Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 16: Un mes después
Había pasado un mes desde que nació mi hijo, pero dentro de mí todavía existía una sensación extraña que no sabía cómo explicar. Todos esperaban que después del nacimiento mi corazón cambiara, que al tenerlo en mis brazos sintiera una conexión inmediata, pero la realidad era diferente.
Mi bebé era un niño hermoso. Tenía sus pequeñas manos, sus ojos tranquilos y una carita que muchas veces me recordaba a Isías. Todos en la familia estaban enamorados de él. Mi mamá Hilda no se cansaba de cuidarlo, mis hermanos querían cargarlo y todos hablaban de lo afortunados que éramos por tenerlo.
Pero yo seguía sintiéndome lejos.
No era que no me importara mi hijo. Era algo más difícil de explicar. Sentía que una parte de mí seguía atrapada en el dolor de perder a Isías. Yo había imaginado una vida junto a él, una familia donde los dos cuidaríamos a nuestro bebé, pero la realidad había sido completamente diferente.
Había días en los que me quedaba acostada mirando el techo sin ganas de levantarme. Escuchaba a mi bebé llorar desde la habitación, pero muchas veces era mi mamá quien se levantaba primero para atenderlo.
Ella entraba con cuidado, lo cargaba y trataba de tranquilizarlo.
—Ya, mi amor, aquí está la abuela —le decía con ternura.
Yo permanecía en la cama, en silencio.
Mi cuerpo todavía estaba pasando por muchos cambios. Mis senos se llenaban de leche y cuando mi bebé tenía hambre sentía dolor e incomodidad, pero aun así no lograba sentir ese apego que todos esperaban de mí.
Mi mamá intentaba ayudarme. Cuando veía que yo no reaccionaba, ella preparaba fórmula para el bebé y trataba de alimentarlo para que yo pudiera descansar.
Pero mi hijo no aceptaba bien la fórmula.
Cada vez que mi mamá intentaba darle el biberón, él lo rechazaba y terminaba llorando.
Una tarde escuché una conversación desde mi habitación. Yo estaba acostada cuando escuché la voz de mi mamá hablando con mi hermano mayor en la sala.
—Hijo, necesito hablar contigo —dijo mi mamá con preocupación.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó mi hermano.
Hubo unos segundos de silencio antes de que ella respondiera.
—Estoy preocupada por Malena.
Mi hermano suspiró.
—Yo también la he visto diferente desde que nació el bebé.
Mi mamá continuó hablando.
—Ha pasado un mes y todavía siento que ella no logra acercarse a su hijo como debería. Ella casi no se levanta cuando el niño llora. Soy yo la que tengo que levantarme, cambiarlo, calmarlo y darle de comer.
Mi hermano guardó silencio.
—¿Crees que es por lo que pasó con Isías? —preguntó.
Mi mamá respondió con tristeza:
—Estoy segura de que tiene mucho que ver. Ella perdió al hombre que amaba y después tuvo que enfrentar un parto y una maternidad llena de dolor. Pero me preocupa que se quede sola con todo eso.
Mi hermano preguntó:
—¿Y qué podemos hacer?
Mi mamá suspiró.
—Yo creo que hay que llevar a Malena a una psicóloga.
Mi hermano se sorprendió.
—¿Una psicóloga?
—Sí, hijo. No porque esté mal de la cabeza ni porque sea una mala madre. Necesita ayuda para superar todo lo que siente. Ella está sufriendo y no sabe cómo manejarlo.
Mi hermano miró hacia donde estaba el bebé.
—Pero ella quiere a su hijo, ¿verdad?
Mi mamá respondió rápidamente:
—Claro que sí. Yo sé que lo quiere. Solo que ahora mismo está bloqueada por el dolor.
Después de unos segundos, mi mamá continuó:
—Además, el niño no quiere tomar fórmula. La bota toda. Cada vez que intento darle el biberón, llora y no quiere seguir. Él busca algo que solo su mamá puede darle.
Mi hermano dijo preocupado:
—Entonces tenemos que hablar con ella.
—Sí —respondió mi mamá—, pero con mucho cuidado. No quiero que Malena piense que la estamos juzgando.
Yo escuchaba cada palabra desde mi habitación. Sentía un peso enorme en el pecho.
Mi mamá y mi hermano no estaban hablando mal de mí. Estaban preocupados.
Por primera vez entendí que ellos también estaban sufriendo al verme así.
Me quedé mirando la puerta sin saber si salir o seguir escondida.
Las lágrimas comenzaron a caer lentamente.
Yo sabía que algo no estaba bien, sabía que no podía seguir fingiendo que todo estaba normal.
Mi hijo me necesitaba.
Y aunque todavía no sabía cómo acercarme a él, comprendí que tal vez necesitaba aceptar ayuda para poder sanar.
Porque yo no quería perder la oportunidad de ser la mamá que mi pequeño necesitaba.