Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 8: La Obsesión del Hereje
Dos días habían pasado desde que el poder del eclipse se grabara a fuego en su piel, y Astra sentía que caminaba por un sueño envuelto en sombras y terciopelo. O, más bien, por una hermosa y voluntaria jaula de oro.
El Castillo de Ceniza bullía con un murmullo constante y tenso. Los sirvientes, una mezcla de vampiros de bajo rango y licántropos exiliados, andaban de puntillas por los pasillos, intercambiando miradas cargadas de estupefacción. La razón de su desconcierto no era el despertar del Rey Hereje, sino la forma en que este trataba a la Omega que la Manada Colmillo de Plata había desechado como basura.
Valerius había prohibido terminantemente que cualquier otra persona tocara a Astra.
En ese momento, Astra permanecía sentada frente al gran tocador de madera negra de la recámara principal. Detrás de ella, la imponente figura de Valerius dominaba el reflejo del espejo. Sus manos enormes, capaces de aplastar el cráneo de un guerrero sin esfuerzo, sostenían un cepillo de plata pura con una delicadeza casi irreal. Deslizaba las cerdas con movimientos lentos y pausados a lo largo de su denso cabello oscuro, desenredando cada mechón con un cuidado infinito.
Astra contenía el aliento, sintiendo el calor magnético que emanaba de la piel del híbrido. «Nadie me ha cuidado así en toda mi vida» pensó, sintiendo un nudo en la garganta. En su antigua manada, el cabello largo solo servía para que los Betas la arrastraran cuando se retrasaba en las tareas de la cocina. Logan jamás la había mirado con la devoción reverente con la que Valerius la observaba a través del espejo.
—Estás tensa, mi Luna —murmuró Valerius, su voz profunda acariciando la nuca de Astra como una corriente de aire cálido.
—No estoy acostumbrada a esto... —confesó ella en un hilo de voz— En las cocinas de Logan, si no me movía rápido, el castigo era el látigo. Aquí... me tratas como si fuera de cristal.
Al escuchar el nombre de Logan, los dedos de Valerius se tensaron apenas una fracción de segundo, y sus ojos dorados centellearon con un destello carnívoro. Dejó el cepillo sobre la mesa y colocó sus manos sobre los hombros de Astra, agachándose ligeramente para quedar a su altura.
—No eres de cristal, Astra. Eres fuego purificador —dijo él, sus labios rozando la curva de su oreja— Pero hasta que aprendas a usar tu propia llama, yo seré el escudo que calcine a cualquiera que intente apagarte.
No era solo el cabello. Valerius vigilaba personalmente cada bandeja de comida que subían a la recámara, probando las pociones curativas antes de permitir que Astra bebiera una sola gota. Su obsesión posesiva era absoluta, un instinto biológico que se alimentaba del Lazo de Eclipse y que comenzaba a escandalizar a la aristocracia del bajo mundo que habitaba el castillo.
Una hora más tarde, Valerius guió a Astra hacia el comedor real para el almuerzo. Era una sala majestuosa, flanqueada por altas columnas de piedra y un largo tablón de roble donde los comandantes de la corte solían reunirse. Astra ya no vestía harapos; llevaba un vestido de seda gris que acentuaba sus curvas y hacía resaltar el brillo plateado que ahora ocultaban sus ojos.
Sentada a la derecha del trono, Astra observaba cómo Valerius, ignorando las miradas de los pocos guardias presentes, tomaba un cuchillo de plata y cortaba personalmente los trozos de carne asada en su plato, asegurándose de que fueran fáciles de comer para ella.
El silencio del comedor fue interrumpido violentamente cuando las pesadas puertas de bronce se abrieron de par en par.
Una mujer de porte aristocrático avanzó por el pasillo central. Era Lilith, una vampiresa de sangre pura, de piel pálida como la tiza, labios pintados de un rojo carmín y un vestido de encaje oscuro que se arrastraba con elegancia. Como antigua lugarteniente de Valerius y líder de la facción de los Puros dentro del castillo, Lilith estaba acostumbrada a ser la mujer más poderosa de la corte.
Al detenerse frente a la mesa real y ver al temido Rey Hereje rebajándose a servir a Astra como si fuera una sirvienta de alto rango, el rostro de Lilith se deformó en una mueca de absoluto asco y celos enfermizos.
—Mi señor Valerius —siseó Lilith, su voz cargada de un veneno aristocrático que resonó en las paredes— Las catacumbas celebran tu despertar, pero la corte está sumida en la confusión. ¿Es real lo que ven mis ojos? ¿El soberano de las cenizas se ha convertido en el lacayo de una loba mugrienta?
Astra se tensó en su silla, el viejo instinto de Omega instándola a bajar la mirada ante el insulto. Irina solía hablarle de la misma manera.
Lilith dio un paso más, clavando sus ojos inyectados en sangre en Astra con desprecio:
—¿Vas a rebajar tu corona, tu linaje y el respeto de tu corte por una paria desterrada que ni siquiera su propia especie quiso? Es una vergüenza para este castillo.
El espacio entre los latidos del corazón pareció congelarse.
La reacción de Valerius no incluyó advertencias ni palabras. Un parpadeo. Eso fue todo lo que la vista humana habría podido registrar.
En una fracción de segundo, la silla de Valerius voló hacia atrás, haciéndose pedazos contra el suelo, mientras el híbrido se desplazaba con una velocidad sobrenatural. Antes de que Lilith pudiera siquiera parpadear o usar sus reflejos de vampiro puro, la mano enorme de Valerius se cerró alrededor de su garganta, levantándola del suelo como si fuera una muñeca de trapo.
El impacto fue brutal. Valerius arrastró el cuerpo de Lilith por el aire y la empotró violentamente contra la pared de piedra más cercana, agrietando la roca detrás de su cabeza.
—¡Ahg! —Lilith soltó un quejido ahogado, sus manos pálidas arañando inútilmente la muñeca de acero del híbrido. Sus pies colgaban a medio metro del suelo.
La presencia de Valerius mutó instantáneamente a su faceta más terrorífica. Sus facciones perfectas se volvieron demoníacas; las venas alrededor de sus ojos se tiñeron de un negro azulado y sus ojos se inundaron por completo de un rojo carmesí, salvaje y sediento de sangre. Sus colmillos de vampiro se extendieron de sus encías, afilados y goteando una saliva densa que delataba el frenesí de su depredador interno.
El aura de sometimiento que emanó de él fue tan aplastante que los guardias de la entrada cayeron de rodillas, temblando, incapaces de sostener el peso de su furia.
—Escúchame bien, sabandija de sangre pura —siseó Valerius, su voz ultraterrenal vibrando en los huesos de todos los presentes, mientras apretaba el agarre, cortando el aire de la vampiresa— Astra no es una paria. Es mi compañera. Es la Reina de este eclipse. Vuelve a insultarla, vuelve a mirarla con ese asco, y te juro por la memoria de mi madre que decoraré el jardín de este castillo con tus cenizas antes de que termine el día.
Lilith, cuyos ojos reflejaban por primera vez un terror real y absoluto, asintió levemente con la cabeza como pudo, sintiendo que los dedos del híbrido estaban a punto de aplastarle la laringe. Comprendió que Valerius no estaba jugando; por esa loba, él extinguiría a su propia corte sin pestañear.
Valerius abrió la mano con desprecio, dejando que Lilith colapsara en el suelo en un montón de seda y jadeos desesperados por aire.
Sin dedicarle una sola mirada más a la mujer que tosía en el suelo, el Rey Hereje se giró hacia Astra. En un cambio de faceta que dejó a la corte atónita, la monstruosidad asesina desapareció de su rostro. Sus ojos regresaron a ese dorado profundo, tierno y absoluto que reservaba exclusivamente para ella.
Caminó de vuelta a la mesa con pasos firmes, se paró frente a Astra y le tomó la mano derecha entre las suyas, entrelazando sus dedos con una total e infinita ternura. La miró fijamente, ignorando el silencio sepulcral del comedor.
—Ya has descansado lo suficiente, mi Luna —dijo Valerius, su tono barítono resonando con una promesa oscura que hizo que la loba interna de Astra rugiera de expectación— Es hora de que el mundo deje de verte como una presa. Mañana comenzará tu entrenamiento. Te enseñaré a usar la fuerza que esos idiotas intentaron apagar, y entonces, serás tú quien los ponga de rodillas.