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PERDERLO TODO Sin Ti, GANARLO TODO Contigo.

PERDERLO TODO Sin Ti, GANARLO TODO Contigo.

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Mafia / Amor prohibido
Popularitas:21.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Adriánex Avila

Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso

¿Quien gana? ¿Quien pierde?

NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 LA FORTUNA QUE SE VA

A la mañana siguiente, el banco congeló las cuentas.

Fue una llamada telefónica. El abogado Aguirre, otra vez, con su voz de funeraria.

—Maya, escúchame bien. El juez ha ordenado la congelación preventiva de todos los activos de tu padre. Eso incluye las cuentas personales de tu madre y las tuyas. No podréis sacar ni un peso hasta que se resuelva la situación. ¿Entiendes lo que te digo?

—¿Hasta cuándo? —preguntó Maya. Su propia voz le sonó extraña, como si no fuera la suya.

—No lo sé. Pueden ser meses. Pueden ser años. Depende de la investigación.

Maya colgó. Fue a su bolso, sacó su cartera y contó el efectivo que llevaba. Tres mil setecientos pesos. Eso era todo lo que tenía en el mundo.

Miró la nevera. Quedaba medio cartón de leche, unos huevos, un poco de queso. Suficiente para un par de días. Dos días. Después de eso, no sabía qué iba a pasar.

No se lo dijo a su madre. Renata seguía en la cama, con la mirada perdida en el techo, las manos quietas sobre las sábanas. Maya le llevó un vaso de leche.

Renata no lo bebió. Maya se sentó a su lado y bebió ella, en silencio, mientras el reloj de la pared marcaba las horas con un tictac que parecía una burla.

*_*

A las cuarenta y ocho horas, un juez dictó el embargo de todos los bienes.

Esa mañana llegaron los funcionarios. Eran tres hombres de traje oscuro y caras de circunstancias, con carpetas bajo el brazo y una orden judicial que lo autorizaba todo.

Uno de ellos, el más joven, miraba los cuadros colgados en las paredes con una mezcla de envidia y curiosidad.

—Esto vale una fortuna —murmuró, señalando un óleo del siglo XIX que el abuelo Antonio había comprado en una subasta en Madrid.

—No toque nada —le espetó Maya—. Todavía no.

El funcionario de más edad, un hombre calvo con gafas de pasta negra, suspiró con paciencia.

—Señorita Velini, entiendo su situación, pero tenemos que hacer nuestro trabajo. Todo lo que hay en esta casa queda bajo custodia judicial. No pueden sacar nada. ¿Entiende?

—¿Ni siquiera ropa? —preguntó Maya, y odió el temblor de su voz.

—Ropa sí. Artículos de aseo personal, medicinas, documentos. Nada más.

Maya asintió. Subió las escaleras con las piernas temblorosas, entró en la habitación de sus padres y empezó a llenar una bolsa. Ropa interior.

Unos pantalones. Unas camisetas. El cepillo de dientes. El neceser de maquillaje de su madre. Cuando terminó, miró a su alrededor.

Aquella habitación, donde había dormido tantas veces de pequeña cuando tenía pesadillas, donde su padre la leía cuentos antes de dormir, donde su madre la peinaba para las fiestas... todo se quedaba atrás.

Bajó las escaleras. Su madre seguía en la cama. Maya la ayudó a levantarse, a vestirse, a ponerse los zapatos. Renata apenas opuso resistencia. Se dejaba hacer, como una muñeca de trapo. Maya la tomó de la mano y la guió hacia la puerta.

En el umbral, se giró por última vez. La mansión estaba allí, silenciosa, vacía, con sus techos altos y sus ventanales enormes. Los funcionarios ya estaban pegando los precintos en los muebles. Un ataúd de lujo, pensó Maya. Eso es lo que es ahora. Un ataúd de lujo.

Cerró la puerta y no miró atrás.

*_*

Los tres días siguientes fueron un torbellino de papeleo, llamadas telefónicas y humillaciones.

El mayordomo, los jardineros, las empleadas domésticas y el chófer recibieron sus cartas de despido.

Maya tuvo que firmarlas todas. Cada firma era un pequeño clavo en el ataúd de su antigua vida. Algunos empleados lloraron. Otros, los más veteranos, la miraron con una lástima que dolía más que cualquier insulto.

La cocinera, una mujer robusta de nombre Flor que había trabajado para los Velini desde antes de que Maya naciera, la abrazó tan fuerte que casi la asfixió.

—Niña linda —susurró Flor—, vas a salir de esta. Eres fuerte, como tu abuelo.

Maya no se sintió fuerte. Se sintió como una hoja arrastrada por el viento, sin dirección, sin control, a merced de una tormenta que no entendía.

El abogado les encontró un departamento. Era lo único que podían pagar con los ahorros que Maya había sacado a escondidas antes de que congelaran las cuentas (había retirado veinte mil pesos de un cajero automático, una cantidad ridícula comparada con lo que habían perdido, pero suficiente para sobrevivir unas semanas). Un barrio del sur. Zona caliente, decía el anuncio.

Lo decía por los asaltos, las balaceras y los vecinos que se mataban por una dosis.

El taxi las dejó en la puerta del edificio. Era una construcción gris, de esas que parecen haber sido concebidas sin amor, con grafitis en las paredes y rejas en todas las ventanas.

El aire olía a basura, a comida frita y a orines. Un perro callejero las miró desde la acera opuesta, movió la cola dos veces y se fue.

Maya pagó al taxista con los últimos billetes que le quedaban. Cargó las dos bolsas, ayudó a su madre a bajar del coche y subió las escaleras hasta el tercer piso. El ascensor no funcionaba. Quizá nunca había funcionado.

El departamento era pequeño. Tan pequeño que Maya sintió que las paredes se le venían encima. Una cocina de dos metros cuadrados. Un baño con azulejos amarillos que se caían a pedazos.

Una habitación para su madre, otra para ella, y una sala que también era comedor y también era pasillo. Las ventanas daban a un callejón donde los vecinos tiraban la basura a cualquier hora.

Maya dejó las bolsas en el suelo. Se sentó en el colchón que habían dejado los anteriores inquilinos (un colchón manchado, con muelles que se le clavaban en las piernas) y se permitió llorar.

Solo cinco minutos. Se miró las manos. Las uñas todavía pintadas de rosa pálido, aunque el esmalte empezaba a desconcharse. Un detalle absurdo. Un detalle de otra vida.

Cinco minutos. Ni uno más.

Luego se secó las lágrimas con el dorso de la mano, se levantó y empezó a limpiar.

MAYA

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👑🌹 Gabriela R.F.🌹👑
un familiar te traiciona, ambicion y poder
Sandra Maritza Mesa
que tristeza que al final de todo los conocidos o amigos no cuentan en una situación de esta esta sola ni siquiera su madre que no pudo soportar un golpe de esos
Sandra Maritza Mesa
pero su tío no apareció ni por hipocresía
𝔻𝔾
Excelente
Nancy Garcia
Maya, demasiado exigente 🤭
Suleima Dominguez Guzman
excelente novela
Suleima Dominguez Guzman
felicitaciones autora excelente novela me encanta
Gabriel Jiménez Carrera
¿Literal o metafórico? 🤔
Gabriel Jiménez Carrera
Teniendo una vida así es fácil dar por sentado las cosas importantes.
Gabriel Jiménez Carrera
Impresionante!!!
Pepe miau 2 el regreso xd
Es una novela?
Suleima Dominguez Guzman
te felicito excelente novela gracias por escribir
Kimm
La Mejor Autora Lean Sus Novelas No Se Van A Arrepentir
Elvira Fretes
excelente!
Elvira Fretes
wow, excelente historia bella Adrianex, me encanta una historia diferente como todas, pero intensa y llena de escrucijada como todas ☺️, felicitaciones bella Adrianex ❤️
Elvira Fretes
Maya, es hora que aprendas a defenderte porque esto recién comienza
Elvira Fretes
wow, creo que Dante esperaba ese ataque
Elvira Fretes
Bueno algo está comenzando, Maya demostró ser fuerte y Dante estuvo a su lado
Elvira Fretes
Maya, no te queda de otra, la frente bien alta, para que esos hipócritas sepan que a un Velini nadie lo derrota
Elvira Fretes
Mateo es una basura, espero que Dante esté un paso adelante
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