¡Al diablo con los protagonistas sufridos que lloran en un rincón! 💥
Dante era el Emperador del Caos, un dios místico que aplastaba deidades por diversión. Ahora reencarnó en el cliché más quemado de Internet: un yerno residente "bueno para nada". Su suegra le grita por no lavar los platos, los primos millonarios lo humillan y él... se está muriendo de la risa mientras hace breakdance con la escoba.
Para colmo, su alma despertó un Sistema que es un completo troll de internet. ¿La regla del juego? Entre más insoportable y predecible sea el villano, ¡más billones de dólares y poderes divinos recibe Dante por romperle el guion de la forma más ridícula posible!
⚡ En esta novela vas a encontrar:
Peleas brutales en sandalias de goma contra mafias armadas hasta los dientes.
Curaciones médicas milagrosas usando una tostadora vieja y un tenedor.
Una fría esposa CEO que no sabe si enamorarse de él o internarlo en un manicomio.
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Capítulo 9: El Director Gómez
El piso de la alta dirección del Banco Central de la Ciudad olía a alfombra nueva, miedo laboral y el costoso perfume de diseñador que los ejecutivos usaban para ocultar el sudor frío de sus fraudes financieros. Los empleados caminaban de puntitas por los pasillos con carpetas apretadas contra el pecho, como si cualquier ruido pudiera atraer la atención del depredador que rugía detrás de las puertas de doble hoja de la oficina principal.
—¡¡Son una sarta de incompetentes!! ¡¿Para qué les pago un sueldo?! —el grito perforó la madera fina de la entrada, acompañado por el sonido sordo de un portafolios de piel estrellándose contra una mesa— ¡Quiero que borren esos registros del sistema ahora mismo! ¡Si la junta directiva ve esas transferencias a las cuentas de Mauricio Vega antes del mediodía, todos ustedes terminarán compartiendo celda en la prisión federal!
Dante Cruz se detuvo frente a las puertas, acomodándose las solapas de su saco de esmoquin con una mano mientras sostenía sus chanclas verdes en la otra... Bueno, técnicamente aún las llevaba puestas, pero caminaba con tanta ligereza que apenas hacían ruido sobre la mullida alfombra.
Se giró lentamente hacia un lado y te miró con su clásica sonrisa de lado, rompiendo la cuarta pared sin el menor rastro de vergüenza.
—Muchachos, contemplen el Cliché Número Cinco: «El director corrupto que descarga su frustración con los pobres empleados de nivel bajo justo antes de que el nuevo dueño entre a arruinarle la existencia» —te susurró Dante, señalando la puerta con el dedo— Es un clásico. Estos tipos siempre tienen sobrepeso, usan trajes demasiado ajustados, sudan como si estuvieran en un sauna y tienen una preocupante falta de control de la ira. Es casi una lástima tener que interrumpir su terapia de gritos, pero el Sistema es muy estricto con los horarios de humillación. Allá vamos.
Dante empujó las enormes puertas de madera con la punta del pie, haciéndolas abrirse de par en par con un golpe seco.
El interior de la oficina era el epítome de la arrogancia corporativa. Había un enorme escritorio de caoba tallado a mano que costaba más que un departamento promedio, ventanales de piso a techo con vista a toda la ciudad y, en medio de la habitación, tres analistas financieros temblaban como gelatinas frente al Director Gómez.
Gómez era exactamente como Dante lo había descrito: un hombre de unos cincuenta años, con el cabello escaso peinado hacia atrás con exceso de gel, la corbata torcida y manchas de sudor bastante notorias bajo las axilas de su traje gris. Sostenía un teléfono de oficina en la mano como si fuera un arma punzocortante.
Al ver entrar a un tipo vistiendo un saco de esmoquin de lujo, pantalones de pijama a rayas y chanclas de goma verdes, Gómez se quedó mudo por tres segundos. Su cerebro, ya sobrecargado por el colapso financiero de anoche, simplemente se negó a procesar la información.
—¡¿Pero qué... qué significa esto?! —bramó Gómez, con la vena de la frente hinchándose peligrosamente— ¡¿Quién demonios eres tú y cómo pasaste la seguridad del vestíbulo?! ¡¿Es que nadie en este maldito edificio sabe hacer su trabajo?! ¡Sal de mi oficina ahora mismo antes de que haga que te arrastren por las escaleras!
Dante lo ignoró por completo. Pasó de largo junto a los tres analistas —quienes lo miraron como si fuera un ángel de la muerte enviado por el departamento de recursos humanos— y caminó directamente hacia el espacio detrás del enorme escritorio de caoba.
Con total parsimonia, Dante se dejó caer en la imponente silla presidencial de cuero negro ergonómico, girando un par de veces de izquierda a derecha para probar la amortiguación.
—Vaya, Gómez. Tengo que admitir que tienes buen gusto para los muebles —dijo Dante, soltando un suspiro de alivio— El soporte lumbar es sencillamente espectacular. Mi espalda de cultivador de pijama te lo agradece profundamente.
Luego, en un movimiento que hizo que los analistas ahogaran un grito de puro terror, Dante flexionó las piernas, se zafó las chanclas verdes de goma dejándolas caer al suelo y subió sus pies completamente descalzos directamente sobre la pulidísima e inmaculada superficie del escritorio de caoba de un millón de dólares. Movió los dedos de los pies con total libertad, dejando una ligera marca de humedad sobre el barniz de lujo.
Gómez se puso de un tono de rojo que desafiaba la escala de colores de la naturaleza. Sus manos temblaban tanto que casi tira el teléfono.
—¡¡Tú... tú... descarado!! —tartamudeó el director, apuntándolo con el dedo— ¡Estás sentado en mi silla! ¡Tienes tus mugrientos pies mortales sobre mi escritorio de importación! ¡¿Tienes idea de quién soy yo?! ¡Soy el Director General de este banco!
Dante entrelazó los dedos de las manos detrás de la nuca, apoyándose cómodamente en el respaldo de cuero. Miró a Gómez con una simpatía tan falsa que raspaba la genialidad.
—Eras, Gómez. Tiempo pasado. El lenguaje es importante —lo corrigió Dante con una sonrisa cínica— Pero bueno, veo que estás un poco alterado por todo este asunto de la quiebra de tu querido amigo Mauricio Vega. Te noto tenso, sudoroso y francamente hueles un poco a desesperación corporativa. Hagamos una cosa para romper el hielo: ve a la sala de descanso de empleados y tráeme un café. Me gusta cargado, con dos de azúcar y un toque de leche de almendras si es que tienen. Y muévete rápido, que la flojera me está empezando a dar hambre.
Justo en ese instante, el aire frente al rostro de Gómez parpadeó con un destello verde neón y la pantalla del Sistema se materializó para Dante con un sonido de campana de oficina.
🖥️ [¡NOTIFICACIÓN DEL SISTEMA TROLL!]
[SITUACIÓN]: Usurpación de Trono Corporativo.
[ESTADO DEL OBJETIVO]: Director corrupto al borde de un derrame cerebral.
[RECOMPENSA PROGRESIVA]: +3,000 'Puntos de Descaro' por cada segundo que mantengas los pies descalzos sobre la caoba.
Gómez soltó una carcajada histérica, perdiendo por completo los estribos. Levantó el auricular del teléfono de la oficina y comenzó a marcar un número de tres dígitos con una furia salvaje, hundiendo los botones de plástico como si quisiera atravesar el aparato.
—¡¿Un café?! ¡¿Quieres que te traiga un maldito café?! —gritó Gómez por el auricular, con la voz quebrándosele por la rabia— ¡Lo único que te voy a traer es una patrulla de la policía de élite! ¡Hola! ¡¿Central de policía?! ¡Tengo un código rojo en el piso ejecutivo del Banco Central! ¡Un demente vestido con pijama y esmoquin ha tomado como rehén mi oficina y mi silla de cuero! ¡Envíen a todas las unidades armadas inmediatamente! ¡Quiero a este tipo tras las rejas antes de que termine el día!
Gómez azotó el teléfono contra la base, mirando a Dante con una sonrisa de puro triunfo psicópata, convencido de que finalmente había recuperado el control del tablero.
Dante Cruz no se movió un solo milímetro. Simplemente giró la cabeza hacia ti, arqueó una ceja y te dedicó un guiño cargado de una desvergüenza monumental.
—¿Saben qué es lo mejor de que los villanos llamen a la policía, muchachos? —te susurró Dante con total tranquilidad mientras movía los dedos de sus pies descalzos— Que no tienen la menor idea de que el nuevo jefe de la policía también cobra su sueldo de las cuentas de este mismo banco. Prepárense el pop-corn, porque la auditoría del caos oficialmente está por comenzar.