise comer a besos. Quise susurrarle mil cosas al oído, ver su piel erizada y escuchar el galope de su corazón.
No sé si lo hizo a propósito. No sé si fue solo un accidente. Pero todavía lo siento ahí, como un tatuaje invisible.
Y sí, me dan celos, lo reconozco.
Celos de los chicos que pueden mirarla sin remordimiento, que pueden coquetearle sin culpa, que tienen su edad y su permiso social para desearla. Porque yo, cada vez que la miro con un poco más de lo debido, me siento como si estuviera cruzando una línea que no me pertenece. Cada vez que admiro su escote, su sexy movimiento al caminar, la forma de su cuerpo marcada en su ropa, el movimiento de esa boca cuando habla o ríe o esa lamida de labios que cadi hace de forma inconsciente.
Y no me gusta ser ese hombre.
Yo soy el papá de su mejor amiga. Yo soy el tipo que debe hacerse el ciego, el sordo, el muerto. El que tiene que fingir que no pasa nada, que no siente nada. Aunque por dentro todo esté ardiendo.
Porque cada vez que sonríe, siento que me oxigena el alma. Y cuando está triste, como hoy, me cuesta respirar.
Estoy atrapado en este deseo que ya no sé cómo disimular. Me ahoga. Me empuja. Me exige.
Y no sé cuánto más voy a poder resistirme a ella.
Pero tampoco puedo dejar de sentir lo que siento.
Julieta me está rompiendo el equilibrio. Me está volviendo humano otra vez. Vulnerable. Real.
Y por primera vez en años... no sé si eso es una maldición o una bendición, pero cada día siento ganas de tomarla, de hacerla pecar conmigo, de impregnarme de su aroma y de tocarla indecorosamente.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.