A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capítulo 2
El murmullo que recorría la nave principal de la Basílica de la Sagrada Familia no era el típico cuchicheo de admiración que suele acompañar a una novia en su gran día. Era una marea baja y sibilante, un zumbido cargado de incredulidad, morbo y teléfonos móviles alzados de manera indiscreta. Los trescientos invitados, vestidos con sus mejores galas de etiqueta, estiraban el cuello y se tapaban la boca con las manos mientras observaban la escena que se desarrollaba ante el altar.
La noticia de la huida de Adrián ya se había filtrado por los pasillos como pólvora húmeda. Sin embargo, la mayor sorpresa no era la ausencia del novio original, sino el hombre que ahora se mantenía erguido a su lado, ocupando su lugar con una soltura que rozaba la arrogancia.
Marcos Sánchez.
Valery sentía que la cabeza le daba vueltas, pero se obligó a mantener la espalda recta y la barbilla en alto, imitando la inquebrantable postura del hombre que sostenía su mano. La palma de Marcos estaba templada y firme, un ancla sólida en medio de una tormenta que amenazaba con devorarla. A través del delicado encaje de sus guantes de novia, el calor de la piel de Marcos se filtraba directamente hacia sus venas, enviando pequeñas descargas de electricidad que la mantenían despierta, alerta y extrañamente viva.
—Respira, muñeca —le susurró Marcos con un tono tan bajo y ronco que solo ella pudo escucharlo, sin desviar la mirada del sacerdote, que los observaba con una mezcla de desconcierto y resignación—. Lo estás haciendo perfecto. Que sientan tu desprecio, no tu dolor.
Valery tragó saliva y asintió levemente. El aroma a sándalo, madera húmeda y un toque de tabaco caro que emanaba de él la envolvía como una armadura invisible. Adrián siempre había olido a colonias cítricas y juveniles, ligeras e intrascendentes; Marcos, en cambio, olía a peligro, a madurez y a un magnetismo oscuro que la intimidaba tanto como la atraía.
El sacerdote carraspeó, tratando de recuperar el control de la ceremonia y de silenciar los flashes de los fotógrafos de prensa que ya se amontonaban en los pasillos laterales, ansiosos por captar la boda del año, la cual acababa de convertirse en el escándalo de la década.
—Marcos Sánchez... ¿aceptas a Valery Lezcano como tu legítima esposa, para amarla, respetarla y serle fiel en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida?
Valery contuvo el aliento, sintiendo que el agarre de Marcos en su mano se tensaba ligeramente. Ella giró el rostro para mirarlo. Bajo la luz dorada que se filtraba por los vitrales de la iglesia, las facciones de Marcos parecían esculpidas en mármol: la mandíbula angulosa, los labios firmes y esos ojos oscuros que parecían esconder secretos insondables.
—Acepto —declaró Marcos. Su voz de barítono resonó con una seguridad tan aplastante por los altavoces de la iglesia que el murmullo de los invitados se extinguió de golpe. No hubo un solo rastro de duda en su tono. Sonó real. Tan real que a Valery se le erizó la piel bajo la seda del vestido.
El sacerdote se volvió hacia ella.
—Valery Lezcano... ¿aceptas a Marcos Sánchez como tu legítimo esposo...?
La pregunta quedó flotando en el aire. Por una fracción de segundo, Valery sintió el impulso de salir corriendo, de quitarse el velo y desaparecer de la faz de la tierra. Pero entonces vio de reojo a Estela de Sánchez, la matriarca de la familia, que la observaba desde la primera fila con una expresión gélida y analítica, midiendo cada uno de sus movimientos. Recordó la humillación, la traición de Adrián y Sienna escapando como ladrones en la noche. Recordó que ya no tenía nada que perder, pero sí una dignidad que reclamar.
Apretó la mano de Marcos, buscando su fuerza, y clavó sus ojos almendrados en los de él.
—Acepto —dijo con voz clara, firme y cargada de un desafío silencioso.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Puede besar a la novia.
Un silencio sepulcral se apoderó de la nave. Los fotógrafos sostuvieron las cámaras, esperando el desenlace de la farsa. Valery esperaba un roce rápido, un beso casto en la mejilla o un contacto sutil en los labios para sellar el contrato de conveniencia y salir rápido de allí. Después de todo, se trataba de un pacto de negocios y venganza.
Pero Marcos tenía otros planes.
Él dio un paso decisivo hacia ella, acortando la escasa distancia que los separaba hasta que sus cuerpos casi se rozaron. Valery sintió el roce de la pesada tela del traje de etiqueta negro de Marcos contra el tul de su falda. Con una lentitud exasperante y deliberada, Marcos levantó ambas manos. Sus dedos largos y cálidos se deslizaron por los laterales de su cuello, subiendo con suavidad hasta enmarcar su rostro. El contacto físico la hizo jadear suavemente, sus labios entreabriéndose por la sorpresa.
—Haz que se lo crean, Valery —susurró él, justo antes de inclinar la cabeza.
Cuando sus labios finalmente se encontraron, el mundo exterior desapareció por completo. No fue un beso ensayado ni protocolario. Fue una colisión de fuego y necesidad contenida.
Marcos presionó sus labios contra los de ella con una firmeza posesiva que la dejó sin aliento. Su boca estaba caliente, demandante, moviéndose con una cadencia lenta pero implacable que reclamaba territorio. Valery, atrapada por la sorpresa de la intensidad, sintió que sus rodillas flaqueaban. Instintivamente, sus manos buscaron apoyo y se aferraron a las solapas del saco de Marcos, arrugando la fina tela mientras se empinaba para corresponderle.
Un gemido ahogado se perdió entre sus bocas cuando Marcos profundizó el beso. Su lengua delineó el labio inferior de Valery con una sensualidad líquida, incitándola a abrirse más. Al hacerlo, una oleada de calor denso y líquido se desató en lo más profundo de su vientre, expandiéndose rápidamente por todo su cuerpo y haciéndola temblar bajo su tacto. No era solo adrenalina por el escándalo; era pura, cruda y abrumadora atracción física física. El roce de la textura de la barba de pocos días de Marcos contra su piel sensible solo intensificó la fricción, convirtiendo el beso en algo peligrosamente íntimo para estar sucediendo frente a trescientas personas y decenas de cámaras.
Marcos deslizó una de sus manos desde su mejilla hacia abajo, deteniéndose en la curva de su cintura expuesta, tirando de ella con suavidad pero con una firmeza que no admitía réplicas, pegando sus cuerpos aún más. Valery podía sentir el latido errático y acelerado del corazón de Marcos contra su propio pecho, una señal inequívoca de que él tampoco estaba tan indiferente como aparentaba ante el público.
El estallido de los flashes y el súbito aplauso incómodo y disperso de algunos invitados parecieron romper el hechizo.
Marcos se separó de ella con lentitud, sus labios húmedos brillando bajo la luz de la iglesia. Tenía la respiración ligeramente alterada y sus ojos oscuros, ahora inyectados con una chispa de deseo salvaje, la miraron con una intensidad que hizo que a Valery se le erizara el vello de los brazos. Con el dedo pulgar, él le limpió con suma delicadeza un rastro de carmín que había quedado fuera de sus labios, un gesto tan tierno y a la vez tan cargado de posesividad que la dejó completamente desarmada.
—Bienvenida a mi vida, Sra. Sánchez —murmuró él, con una sonrisa de medio lado que prometía tormentas a puerta cerrada.
Valery, con las mejillas encendidas y el corazón latiéndole en la garganta, solo pudo asentir. El calor en su vientre seguía allí, latiendo con fuerza, recordándole que el juego de venganza que acababa de iniciar con el hermano de su ex prometido iba a ser mucho más peligroso de lo que jamás había imaginado.