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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

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Capítulo 4 - La mesa de los lobos

La mansión de Don Guillermo dominaba el puerto desde una colina donde el viento olía a sal y carbón.

El carruaje de los Díaz ascendió por una avenida de cipreses mientras Santa Lucía encendía sus faroles a lo lejos. Diane contempló por la ventanilla el bosque de mástiles, grúas y chimeneas que se extendía bajo ellos. Desde aquella altura, los barcos parecían juguetes obedientes y los almacenes, cajas colocadas por una mano meticulosa. Comprendió por qué se decía que Don Guillermo no contemplaba el puerto: lo vigilaba.

El collar de Damaris le apretaba la garganta.

La piedra azul descansaba sobre su pecho como un ojo frío. Su madre había elegido un vestido color marfil, con mangas largas y un bordado discreto de hojas plateadas. «Inocencia con buena costura», había comentado mientras la doncella cerraba los botones. Diane no supo si se refería al vestido o a ella.

Ernesto viajaba enfrente, inmóvil, con la invitación guardada en el bolsillo. Durante el trayecto había hablado dos veces: una para ordenar al cochero que redujera la velocidad y otra para preguntar si Diane llevaba guantes. Ahora miraba por la ventana opuesta, evitando los ojos de su esposa.

Damaris, en cambio, parecía acudir a una celebración largamente esperada.

—Recuerda —dijo sin volver la cabeza—: observa antes de responder.

—Lo has repetido seis veces.

—Entonces quizá lo recuerdes una.

El carruaje se detuvo frente a una escalinata de piedra. Dos sirvientes abrieron las puertas al mismo tiempo. Más allá se alzaba una fachada de columnas claras, balcones de hierro y ventanales encendidos. Las estatuas que flanqueaban la entrada representaban criaturas marinas con dientes demasiado humanos.

Diane descendió detrás de sus padres. El aire húmedo movió el borde de su falda y llevó hasta ella el sonido grave de una sirena. Pensó en Iván contando barcos desde la ribera y deseó encontrarse otra vez sobre la manta, con pintura bajo las uñas y ninguna perla vigilándole el cuello.

La puerta principal se abrió antes de que llamaran.

Don Guillermo los esperaba en el vestíbulo.

Era un hombre ancho, de cabello gris peinado hacia atrás y barba recortada con exactitud. Su chaleco oscuro tensaba los botones sobre el abdomen. No necesitaba alzar la voz ni ocupar el centro de una habitación; el espacio parecía apartarse por sí solo para concedérselo.

—Ernesto Díaz —exclamó, abriendo los brazos—. Por fin recibe mi casa a uno de los nombres que ayudaron a construir Santa Lucía.

La frase sonó como un homenaje. Diane percibió, sin embargo, el pequeño filo escondido en el pasado: ayudaron.

Ernesto estrechó la mano que le ofrecían.

—Agradecemos su invitación, Don Guillermo.

—Nada de formalidades entre futuros amigos.

El anfitrión besó la mano de Damaris. Cuando sus miradas se encontraron, algo silencioso pasó entre ambos: no intimidad, sino reconocimiento. Diane buscó en el rostro de su madre una reacción, pero Damaris ya sonreía.

—Y esta debe ser la señorita Diane.

Don Guillermo la examinó sin pudor. Sus ojos recorrieron el cabello, el collar, la cintura y las manos enguantadas. Diane sintió que no estaba observando a una persona, sino inspeccionando mercancía antes de autorizar su descarga.

—Se parece a su madre —dictaminó.

—Solo en aquello que le conviene —respondió Damaris.

La carcajada de Guillermo llenó el vestíbulo.

Una mujer descendía por la escalera principal. Doña Beatriz vestía de granate y llevaba el cabello rubio recogido bajo una red de pequeñas piedras. Era delgada, casi frágil, pero avanzaba con la precaución de alguien que conocía la ubicación exacta de todas las trampas de la casa.

—Sean bienvenidos —dijo.

Besó a Damaris en ambas mejillas. La segunda vez, sus labios no llegaron a tocarla.

—Ha pasado demasiado tiempo.

—Para algunas cosas —respondió Damaris—. Para otras, no el suficiente.

Beatriz palideció apenas. Su mano buscó el anillo que llevaba en el índice y comenzó a girarlo. Diane reconoció la piedra oscura: tenía la misma forma alargada que el espacio vacío en el relicario de su madre.

Antes de que pudiera observar mejor, Don Guillermo llamó hacia la escalera.

—Eduardo.

Nadie respondió.

El nombre regresó desde los corredores superiores como una orden rechazada. Don Guillermo mantuvo la sonrisa, pero un músculo se movió junto a su boca.

—Mi hijo tiene la mala costumbre de creer que llegar tarde demuestra independencia.

Un mayordomo apareció al fondo del vestíbulo.

—El señor Eduardo bajará enseguida.

—Bajará ahora.

La voz de Guillermo no fue más fuerte. Aun así, el mayordomo desapareció con la urgencia de quien había escuchado un disparo.

Pasaron al comedor.

La mesa podía recibir a veinte personas, aunque solo habían dispuesto seis lugares. Candelabros de plata sostenían llamas inmóviles; en la vajilla, un dragón azul rodeaba una cruz dorada. Diane ocupó el asiento junto a su madre. Frente a ella permanecía una silla vacía.

Los sirvientes sirvieron sopa de pescado. Don Guillermo habló del clima, de la llegada de mercancías desde América y de una nueva grúa capaz de descargar en una hora lo que antes requería una mañana. Ernesto respondió con cortesía, pero su cuchara apenas tocó el plato.

—La modernidad no espera a los indecisos —dijo Guillermo—. El hombre que tarda en invertir termina pagando por utilizar los inventos de otro.

—También hay hombres que invierten antes de comprobar si el suelo puede sostener el peso —respondió Ernesto.

—Para eso existen los buenos cimientos.

Don Guillermo bebió vino sin apartar los ojos de él.

La puerta se abrió.

Eduardo entró sin disculparse.

Era más joven de lo que Diane esperaba, quizá de veintiséis o veintisiete años. Alto, delgado y vestido enteramente de oscuro, llevaba el cabello castaño demasiado largo sobre la frente. Su rostro habría parecido sereno de no ser por la mandíbula tensa y las ojeras que la luz de las velas no conseguía ocultar. En una mano sostenía un guante; la otra permanecía cerrada alrededor de algo pequeño dentro del bolsillo.

No miró a Diane.

—Hijo —dijo Beatriz—, nuestros invitados.

Eduardo inclinó la cabeza ante Ernesto y Damaris. Cuando llegó el turno de Diane, sus ojos se detuvieron en ella apenas un segundo. No hubo deseo ni desprecio. Solo una fatiga profunda, como si su presencia confirmara una noticia que llevaba horas temiendo.

—Señorita Díaz.

—Don Eduardo.

Ocupó la silla vacía. Al sentarse, el objeto de su bolsillo chocó contra la mesa con un sonido metálico. Eduardo apoyó la mano encima de inmediato.

—¿Interrumpo algo? —preguntó.

—Solo una conversación sobre el porvenir —respondió su padre.

—Entonces he llegado demasiado temprano.

Beatriz dejó la copa con un golpe leve.

Don Guillermo rio otra vez, aunque nadie lo acompañó.

El segundo plato llegó cubierto de hierbas aromáticas. Diane trató de obedecer a su madre: observar primero. Don Guillermo dirigía cada conversación hacia los negocios de Ernesto. Beatriz vigilaba a su esposo. Damaris vigilaba a todos. Eduardo cortaba la carne en porciones diminutas sin llevarse ninguna a la boca.

—Me han llegado informes preocupantes —dijo finalmente Guillermo—. Al parecer, la última cosecha de los Díaz no alcanzó la calidad acostumbrada.

Ernesto dejó los cubiertos.

—No sabía que mis campos fueran asunto de su interés.

—Todo lo que entra o sale de mi puerto me interesa.

—La producción se recuperará.

—Por supuesto. Con hojas adecuadas, maquinaria nueva y transporte garantizado.

Diane sintió la espalda de Damaris erguirse junto a ella.

Don Guillermo hizo una señal. Un sirviente colocó sobre la mesa una carpeta de cuero. El anfitrión la abrió y mostró manifiestos de carga, presupuestos y dibujos técnicos.

—Dos barcos míos pueden traer hojas de Virginia antes del invierno. Además, he adquirido maquinaria alemana que reduciría sus pérdidas durante el curado.

Ernesto hojeó los documentos sin tocarlos.

—¿A cambio de qué?

Guillermo sonrió.

—Siempre tan impaciente. Aún no hemos servido el postre.

—No hemos venido por el postre.

La amabilidad abandonó por un instante el rostro del anfitrión.

—Muy bien. Hablemos como hombres que comprenden el precio de las cosas.

Diane miró a su madre. Damaris mantenía los ojos fijos en Beatriz. Esta había dejado de girar el anillo y ahora apretaba las manos bajo la mesa.

—Mi familia también enfrenta un inconveniente —continuó Guillermo—. Mi hijo posee cualidades que el mundo insiste en ignorar debido a ciertos rumores sobre su carácter.

Eduardo alzó la mirada.

—No me utilices para adornar tu propuesta.

—Calla.

La palabra cayó con la frialdad de una hoja de acero.

Eduardo no obedeció de inmediato. Sus dedos se cerraron sobre el objeto metálico del bolsillo. Luego miró a Beatriz. Ella negó apenas con la cabeza. Él volvió a apoyar la espalda en la silla.

Don Guillermo recuperó la sonrisa.

—La sociedad perdona muchas cosas a un joven soltero, pero no confía sus inversiones a un hombre considerado inestable. Un matrimonio apropiado corregiría esa percepción.

El comedor quedó en silencio.

Diane escuchó el fuego crepitar detrás de ella. De pronto comprendió por qué la habían vestido de marfil, por qué Guillermo la había examinado en el vestíbulo y por qué Eduardo parecía haber recibido una condena al verla.

—No —dijo Ernesto.

La respuesta salió antes de que Guillermo terminara.

—Todavía no he formulado la propuesta.

—No es necesario.

Damaris colocó una mano sobre el brazo de su esposo.

—Escuchemos primero.

Diane sintió que el aire desaparecía del salón.

Don Guillermo se inclinó hacia delante. La luz de las velas afiló las sombras de su rostro.

—Mi hijo necesita una esposa respetable. Usted necesita capital, transporte y materia prima. Propongo un compromiso entre Eduardo y su hija. Las dos familias unirán sus intereses y yo garantizaré la recuperación de la tabacalera.

Eduardo se puso de pie. La silla retrocedió con un gemido áspero.

—No participaré en esto.

—Ya estás participando.

—Dijiste que era una cena.

—Y tú me obligaste a convertirla en negociación.

Eduardo miró a Diane. Esta vez ella vio algo detrás de su frialdad: rabia, sí, pero también terror. No parecía el depredador que su madre le había enseñado a reconocer. Parecía otro animal atrapado en la misma mesa.

Ernesto se levantó.

—Mi hija tiene diecisiete años.

—Eso se resuelve con tiempo —contestó Guillermo—. Un año de noviazgo. Seis meses para preparar la boda. Cuando llegue al altar será mayor de edad y nadie podrá acusarnos de precipitación.

—Está hablando de ella como si fuera una extensión de mis tierras.

—Estoy hablando de asegurar su porvenir.

—¿Mi porvenir? —preguntó Diane.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Damaris apretó su brazo bajo la mesa. No con fuerza suficiente para hacerle daño, sino para recordarle las lecciones de la víspera: observa, espera, no reveles primero lo que deseas.

Pero el miedo ya había roto la porcelana.

—Nadie me ha preguntado si quiero casarme con él.

Eduardo soltó una risa breve, sin alegría.

—Tampoco me lo han preguntado a mí.

Don Guillermo cerró la carpeta.

—El deseo es una consideración privada. Las familias se construyen con decisiones públicas.

Beatriz cerró los ojos.

En el centro de la mesa, el dragón azul de la vajilla rodeaba la cruz con la cola, apretándola hasta convertirla en prisionera de su propio adorno.

Diane comprendió entonces que aquella mesa no había sido dispuesta para servir una cena.

Había sido preparada para repartirlos.

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