Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 2
El amanecer en el Bosque de la Niebla de Sangre no trajo un coro de alegres pajarillos, sino un coro de crujidos extraños, lúgubres y distantes que recordaban a Serena que seguía en el lugar más peligroso del continente. Sin embargo, la luz grisácea que se filtraba por la entrada de la cueva era más que bienvenida.
Serena se estiró, sintiendo cada músculo de su cuerpo quejarse por haber dormido sobre la fría piedra. Su primer impulso fue buscar su teléfono celular en la mesa de noche para apagar la alarma, pero al ver sus manos sucias de barro y recordar las escamas perladas de sus sienes, soltó un bufido divertido.
—Cierto. No hay alarma, no hay café de cafetera, y mi cama es una roca —se dijo a sí misma, poniéndose en pie con decisión.
Su estómago emitió un rugido tan fuerte que pareció hacer eco en la pequeña cueva. El hambre era real, pero la sed lo era aún más. Tenía la boca seca, pastosa y con ese desagradable sabor a fiebre del día anterior. Si quería mantener la cabeza fría para planificar su supervivencia, lo primero que necesitaba era hidratarse.
Salió de la cueva con cautela, apoyándose en la pared de piedra. El aire exterior estaba impregnado de una neblina densa que justificaba el nombre del bosque, pero a unos veinte metros de su refugio, el sonido de agua corriente llamó su atención. Se abrió paso entre unos arbustos de hojas moradas y espinosas, usando una rama gruesa para tantear el terreno, hasta que llegó a un pequeño riachuelo que serpenteaba entre las raíces de árboles colosales.
Al inclinarse, Serena frunció el ceño. El agua se veía relativamente clara a simple vista, pero su ojo clínico —y su cerebro de ingeniera— no tardaron en notar los detalles alarmantes: había una capa sutilmente aceitosa en la superficie, hojas en descomposición acumuladas en las orillas que generaban burbujas sospechosas, y restos de vello animal flotando cerca de un tronco caído.
—Ni hablar —murmuró, cruzándose de brazos—. Esto es un parque de diversiones para la Escherichia coli, la Giardia y cuanta ameba feliz ande buscando un intestino hospitalario. Una cosa es estar desterrada y otra muy distinta es morir de una deshidratación severa por disentería en mi segundo día. Mi dignidad profesional no me lo permite.
El problema era que no tenía un solo recipiente metálico para hervir el agua. No había ollas, no había vasos, no había nada. Tenía que improvisar, y rápido.
Regresó a la cueva y comenzó a buscar materiales. En una esquina de la formación rocosa, la suerte le sonrió al encontrar un trozo de caña de bambú gigante que la tormenta de la noche anterior había quebrado y arrastrado cerca. Medía casi un metro de largo y estaba hueca por uno de los extremos debido a la rotura, formando un cilindro natural perfecto.
—Paso uno: el contenedor. Listo —dijo con una sonrisa de suficiencia—. Ahora, a armar el laboratorio de filtrado.
Con una piedra afilada, Serena cortó con paciencia la parte inferior de la caña de bambú, dejando un pequeño orificio de salida en el nudo de la base. Luego, miró su ropa. Su túnica de piel áspera era inútil para esto, pero recordó la larga faja de lino rústico que llevaba atada a la cintura para ajustar su ropa. Era una tela de ligamento tafetán bastante tupido, ideal para retener impurezas.
Desató la faja y, con la ayuda de la piedra afilada, cortó un trozo generoso de la sección más limpia y resguardada del tejido.
—Lo siento, faja querida. Tu sacrificio salvará mis riñones —declaró solemnemente.
Colocó el trozo de tela de lino bien estirado en el fondo del cilindro de bambú para que actuara como la última barrera física, evitando que los materiales finos del filtro cayeran al agua limpia.
Para la primera capa del filtro, Serena buscó restos de la fogata que los guerreros del tigre habían hecho el día anterior cerca de la frontera antes de abandonarla; recuperó varios trozos de carbón de leña quemada y fría. Con una roca pesada, los machacó con cuidado dentro de un cuenco de piedra natural hasta convertirlos en una arena gruesa de carbón. El carbón activado —o en este caso, lo más parecido que podía conseguir de forma rudimentaria— era el mejor agente adsorbente para atrapar toxinas, compuestos orgánicos y eliminar el mal olor del agua.
Vertió con cuidado una generosa capa de carbón triturado sobre el lino en el fondo del bambú.
Para la segunda capa, bajó al riachuelo y recolectó arena fina y limpia de la orilla, lavándola varias veces en la misma corriente antes de escurrirla. La vertió sobre el carbón. Esta capa se encargaría de atrapar las partículas microscópicas de suciedad.
Para la tercera y última capa superior, recolectó piedras pequeñas, gravilla y fragmentos de roca volcánica porosa que abundaban en la zona. Las colocó sobre la arena. Esta capa detendría las hojas, insectos y detritos más grandes.
—Filtro de gravedad de tres capas, estilo agroindustrial de la Edad de Piedra —anunció Serena, contemplando su creación con orgullo.
Colocó el dispositivo de bambú apoyado firmemente entre dos rocas grandes en la entrada de la cueva. Justo debajo del pequeño orificio de la base, acomodó una piedra cóncava y limpia que servía como un cuenco natural para recibir el líquido purificado. Con un trozo de corteza a modo de jarra improvisada, recogió agua del riachuelo y la vertió lentamente por la parte superior del filtro.
El agua comenzó a descender lentamente, abriéndose paso a través de la gravilla, la arena y el carbón. Unos minutos después, las primeras gotas comenzaron a caer en el cuenco de piedra con un sonido cristalino: ploc... ploc... ploc. El agua que salía era perfectamente transparente, libre de partículas y del desagradable tinte amarillento del río.
—¡Bebible! Bueno, lo ideal sería hervirla después, pero para los estándares de este mundo salvaje, esto es prácticamente agua de manantial embotellada —rio Serena, tomando un sorbo del agua fresca y limpia. El sabor era neutro, ligeramente terroso pero muy limpio, sin ningún olor extraño. Sintió cómo la hidratación le devolvía la vida al cuerpo.
Mientras esperaba que el filtro procesara más agua, Serena decidió inspeccionar con más detalle los alrededores de su cueva. Como ingeniera agroindustrial y médica, la botánica era su fuerte, y no pensaba desaprovechar la riqueza de un bosque tan antiguo.
Caminando por la base de la pared rocosa de su cueva, donde la humedad era constante pero el sol lograba filtrarse por las copas de los árboles, vio una pequeña planta de hojas lanceoladas, de un verde oscuro brillante, que crecía en pequeños arbustos. Al acercarse, un aroma familiar pero intensamente fresco la golpeó.
Arrancó una hoja y la frotó entre sus dedos. Al instante, un aroma penetrante a menta picante combinado con la calidez del clavo de olor inundó el aire.
—¡No puede ser! —exclamó Serena, con los ojos brillando de emoción—. Es una variante híbrida. Tiene el mentol de la Mentha piperita y el eugenol del clavo de olor (Syzygium aromaticum). ¡Esto es oro puro medicinal!
El eugenol era un potente anestésico local y antiséptico, utilizado desde la antigüedad para aliviar el dolor de muelas y desinfectar la boca, mientras que la menta proporcionaba esa maravillosa sensación de frescura y limpieza.
Llevaba más de veinticuatro horas sin lavarse los dientes, y para alguien que en su vida pasada tenía una rutina de higiene impecable, la sensación de tener la boca sucia era una tortura medieval.
—Lilia pensó que me iba a dejar morir de asco en este bosque —dijo Serena con una sonrisa traviesa—. Pero no sabe que, aunque esté desterrada y viviendo en una cueva, esta serpiente no va a perder el estilo, ni el glamour, ni el buen aliento.
Con entusiasmo, Serena recolectó un buen puñado de las hojas y algunos tallos fibrosos de la planta. Regresó a su cueva y comenzó a diseñar su plan de "limpieza dental de emergencia".
Primero, masticó suavemente uno de los tallos fibrosos hasta que las fibras de la punta se deshilacharon, creando una especie de cepillo de cerdas rústicas pero efectivas. Luego, machacó las hojas en su cuenco de piedra con unas gotas de su agua recién filtrada para extraer un jugo espeso y aromático.
Usando el cepillo de tallo humedecido en el extracto, Serena comenzó a frotar sus dientes con cuidado. El efecto anestésico del eugenol le dio un ligero y agradable cosquilleo en las encías, mientras que la menta limpiaba profundamente el esmalte y refrescaba su garganta. Se enjuagó con el agua limpia del filtro y escupió hacia el exterior.
—¡Ahhh! Esto es gloria pura —suspiró, pasándose la lengua por los dientes, que ahora se sentían perfectamente limpios—. Si el hijo del jefe de la tribu me viera ahora, se daría cuenta de que su querida Lilia probablemente huele a conejo mojado, mientras que yo huelo a un spa de lujo.
Con la garganta fresca, agua limpia en su cuenco y una sonrisa brillante, Serena miró hacia el espeso bosque con una nueva perspectiva. El destierro ya no parecía una sentencia de muerte; parecía el inicio de un excelente proyecto de renovación personal.