NovelToon NovelToon
Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL NIDO DE LA ARAÑA

La amistad de una mujer herida es el disfraz más sutil para la peor de las traiciones.

Tres días después del desastre en el club de golf, la mansión de los Kang se había transformado en un mausoleo de silencio sepulcral. Las cortinas de terciopelo gris permanecían cerradas, bloqueando la luz del sol, mientras el personal doméstico se desplazaba de puntillas para evitar desatar la ira de Patricia. Ella no salía de su habitación si no era para buscar una nueva dosis de calmantes, consumida por la paranoia y la humillación colectiva que Ela había orquestado.

Ela cruzó el umbral de la imponente casa vistiendo un conjunto de seda color hueso, cargando un ramo de tulipanes blancos y una cesta con esencias relajantes de su propia producción. Lucía la viva imagen de la compasión.

—Señora Susana, qué bueno que vino —susurró el ama de llaves, tomándole el abrigo con alivio—. La señora Patricia no ha querido comer nada, pero cuando supo que usted venía, accedió a que la subieran a la sala de estar del segundo piso.

—No se preocupe. Sé exactamente lo que necesita —respondió Ela con una sonrisa cálida.

Al subir las escaleras de mármol, los ojos de Ela recorrieron la arquitectura de la casa. Pasó junto al despacho de Kang. La puerta estaba entornada. No había nadie adentro, pero la sola visión del escritorio donde él solía sentarse hizo que su piel recordara la firmeza de sus manos durante la última clase de tango. El rechazo que le había impuesto lo tenía al borde del abismo personal. Ahora, era el turno de empujar a Patricia.

Entró en la sala de estar privada. Patricia estaba recostada en un diván, vestida con una bata de seda arrugada, con el cabello desprolijo y ojeras profundas que revelaban noches de insomnio y llanto. Al ver entrar a Ela, intentó incorporarse rápidamente, limpiándose una lágrima traicionera.

—Susana... —dijo Patricia, con la voz rota y pastosa por los ansiolíticos—. Mírame. Soy un desastre. Todo el mundo se está burlando de mí. Esas malditas perras del Saint Michel no dejan de mandar mensajes de condolencia falsos. ¡Sé que están celebrando mi caída!

Ela se acercó con paso grácil, colocó las flores en un jarrón cercano y se sentó en el borde del diván, tomando las manos de Patricia entre las suyas. Las manos de la mujer que, según las sospechas que Victoria estaba investigando, guardaba secretos mucho más oscuros que un simple matrimonio infeliz.

—No les des el gusto de verte así, Patricia —dijo Ela, mirándola con una intensidad que simulaba ser empatía pura—. Esas mujeres no son nada comparadas contigo. Eres la heredera del holding más importante del país. Lo que pasó en la fiesta fue un ataque digital, una bajeza técnica de alguien que quiere destruirte desde las sombras.

—Fue él... —siseó Patricia, apretando los dientes, sus ojos inyectados en sangre fijos en la pared—. Fue Kang. Él manipuló el audio. Quiere hacerme pasar por loca para quedarse con las acciones de mi padre y pedir el divorcio sin darme un solo centavo. ¡Lo conozco!

Ela fingió sorpresa, abriendo los ojos de par en par mientras acariciaba sutilmente el dorso de las manos de Patricia para calmarla.

—¿El señor Kang? No lo creo, Patricia. Él parece un hombre tan... correcto. Aunque...

—¿Aunque qué? —Patricia la tomó de las muñecas con una fuerza desesperada—. Dime, Susana. Tú ves cosas que yo no. ¿Qué has notado?

Ela suspiró, apartando la mirada como si le doliera revelar una verdad incómoda.

—Es solo que... lo he visto muy distante últimamente. En la academia de baile, durante sus lecciones de cortesía, parece un hombre que tiene la mente en otra parte. A veces menciona que se siente atrapado. No quiero hablar mal de tu esposo, de verdad, pero... un hombre con tanto poder, cuando se siente acorralado, es capaz de cualquier cosa para liberarse.

Patricia soltó una carcajada amarga, que rápidamente se transformó en un sollozo ahogado.

—¡Lo sabía! ¡Ese maldito infeliz me da asco! Pero no se va a librar de mí tan fácil. Mi padre y su padre fundaron este imperio sobre cosas que Kang ni siquiera imagina. Si él intenta dejarme, lo destruiré. Destruiré su carrera, su reputación, todo.

—Haces bien en defenderte —susurró Ela, arrimándose más a ella, depositando el veneno de la discordia directamente en su oído—. Una mujer en tu posición no puede mostrar debilidad. Tienes que vigilarlo, Patricia. Controlar cada uno de sus pasos. Si él está planeando algo contra ti, debes enterarte antes de que actúe.

—Sí... tienes razón. Tengo que vigilarlo —repitió Patricia, con la mirada perdida en el vacío, sus dedos rascando compulsivamente la tela de su bata. La semilla de la paranoia extrema había sido plantada con éxito—. Eres la única que me dice la verdad, Susana. Mi propia familia solo me pide que guarde las apariencias. Mi madrastra me dice que me aguante, la estúpida. Pero tú... tú me entiendes.

—Siempre voy a estar de tu lado, Patricia. Somos amigas, ¿no? —dijo Ela, esbozando una sonrisa angelical.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, el ambiente en la oficina de la distribuidora regional de cosméticos Althea era tenso.

Julián caminaba de un lado a otro en su despacho, visiblemente alterado. Las noticias del escándalo de la esposa del CEO habían paralizado las decisiones de la junta directiva, y su tan ansiado ascenso parecía haber quedado congelado en el limbo de la crisis familiar de los dueños.

Tomó su teléfono y marcó el número de su contacto dentro de la seguridad del holding, un viejo conocido con el que compartía secretos del pasado que prefería mantener bajo tierra.

—¿Qué demonios está pasando arriba? —siseó Julián por el auricular, asegurándose de que la puerta de su oficina estuviera cerrada—. El viejo patriarca está furioso y Kang no está firmando las autorizaciones de presupuesto. Mi ascenso a la dirección regional está parado.

—La cosa está que arde, Julián —respondió una voz ronca al otro lado de la línea—. La esposa de Kang está perdiendo la cabeza y el viejo está presionando a Kang para que no pida el divorcio. Pero hay algo más... El viejo mandó a investigar la filtración del video. Cree que hay un topo muy cerca de la familia. Alguien que conoce sus secretos.

A Julián se le heló la sangre por un segundo. Pensó en las noches que Susana pasaba fuera, en su repentino cambio de actitud, en su misteriosa elegancia. Pero sacudió la cabeza de inmediato. No, se dijo a sí mismo, Susana es solo una maestra de baile de alta alcurnia que me ama. Ella no tiene nada que ver con los negocios de Althea.

—Manténme informado —ordenó Julián antes de colgar.

Se sentó en su sillón de piel, frotándose las sienes. La ambición lo estaba devorando, y no iba a permitir que la locura de la esposa de su jefe arruinara el futuro que tanto le había costado construir, incluso si para ello había tenido que ensuciarse las manos con sangre años atrás.

Al caer la noche, Ela regresó a la academia El Compás de Seda. Se encerró en su búnker privado y encendió las pantallas de vigilancia.

En el monitor de la mansión de los Kang, vio a Patricia registrar desesperadamente los bolsillos de los trajes de Kang en su vestidor privado, buscando pruebas de una supuesta traición o conspiración. Su rostro reflejaba una locura incipiente, una obsesión que Ela misma había alimentado horas antes.

En el monitor del despacho de Althea, la silla de Kang estaba vacía.

Ela suspiró, apagando las pantallas. Salió de la oficina y caminó hacia la pista de baile principal, que estaba sumida en la penumbra. Se detuvo en el centro del salón, donde el foco de luz cenital de la noche anterior parecía haber dejado un rastro invisible de calor.

Cerró los ojos, imaginando el roce de las manos de Kang, su respiración cerca de su oído, su confesión desesperada. Sintió una opresión en el pecho que la asustó. No podía enamorarse del hombre que manejaba la empresa de los asesinos de su padre. No podía permitir que la debilidad del corazón arruinara la obra maestra de su venganza.

De pronto, un sonido suave proveniente de la entrada de la academia la hizo ponerse en alerta. Ela abrió los ojos y buscó en la penumbra.

A través de los cristales esmerilados de la puerta principal, la silueta alta y familiar de Kang se recortaba contra las luces de la calle. Él estaba allí de nuevo, de pie bajo la lluvia fina de la noche, simplemente observando la academia en silencio, debatiéndose entre su deber corporativo y la insoportable obsesión por la mujer que le había prohibido tocarla.

Ela lo observó desde la oscuridad, sin moverse, con el corazón latiéndole con una fuerza salvaje que amenazaba con romper la armadura de hielo que con tanto esfuerzo había construido.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play