dónde estés siempre serás tu
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20
—Se llama Camila. Tiene cinco años, le encanta el color rosa y colecciona peluches de todos los tamaños. Adora traer un tutú rosa puesto todo el día porque su película favorita es Toy Story, ama el chocolate con locura y hornea galletas con Roberta casi todas las tardes en la cocina. Es una niña muy lista; ya con sus cinco años lee muy bien y habla demasiado legible para una niña de su edad, es sumamente madura.
Dmitriy la escuchaba con absoluta atención, manteniendo la vista fija en la pantalla iluminada de aquel celular que de pronto parecía pesar una tonelada entre sus manos. Sería una completa idiotez pensar que esa pequeña de la fotografía no era su hija. Sí, su hija. Una palabra que retumbaba en las paredes de su mente con la fuerza de un cañonazo. No había espacio para la duda: la niña era una copia exacta de su propia madre, Nadenka, reflejada en esa mirada magnética y cristalina. ¿Cómo podría negarlo? La genética de los Ivanov se había impuesto con una soberbia implacable, pero con un detalle que le estrujó el corazón: la pequeña tenía el cabello castaño, ondulado y sedoso, idéntico al de su hermosa mexicana.
Además, su memoria no necesitaba pruebas de laboratorio. Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes de aquella fatídica noche de entrega mutua regresaban a su mente de forma tan palpable que casi podía sentir el calor de la habitación de hotel. Recordaba perfectamente cómo Azul temblaba bajo su cuerpo, presa de la vulnerabilidad y el amor; recordaba su respiración entrecortada pegada a su oído y esos gemidos dulces que le hacían erizar la piel. Esa única noche de pasión absoluta, donde se habían entregado en cuerpo y alma antes de que el destino los separara de golpe, había traído consigo a una hermosa niña que ahora gobernaba un mundo de tutús y galletas de chocolate.
Al notar el denso y prolongado silencio del ruso, Azul se removió en su asiento, cruzando los brazos sobre su vestido rojo y adoptando su postura más profesional y defensiva.
—Si quieres, puedes hacer la prueba de ADN —soltó ella con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—. No tengo absolutamente ningún problema con eso. Sé que es completamente normal que quieras estar seguro de si es tuya, que desees verificar los datos y comprobar con peritajes médicos que no te estoy mintiendo ni intentando estafar. Lo entiendo perfectamente.
—Jaja… —una risa contenida, baja y ligeramente ronca escapó de los labios de Dmitriy.
Azul arrugó el entrecejo de inmediato. Escuchar la risa de Dmitriy en un momento tan crucial y dramático la descolocó por completo. Sintió cómo una oleada de indignación y orgullo herido le subía por el cuello, transformando sus nervios en pura molestia. ¿Acaso se estaba burlando de ella? ¿Acaso pensaba que esto era una especie de broma de mal gusto o una trampa legal?
—¿Qué? ¿Qué es lo que te da tanta risa? —le reclamó, clavándole una mirada gélida que habría hecho temblar a cualquiera en un tribunal—. ¿Piensas que te estoy engañando? ¿Crees que vine desde el otro lado del mundo a inventarte un cuento para sacarte dinero o para jugar con tu apellido? Te aseguro que no necesito nada de ti, soy una mujer trabajadora y…
—No, no, no es eso. Discúlpame, por favor —la interrumpió Dmitriy rápidamente, alzando las manos en un gesto de súplica mientras borraba cualquier rastro de ironía de su rostro—. De verdad, perdóname. No me estoy burlando de ti, Azul. Son los nervios. Es solo que… o sea, mírala. Está preciosa. Es nuestra hija. Es bellísima, es… es perfecta. No necesito ninguna prueba de laboratorio, sus ojos me están diciendo todo lo que necesito saber.
Azul soltó un largo suspiro, permitiendo que sus hombros cayeran levemente mientras el aire regresaba a sus pulmones. Durante los últimos cinco años, y especialmente durante el larguísimo vuelo hacia Moscú, siempre había imaginado este preciso instante de mil maneras diferentes. En la mayoría de sus escenarios mentales, asumía que Dmitriy reaccionaría con furia, que iniciaría un severo cuestionamiento , que negaría la paternidad o que se enojaría muchísimo por haberle ocultado un secreto de tal magnitud durante tanto tiempo. Al final del día, ¿quién no lo haría? Cualquiera se alteraría al enterarse de golpe de que tiene una hija de cinco años. Sin embargo, ver la vulnerabilidad en los ojos del imponente magnate la dejó sin palabras.
Dmitriy se levantó lentamente de su sillón, dejando el celular sobre el escritorio, pero sin apartar la mirada de Azul. La rigidez del empresario se había desmoronado por completo; frente a ella ya no estaba el presidente ejecutivo del imperio Ivanov, sino el hombre que la había amado en México y que ahora intentaba procesar que el caos más hermoso de su vida acababa de entrar a su oficina vestido de rojo.
—¿Dónde está ella, Azul? —preguntó Dmitriy con un hilo de voz, dando un paso hacia el frente, sintiendo que la distancia entre los dos era un abismo que necesitaba acortar—. ¿Dónde está mi hija?