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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 23 EL ACEITE CALIENTE

 

El sol apenas se elevaba por encima de los tejados cuando el reloj de la entrada marcó las diez en punto. Escuché el suave roce de los neumáticos sobre el camino de grava, y al asomarme por la ventana vi el coche de la señora Luisa. Emiliano había salido media hora antes.

—¡Hola, Camila! —la voz de la señora Luisa me sacó de mis pensamientos. Ya estaba dentro, con su abrigo de lino color crema y el bolso de cuero marrón, y me hacía señas con la mano—. Vamos, que hoy tenemos mucho por hacer.

Salimos hacia el centro comercial, un edificio amplio con fachada de vidrio que brillaba bajo la luz matutina. La señora Luisa caminaba con paso ligero, y apenas cruzábamos la puerta de una tienda se dirigía a los estantes sin dudarlo: agarraba blusas de seda, vestidos de corte impecable, pantalones de lino y chaquetas de cuero, y los apilaba todos en el carrito como si fueran pañuelos.

—Este te queda precioso —decía, poniéndome en los brazos un conjunto de tonos tierra—. Y esos tacones son perfectos para ocasiones formales. No te preocupes por nada, todo corre de mi cuenta.

Intenté decirle que no era necesario, que yo no necesitaba tantas cosas, pero ella solo me sonreía y me pedía que me probara todo. Así pasamos horas: probándome ropa, viendo cómo la tela caía sobre mi cuerpo, escuchando sus consejos sobre qué combinaba mejor, hasta que el reloj del centro dio las tres y media. Me detuve en seco al escuchar las campanadas, y miré la esfera dorada con el corazón en un puño.

—¡Dios mío! —murmuré—. Se nos hizo tarde. Emiliano se va a quedar sin comer hoy.

Le dije :

—Oiga, ¿verdad que me invitó a su cumpleaños? ¿Qué día es?

—El miércoles de la semana que viene —respondió ella, doblando un pañuelo con cuidado—. Será por la noche, y quiero que vengas. Así conoces al papá de Emiliano, hace mucho que quiere ver cómo trabajas.

—Si puedo ir, iré —le prometí, guardando el teléfono.

Fuimos a comer al restaurante Cristal, un lugar con mesas de mantel blanco, ventanales que daban al jardín y un olor delicioso a pan recién horneado. Mientras esperábamos el postre, la señora Luisa marcó el número de Emiliano; el teléfono sonó varias veces antes de que él contestara, y su voz se escuchó alta y tensa incluso desde donde yo estaba sentada.

—¿Hijo? ¿Dónde andas? —preguntó ella con calma—. Voy para casa a comer, pero se nos hizo tarde y no llegaremos hasta más tarde. Ven al restaurante Cristal, estamos aquí. Camila te prepara algo rápido en la cocina del restaurante.

La llamada se cortó de golpe. La señora Luisa suspiró, pero no se veía molesta, solo resignada.

—Es así cuando tiene problemas en la empresa —dijo, como si me pidiera disculpas por él—. No le hagas caso.

Tuvimos que regresar a la casa para hacerle de comer: me fui directo a la cocina. Tenía media hora antes de que él llegara, así que saqué dos pechugas de pollo, las envolví en láminas de arroz crujiente y las puse en la sartén con aceite caliente. Pero al mover la sartén para que se cocinaran parejo, un chorro de aceite hirviendo saltó y cayó directo sobre mi abdomen, justo debajo de la blusa. Me mordí los labios para no gritar; sentí cómo la piel se tensaba y ardía como si me hubiera tocado el fuego, pero no me detuve. Terminé de cocinar, serví el plato con una guarnición de arroz blanco y verduras, y me fui a cambiar.

Me puse el vestido que la señora Luisa me había comprado: de tela suave color verde oliva, que me llegaba hasta las rodillas y se ajustaba suavemente a mi cintura, y unos tacones bajos de cuero marrón. Al mirarme al espejo parecía otra persona: como una de esas niñas ricas que nunca pasan frío ni se queman la piel cocinando. Pero el dolor en el abdomen no desaparecía, punzante y constante con cada movimiento.

Salí al comedor justo cuando entraba Emiliano. Lo miré a los ojos y le sonreí, aunque el esfuerzo me costó lágrimas que no dejé salir.

—Aqui está tu comida que la disfrutes—le dije, poniendo el plato frente a él.

Él se detuvo, miró la comida y luego a mí. Frunció el ceño.

—¿Qué tienes? Estás pálida como la pared —te dijo algo mi mamá, acercándose para tocarme la frente.

—Es que se me bajó el azúcar —respondí sin dejar de sonreír—. Es normal, solo necesito algo dulce.

Me hice un postre de frutas con crema. Comí un poquito, lo justo para que no se preocuparan, y al rato la señora Luisa preguntó:

—¿Ya estás mejor?

—Sí, mucho mejor —mentí.

Emiliano probó la comida despacio, y al final levantó la vista hacia mí.

—Está muy bueno —dijo, y por primera vez en mucho tiempo su voz no tenía rastro de enojo.

—¿No quieres terminar el postre? —preguntó él, señalando el trozo que yo había dejado a medias.

—Ya no tengo hambre —respondí.

La señora Luisa se sentó en el sillón de la sala a descansar, y yo me fui otra vez a la cocina para preparar la cena. Mientras picaba las verduras, sentí cómo el dolor me subía hasta el pecho, y tuve que apoyarme en la encimera para no caerme. Cuando todo estuvo listo, nos sentamos a la mesa, pero yo no toqué mi plato.

—Siéntate a cenar, Camila —me pidió la señora Luisa.

—No, gracias —le respondí con una sonrisa débil—. De verdad no tengo apetito.

Emiliano me miró fijamente unos segundos, pero no dijo nada y siguió comiendo. Un rato después la señora Luisa se despidió y se fue a su casa, y quedamos solos en la sala. El dolor ya no me dejaba estar de pie; me senté en el borde del sillón, con las manos apretadas contra la tela del vestido. Emiliano se acercó, y cuando lo miré a los ojos ya no pude contenerme.

—Ayúdame —le dije con voz entrecortada—. Me duele mucho.

Él se arrodilló frente a mí de un salto, con los ojos muy abiertos de preocupación.

—¿Qué pasa? ¿Dónde te duele? ¿Cómo te ayudo?

Me quité el vestido despacio, y debajo solo llevaba un sostén y un short de licra.  vi cómo sus ojos se oscurecían de golpe: mi abdomen estaba rojo intenso, en partes la piel se había levantado y pelado, y se veían las quemaduras claras del aceite.

—¿Qué te pasó? —preguntó con voz ronca, casi un grito—. ¿Cómo te hiciste esto?

—Fue hace rato, cuando cocinaba —respondí, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas—. Se me cayó el aceite caliente.

—¿Y por qué no dijiste nada? —me tomó las manos entre las suyas, con fuerza pero sin lastimarme—. Te hubiéramos llevado al hospital de inmediato.

—No quiero ir —le supliqué—, pero me duele muchísimo.

Sin decir más, me cargó en brazos como si pesara nada. Subió las escaleras rápido hasta su habitación, me acostó con cuidado sobre su cama y cubrió mis piernas con una manta. Lo vi sacar el celular y llamar a alguien, hablando muy bajo, pero el dolor era tan fuerte que todo se volvió borroso, y cerré los ojos sin poder hacer nada más.

Cuando desperté, sentí una mano suave tocando mi abdomen, aplicando algo frío que aliviaba un poco el ardor. Al abrir los ojos vi que tenía un suero conectado al brazo, y que la quemadura ya estaba cubierta con vendas limpias. Al fondo, cerca de la puerta, estaba Emiliano. No se había ido: estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y aunque me miraba con alivio, tenía los puños apretados y la mandíbula tensa, igual que cuando salió enojado por la mañana. Estaba esperando a que el médico saliera, y supe que no solo estaba furioso por lo que había pasado: estaba furioso porque yo no le había dicho nada, porque yo había aguantado el dolor sola sin saber que él quería estar ahí para mí.

 

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