Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 1. LA OVEJA NEGRA DEL IMPERIO.
El espejo del lujoso cuarto de baño del Hotel Grand Palace reflejaba a una mujer que, a pesar de estar rodeada de un imperio, se sentía completamente invisible. Sasha se ajustó con dedos temblorosos los finos tirantes de su vestido de seda color rojo carmín. El tejido se ceñía a sus curvas con una audacia que desafiaba la elegancia sobria que su madre siempre le había inculcado, pero esa noche Sasha necesitaba ese vestido. Necesitaba que fuera su armadura. Su cabello oscuro caía en cascada por su espalda, salvaje, indomable y ajeno a cualquier laca o peinado de peluquería, un fiel reflejo de su propia alma.
Sintió una opresión en el pecho y apoyó las palmas de las manos sobre el mármol frío del lavabo, cerrando los ojos para contener un suspiro que amenazaba con convertirse en lágrimas de pura frustración. Odiaba estas noches. Odiaba la alta sociedad, el tintineo hipócrita de las copas de champán y, sobre todo, odiaba la sombra gigantesca de su propia familia.
—Sasha, mi amor, la ceremonia va a comenzar. Papá y mamá llevan veinte minutos preguntando por ti —la voz de Daniel sonó al otro lado de la puerta, acompañada de tres golpes suaves.
Al abrir, Sasha se topó con el rostro impecable de su hermano mayor. Daniel lucía imponente con su esmoquin negro, y al verla, sus ojos esmeralda se suavizaron con esa mezcla de protección y regaño que solo sus hermanos mayores sabían darle. Alexander y Daniel, los gemelos perfectos de la familia, los herederos que jamás cometían un error. Alexander ya era un abogado implacable y Daniel estaba a un paso de sentarse en el despacho principal de Vanguard Atelier. ¿Y ella? Ella era la decepción silenciosa de la casa; la chica de veintiún años que había plantado cara a sus padres negándose a pisar una universidad, la que prefería ahogar sus dudas bailando hasta el amanecer con sus amigas antes que encajar en un molde que la asfixiaba.
—Ya voy, Dani. No os vais a quedar sin vuestras coronas corporativas porque yo me retrase dos minutos —respondió ella con una sonrisa irónica que pretendía ocultar la punzada de dolor que sentía en el estómago.
Daniel le ofreció el brazo, ignorando el dardo, y la guio hacia el inmenso salón de baile. Al cruzar el umbral, el murmullo de cientos de voces y la música de los violines envolvieron sus sentidos. Al fondo de la estancia, Katerina y Luke conversaban con un grupo de diplomáticos extranjeros. Su madre se veía radiante, y su padre la observaba con esa devoción inalterable que Sasha siempre había envidiado en secreto. Se amaban de verdad, con una fuerza que había superado tormentas. Sasha los adoraba, pero estar allí, siendo la eterna oveja negra que no sabía qué hacer con su vida, la hacía sentir como un error en medio de una fotografía perfecta.
—Voy por algo de beber, no me esperes —le susurró a Daniel, soltándose de su brazo antes de que sus padres la vieran y comenzaran las preguntas incómodas sobre su futuro.
Sasha caminó a paso rápido, esquivando las miradas de reojo de los invitados. Se alejó de la pista principal y se adentró en la zona VIP de la barra secundaria, un espacio más íntimo, iluminado por luces tenues que invitaban al aislamiento. Se sentó en una de las banquetas de piel, sintiendo cómo la soledad la envolvía a pesar de la multitud.
Fue en ese preciso instante cuando el ambiente pareció cambiar de temperatura.
A unos metros de ella, junto al ventanal que daba a la terraza nocturna, un hombre permanecía de pie, completamente solo. Su imponente estatura y la anchura de sus hombros dominaban el espacio con un poder natural que no necesitaba esforzarse por destacar. Vestía un traje sastre oscuro de un corte milimétrico que denotaba un lujo extremo, pero lo que verdaderamente detuvo el corazón de Sasha fue su rostro. Tenía unas facciones marcadas, una mandíbula firme que parecía esculpida en piedra y unos ojos tan oscuros y profundos que transmitían una soledad tan inmensa como la suya propia, combinada con un frío glacial que apartaba a cualquiera que osara acercarse.
Sasha se quedó sin aliento, atrapada por esa mirada que, por una fracción de segundo, se cruzó con la de ella. El hombre no sonrió; simplemente alzó de forma casi imperceptible su copa de cristal en su dirección, un reconocimiento silencioso que encendió un chispazo de fuego en el pecho de la joven.
—¿Quién es ese hombre? —le preguntó Sasha al camarero con la voz un poco ronca, intentando disimular el vuelco que le había dado el corazón.
—Es el señor Ethan Vance, señorita Castro —respondió el empleado en un murmullo respetuoso—. Un director ejecutivo extranjero que controla el mercado tecnológico en su país. Ha venido exclusivamente para la gala de sus hermanos. Dicen de él que es un hombre intocable, un témpano de hielo que jamás se mezcla con nadie.
Sasha sonrió de medio lado, sintiendo cómo una mezcla de timidez y rebeldía la dominaba. Deseó con fuerzas ser como él, ser tan fría y distante para que nadie pudiera herirla.
No tenía la menor idea de que, en una mesa cercana, los enemigos corporativos de Ethan ya habían deslizado un vial con una sustancia transparente en las botellas de esa zona restringida para tenderle una trampa de chantaje. Tampoco podía calcular que su impulso de huir de su realidad la llevaría a tomar la copa equivocada de esa misma mesa VIP minutos más tarde, entrelazando su vida con la de ese misterioso hombre en una noche de perdición que marcaría el inicio de su mayor tormento y de su más hermoso milagro.